Sedaciones a ancianos no consentidas y excesivas- I
24.11.08 @ 11:47:30. Archivado en Sanidad
[...] No se había recurrido a las dosis altas desde el primer momento. Dados los riesgos que comporta una sedación, en particular, la depresión respiratoria, la dosis se va incrementando de forma gradual cuando no se consigue el efecto deseado. Antes de la llegada del anestesista se había actuado, por tanto, como es norma general, de acuerdo al principio de la dosis mínima eficaz. Era igualmente costumbre que se procurase enviar a planta a los enfermos que se temía que fallecieran en las horas siguientes, a fin de que pudieran estar en una habitación, en un entorno más tranquilo, acompañados de sus familiares. También se había dado por sentado que las sedaciones para pacientes terminales no eran propias de un servicio de Urgencias sino de Cuidados Paliativos ...sigue en ABC
Poder Limitado trae a Cristina Losada a La Coruña, mañana día 25 a las 20:00 para presentar su libro Morfina Roja
Vía Noticias molestas
La Génesis del sedadero
«Morfina Roja» es el resultado de la investigación emprendida por Cristina Losada para desentrañar las claves del escándalo de las «sedaciones terminales» en el servicio de Urgencias del hospital Severo Ochoa. Un caso muy politizado, en el que, según denuncia la autora, la izquierda puso en marcha una formidable maquinaria propagandística para ocultar la verdad
La sorpresa que entró en las Urgencias Generales a principios de abril de aquel año no provenía, por una vez, del exterior, sino del interior. Al cabo, fueron dos las sorpresas que se colaron por el pasillo y por las puertas pintadas de azul que se abren a las distintas dependencias. La primera caía, en realidad, dentro de lo previsible. Después de varios meses de espera, se había designado al nuevo jefe del servicio. Coordinador era el título exacto. Corría la voz de que el elegido era un anestesista del centro que se llamaba Luis Montes.
Para muchos de los médicos que iban a ser sus subordinados, Luis Montes era un completo desconocido. A otros les sonaba vagamente. A fin de cuentas, se trataba de uno de los «fundadores» del hospital, del grupo de profesionales que había inaugurado el centro en 1987. De hecho, sólo lo había abandonado una vez, hacia principios de los noventa, para ocupar distintos puestos de dirección en La Paz. La experiencia había sido breve y accidentada.
La mayoría de aquellos médicos no disponían entonces de esos pocos y someros datos. Todavía trataban de ponerle cara al nombre que circulaba por los pasillos, cuando apareció la segunda sorpresa. Varios traumatólogos y cirujanos, que no solían intercambiar impresiones con sus colegas de Urgencias y con quienes tampoco les unía ninguna relación de amistad, se acercaron a ellos para comentar el nombramiento. Si su actitud ya resultaba extraña, lo que les participaron todavía lo era más. Habían trabajado con el anestesista en los quirófanos y venían a darles el «pésame».
-Hacer lo que sea para que no os lo pongan de jefe -dijo uno de ellos.
De verdad que lo sentimos, porque es un tipo peligroso -aseguró otro.
-¿Por qué dices eso? -preguntó un médico de Urgencias.
-Ya lo hablaremos.
Luis Montes, que entonces acababa de entrar en la cincuentena, sería descrito como un hombre de carácter hosco, incluso por quienes luego le defenderían, pero en su primera reunión con el equipo de Urgencias compuso su mejor cara. Durante las semanas siguientes, empezó a «tratar de ganarse a la gente» de diversas maneras, pero aquella cordialidad suya no tardaría en percibirse como forzada. «Enseguida nos dimos cuenta de que nos estaba vigilando, controlando y espiando».
Durante las horas que pasaba en su despacho, iba pergeñando una serie de cambios dirigidos a conseguir lo que se percibía como su principal propósito: rentabilizar al máximo el servicio. De entrada, eso se tradujo en presiones para que los médicos atendieran a un mayor número de pacientes.
Los primeros en sucumbir a la escalada de tensión fueron los médicos contratados, que eran los más afectados por las presiones. Empezó con ellos un goteo de abandonos que ya no se detendría a lo largo de los años siguientes.
Para sustituir a los que se marchaban, Montes fue trasladando a Urgencias, o haciendo fijas allí, a personas de su confianza.
Los nuevos llegaban aleccionados. Montes les había advertido que no debían mantener ninguna relación con los componentes del equipo veterano, ni profesional ni personal. Si tenían cualquier duda, debían consultarle a él, nunca a los «antiguos». Uno de la nueva hornada, que quebró la regla tiempo después, confesó que el jefe le había dicho: «Tú, con los de la vieja escuela no cruces palabra». Otro lo confirmaría: «Nos tenía prohibido que habláramos con vosotros».
Cuando se destapa el escándalo en marzo de 2005, solamente quedaban en las Urgencias de Medicina Interna del Severo cuatro médicos del equipo que el anestesista había encontrado a su llegada (...) La experiencia, además, resultó devastadora en el plano personal para no pocos de los facultativos que estuvieron bajo su férula. Si no resultaba fácil sobrellevar unas presiones que percibían como un acoso, menos lo fue convivir a diario con las prácticas sedativas que, a partir del 2001, se hicieron usuales.
A finales de aquel año 2000 se inició en las Urgencias una obra de ampliación. Cuando se abrieron las nuevas instalaciones, en julio de 2001, había una novedad llamativa. Se trataba de un box con dos camas.
El propósito oficial del nuevo box era acoger a pacientes terminales, pero Montes pensaba dedicarlo específicamente a la sedación terminal. En el servicio se hablaría de él como el box de sedación y, más adelante, los médicos lo llamarán coloquialmente «el sedadero».
