Aniversario del asesinato del matrimonio Jiménez-Becerril
31.01.08 @ 10:52:37. Archivado en Terrorismo
El 30 de enero de 1998 la banda terrorista ETA asesinó a Alberto Jiménez- Becerril y a su esposa, Ascensión García Ortiz, vilmente, a traición, sin posibilidad de defenderse. Fueron asesinados cuando regresaban a su casa caminando, después de tomar una copa con unos amigos. Un testigo escuchó a la mujer pedir auxilio antes de morir. El matrimonio dejó tres hijos de 4, 5 y 9 años. Ayer se cumplieron diez años de tan triste acontecimiento.
La crónica de 1998 por Ignacio Camacho en El Mundo:
El conserje nocturno del hotel Doña María oyó algo como un petardo. Pero no era un petardo. Era un disparo en la nuca de Alberto Jiménez-Becerril Barrio, teniente de alcalde de Sevilla, 37 años, tres hijos, concejal del Partido Popular, delegado municipal de Hacienda, auténtica mano derecha de la alcaldesa. El conserje del Doña María no oyó el segundo tiro, que debió de producirse muy pocos segundos después, y que impactó en la nuca de Ascensión García Ortiz, esposa de Alberto, que caminaba a su lado, con unas flores recién compradas, por la calle Don Remondo. Los dos disparos, a bocajarro, eran mortales de necesidad. «Incompatibles con la vida», dijo un miembro del 061.
Con estos dos asesinatos, ETA ha extendido a toda España sus atentados contra los concejales del PP y ha ampliado su reto al Gobierno.
Ocurrió sobre la una de la madrugada. Alberto Jiménez-Becerril y Ascen, su mujer, habían estado tomando una copa en el bar Antigüedades, un sitio de gente moderna y mucho ambiente situado a pocas decenas de metros de la catedral. Manuel Barros, María Beca y Juan Navarro, miembros del gabinete de la alcaldesa, comentaron allí con el matrimonio la conferencia que Soledad Becerril había pronunciado el jueves en un colegio salesiano.
También tomaba una copa en el Antigüedades José Joaquín Gallardo, decano del Colegio de Abogados de Sevilla. Saludó al teniente de alcalde, charlaron, hicieron un rato de tertulia. Ascen le compró flores a una vendedora ambulante. A la salida, Barros, Beca y Navarro se dirigieron a un coche que tenían aparcado a poca distancia. Alberto Jiménez-Becerril y su esposa optaron por caminar hasta su casa, en una calle junto al Palacio Arzobispal, bajo la influencia del pararrayos de la Giralda. No llevaban escolta.
El matrimonio, cuyos hijos de entre cuatro y nueve años dormían con una niñera en la vivienda, no pudo caminar más de 500 metros. En la esquina de la calle Don Remondo, una cuesta que baja hasta la plaza de la Catedral, alguien se les acercó por detrás. Quizá una pareja, según las primeras conjeturas de la Policía. El primer tiro, dirigido a la nuca de Alberto, le alcanzó en la sien, quizá porque el concejal intuyó algo y volvió la cara. La bala, del calibre 9 milímetros parabellum, la munición de ETA, le atravesó la cabeza y se incrustó en la pared del Arzobispado. Un testigo asegura que oyó gritos de auxilio de Ascensión García, Ascen. El disparo le destrozó la nuca. Pocos minutos después, miembros del 061 encontraban dos cuerpos inertes de los que la vida se escapaba irremediablemente. Tardaron minutos en morir sobre el mismo adoquinado de la calle.
A las dos de la madrugada sonó el teléfono en casa de la alcaldesa, Soledad Becerril, distante apenas 200 metros del lugar del atentado. Saltó de la cama, se puso encima alguna ropa y un abrigo negro y salió a la calle.
La policía y el juez estaban levantando los cadáveres, en medio de un charco de sangre cuyo reguero discurría mansamente hasta una alcantarilla. «No tuve valor para acercarme del todo», comentó la alcaldesa a este periódico a las siete de la mañana de ayer, ya vestida de negro, maquillada y sorprendentemente entera. «Alberto no me habría perdonado que me portara de otro modo». La entereza se le acabaría en el pleno extraordinario que comenzó horas más tarde, donde los sollozos le estallaron como en un rompeolas de emoción y de rabia.
Una vez en el Ayuntamiento, Becerril agarró el teléfono y pidió a una ayudante que localizara a la familia de los fallecidos. Uno por uno, la alcaldesa les fue dando personalmente la noticia. Alguien había llamado a la casa del concejal, y le dijo a la niñera que descolgara el teléfono, que no encendiese la radio ni la televisión, que no abriese a nadie y que bajo ningún concepto mandara a los niños al colegio. Por la mañana, en medio del patetismo del duelo, nadie sabía cómo ni quién iba a contarle a tres niños de nueve, cinco y cuatro años que a sus padres los habían matado en la calle sin ningún motivo. En el colegio de las Irlandesas, donde estudian las dos niñas mayores, había prevista para el viernes una fiesta de disfraces.
María Beca, la secretaria particular de la alcaldesa, tiene a las ocho de la mañana el peinado aplastado y la sonrisa floja de una sonámbula. En el Ayuntamiento hay un trajín de políticos, policías, periodistas, gente que va y viene con cara de sueño mientras amanece lentamente un día gris, turbio, frío, y el camión de baldeo deja la acera de la Casa Consistorial con un extraño brillo de plata. Beca no quiere recordar que, unas horas antes, el destino le llevó a un cruce macabro en el que iba a perder a dos amigos. «Si te lo planteas te tiemblan las piernas, y ahora no podemos permitirnos eso».
LLANTO POR EL COLEGA Y AMIGO.- En un rincón del vestíbulo municipal, el portavoz andalucista José Luis Villar llora en el hombro de su compañera Isabel Guerra. «¿Por qué a ella también, por qué?». Villar, colega y amigo del concejal, recomponía a duras penas la figura en medio de la conmoción. «¿Y ahora, qué coño decimos? Déjame, dentro de un rato volveremos a ser políticos y empezaremos a organizar cosas. Ahora quiero sentirme solamente una persona».
A las ocho y media, con el cielo ya iluminado por una luz húmeda y macilenta, los transeúntes cruzan la Plaza Nueva, en medio de un impresionante silencio de respeto. Alguien busca crespones en un arcón. Los autobuses dejan en la plaza a viajeros somnolientos con cara preocupada. Poco a poco, hacia las diez, irá formándose una espontánea manifestación, que a mediodía agitará folios blancos en señal de paz y cantará el himno de Andalucía: «Andaluces, levantaos». A poca distancia, en la calle Don Remondo, bajo el pararrayos de la Giralda, un montón de serrín y un precinto policial testifican la siniestra realidad de que dos andaluces de bien ya no pueden levantarse cada mañana.
Vía Cordobeses por la libertad
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