Antonio Lobo Antunes y los rascacielos de Babel
25.11.05 @ 21:01:51. Archivado en Cultura, Literatura
La obra de Antonio Lobo Antúnes es producto de la observación de un entorno conformado por cierta aparente incoherencia, polifónico, desgarrado por la violencia, la locura, la angustia existencial y el vértigo de la redundancia. La alienación y la histórica hostilidad entre los egos, entre los narcisismos pletóricos, sean estos familiares, nacionales o étnicos, complementan la narración, en ocasiones quebrada por bruscas apariciones de fantasmas y elementos de la memoria; los diálogos contienen cierto declive poético como luminosos chispazos entre las tinieblas.
Las voces de los personajes sostienen con fuerza de tormenta, la interpretación meticulosa de esas vivencias sobre las cuales no podrá menos que ceder el lector ante el lento y pesado avance de las palabras en torrente, ante la gravitación imponderable de los desgarradores coros de personalidades dibujadas con la rutina del diván.
Parte de una frase, de un pensamiento hecho palabras, para entretejer una colosal arquitectura de proporciones babilónicas en cuya cúspide resplandece Portugal, sus personajes, su historia, como una red indisoluble donde se encuentran atrapados el tiempo y el espacio en un vertiginoso juego bidimensional de planos superpuestos. Las novelas de Lobo Antunes asemejan monstruosos zigurats hacia cuya altura debe ascenderse con el escrupuloso cuidado de no tropezar con el raudo frenesí del verbo y sus accidentes que bullen en tropel por la superficie de sus páginas.
No es extraño que siendo psiquiatra, su creación literaria se sostenga con personajes marginales, atormentados espectros anclados a viejas crónicas personales, con criaturas enajenadas, caminando sobre un fino alambre ante la visión de un insondable precipicio. De sus experiencias profesionales ha extraído ese caos delirante, pero también de su relación con el entorno político, militar y geográfico su imaginación ha rescatado sinuosos callejones de incertidumbre por donde transitar sin expectativas de ver la luz. Escatológico, su fino olfato le guía hacia la intrincada maraña donde han quedado atrapados los ciudadanos del miedo y el vacío se expande, donde se yerguen los hitos fronterizos entre el estruendo y el silencio.
Los personajes de Lobo Antunes, a pesar de su furia, de su desordenada expresión vital, no son vulgares ni chapuceros. Cada uno surge en un momento de precisa necesidad. De sus palabras y sus frases, a veces reiteradas hasta el sacrilegio, hasta la náusea, se deducen sus insondables deseos y sus infranqueables urgencias. El alma atrapada por herrumbrosos eslabones de inquietud y espasmo brota con la voz casi audible en el silencioso erial de la lectura.
Angola surge con frecuencia en varias de sus creaciones, como un acto de confesión en toda su lujuriosa malevolencia y el invasor lusitano muestra su difuso rostro cuando la recuerda en Buenas Tardes a las Cosas Aquí Abajo y En el culo del mundo. El no olvida que fue invasor, que vivió la guerra y destinó algún porcentaje de sus energías creativas a ocasionar la muerte de famélicos guerreros sin sombra, apenas hombres en una tierra de palmeras y montañas, de selvas y diamantes.
Africa es para Lobo Antunes la pesadilla recurrente, el oscuro pasadizo de confusión por donde ha debido transitar su espíritu para modelar su arte. No obstante, también se detiene ante situaciones menos escabrosas como lo son el barrio donde vivió durante su infancia, Benfica y Lisboa, donde ha logrado cierta dosis de catarsis en el ejercicio de su profesión médica. De este último no oculta que su trabajo ha tenido su origen en la visión aterradora de un pie de niño bajo una sábana mortuoria, bajo un lienzo funerario. Una criatura muerta a causa de la leucemia inoculó su último hálito vital en la vena creativa del gran autor lusitano.
Enseguida el maremágnum y la abigarrada interrelación de una metrópoli y luego la atmósfera doméstica con la estridencia del desenfreno de núcleos conformados por la disolución y la evanescencia.
Obras como Exhortación a los cocodrilos, Qué haré cuando todo arde, No entres tan deprisa en esa noche oscura y otras de singular grandiosidad, complementan el catálogo de Lobo Antúnes cuyo período de gestación literaria nos sorprende por su brevedad.
Lobo Antúnes no es autor fácil y no pretende serlo. El lector desprevenido pronto se verá inmerso en un intrincado laberinto de donde no podrá salir si no se acopla e impone una redoblada atención al texto que ante sus ojos dibuja hechos, cosas, personas, lugares con la meticulosa locuacidad de la crisis esquizoide y el paroxismo de un idioma entregado a la construcción de gigantescos rascacielos verbales.
Permanente candidato al Premio Nobel de Literatura, debe aguardar el tiempo preciso para que la Academia le otorgue el codiciado galardón debido, sobre todo, al reconocimiento de otro estupendo autor portugués como lo es José Saramago.
Su obra no necesita premios, pero podemos casi predecir que en poco tiempo, el laurel coronará las sienes de este escritor enigmático y genial.
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Roderick Guzmán Meza