En los primeros tiempos, el coordinador firmaba las sedaciones terminales que prescribía, pero cuando unos meses después, aquella actividad suya empezó a ser objeto de comentarios, trataría de que fueran otros quienes lo hicieran.
«Ponía un tratamiento de sedación con dosis elevadas de sustancias como Tranxilium y cloruro mórfico, pero no lo firmaba. Como el paciente era tuyo, cuando volvías, por ejemplo, de comer, la enfermera te decía que lo firmaras tú. Muchos no lo hacíamos».
Los médicos veteranos se negaban a firmar aquellas sedaciones, pero los nuevos facultativos que entraban en Urgencias de la mano del coordinador, lo hacían. De ese modo, la rúbrica de Montes sólo aparecería en una parte de las sedaciones terminales.
Nunca se habían hecho sedaciones como aquéllas en las Urgencias del Severo. Ocasionalmente se había puesto sedación a pacientes agónicos, pero no con las dosis que se administraban bajo la dirección de Montes o de sus afines.
No se había recurrido a las dosis altas desde el primer momento. Dados los riesgos que comporta una sedación, en particular, la depresión respiratoria, la dosis se va incrementando de forma gradual cuando no se consigue el efecto deseado. Antes de la llegada del anestesista se había actuado, por tanto, como es norma general, de acuerdo al principio de la dosis mínima eficaz.
Era igualmente costumbre que se procurase enviar a planta a los enfermos que se temía que fallecieran en las horas siguientes, a fin de que pudieran estar en una habitación, en un entorno más tranquilo, acompañados de sus familiares. También se había dado por sentado que las sedaciones para pacientes terminales no eran propias de un servicio de Urgencias sino de Cuidados Paliativos.
Ése era -y es- el proceder habitual en las Urgencias de los hospitales españoles.
El frecuente recurso a la sedación en Urgencias, desde la instalación del «sedadero», provocó una fractura definitiva en el equipo médico. De un lado, estaban Montes y sus adeptos, y del otro, unos médicos que no eran contrarios a las sedaciones per se, pero sí a las que solían administrar los primeros.
Entre ambos grupos empezó a librarse una suerte de batalla silenciosa. Una lucha sorda en la cual estaban en juego la aplicación de los criterios de una buena praxis médica y la toma de decisiones que afectaban a la vida y la muerte de los pacientes.
Unos médicos ponían sedaciones con dosis altas, y otros las retiraban cuando consideraban que no procedían, reducían la dosis o cambiaban los medicamentos.
Cuando quitaban la sedación, los facultativos prescribían un tratamiento y cursaban el ingreso en planta de los pacientes. Pero todas estas decisiones eran modificadas y revertidas después por el coordinador y «su equipo» en numerosas ocasiones. Parecía que uno de sus principales empeños era obstaculizar el traslado de los pacientes a planta.
Las hojas de ingreso no llegaban al servicio de admisión. Varios médicos vieron cómo rompía Montes directamente esos volantes, como publicaron El Mundo, en abril de 2005, y el ABC, en julio de 2006. En ocasiones, esas hojas se cancelaban escribiendo sobre ellas el aviso: «No subir a la planta».
Los datos muestran, además, cómo empezó a reducirse el porcentaje de ingresos en planta tramitados desde Urgencias Generales y, en particular, desde Urgencias de Medicina Interna, a partir del año 2001. Y ello, al mismo tiempo que aumentaba el número de urgencias atendidas.
Los médicos introducidos por Montes no solían mostrar respeto por las decisiones que tomaban otros facultativos. Uno de los fichajes del anestesista llegó a tachar con un aspa los tratamientos indicados por sus colegas, lo que era del todo irregular.
El coordinador llamaba a capítulo a algunos de los que retiraban las sedaciones terminales y les echaba fuertes reprimendas. A uno de los facultativos «disidentes» le prohibió de modo terminante que se acercara a los pacientes que habían sido destinados a la sedación.
Se asistía también a exhibiciones insólitas. Algunos médicos ponían ellos mismos a los pacientes las inyecciones con fármacos usados para la sedación terminal.
Es norma que la administración del tratamiento no corresponde al médico, sino al personal de enfermería.
Cuando el caso salió a la luz, el anestesista afirmó más de una vez que las acusaciones eran absurdas, pues no se podían hacer sedaciones irregulares sin que nadie se percatara.
Sin embargo, ya en 2002 una parte del departamento médico del hospital tenía alguna noticia del tipo de sedaciones que se administraban bajo la dirección de Montes.
Pronto, aquellos procedimientos fueron vox populi en el centro, aunque después hubo quienes aseguraban no haber sabido nada. Algunos facultativos de Urgencias y, posiblemente, también de otros servicios, hicieron llegar en fechas tempranas su inquietud a la Dirección Médica sin que se produjera ninguna reacción.
En conversaciones privadas, muchos médicos «nos cargaban a nosotros (los médicos de Urgencias) con la responsabilidad. Nos decían, ¡a ver si hacéis algo!». Y lo hicieron. Desde finales de 2001 realizaron diversos intentos y gestiones.
Sólo les quedaba por explorar la vía judicial, la denuncia directa ante un juzgado, pero eran conscientes de la dificultad de presentar pruebas que no resultaran controvertidas, como suele ocurrir en las cuestiones médicas.
Aquellos médicos de Urgencias se decían, por otra parte, que tampoco era a ellos a quienes correspondía acudir a los tribunales.
(...)
Entretanto, la gestión de Montes recibía los elogios del director médico y el «sedadero» funcionaba sin impedimentos. Se sentía seguro de lo que estaba haciendo. Durante una conversación con un facultativo que trataba de advertirle, afirmó que todavía no conocía a ningún médico que hubiera ido a la cárcel, y que él no iba a ser la excepción.
Vía ABC
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