300 (la batalla de las Termópilas)

Permalink 09.11.07 @ 17:50:31. Archivado en Cine, Periódico "O desván"


"eran los nuestros, imbéciles. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse. Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis."

Por fin he visto 300, la película basada en el cómic de Frank Miller, que recrea la célebre batalla de las Termópilas. Desde mi punto de vista, es la mejor adaptación cinematográfica que nunca se haya hecho de un comic, pero además una insólita experiencia visual y una actualización extraordinaria de la épica clásica. La narración de este episodio, convertido a lo largo de los siglos en emblema de la resistencia de la civilización occidental frente a las tropas de la barbarie oriental, se puede encontrar en el Libro VII de la Historia de Herodoto.

La cinta comienza con una descripción de la educación del guerrero, desde la infancia hasta la adolescencia, que sirve para explicar la obsesión que tenían los espartanos por la preparación de su pueblo para la guerra. Incluso tiran por un barranco a aquellos niños que nacen con imperfecciones o deformaciones, mientras que entre los persas, que son "los malos" de la película, se ve -en la corte de Jerjes- a personas con malformaciones de todo tipo, eso sí, en un ambiente de corrupción y perversión. Es decir, el film deja claro que la formación espartana no es un ejemplo a seguir, pero a pesar de ello, su valentía en las Termópilas sirvió como ejemplo al pueblo griego para defender los valores occidentales frente a la dictadura esclavizante del imperio persa.

Ante la llegada de un emisario del Imperio Persa, que ofrece clemencia a cambio de tributo y sumisión, Leónidas no puede permitir que su gente se convierta en esclava de Jerjes, por lo que confirma la ya declarada guerra con Persia. Entonces, con ayuda de la reina Gorgo –que le dice a su amado esposo: “Vuelve con tu escudo o sobre tu escudo”, lo que representa un elogio sin eufemismos de la guerra como medio para proteger la libertad y la paz- y en contra de los deseos de los ancianos sacerdotes que guían a la ciudad, Leónidas decide seleccionar a 300 de sus mejores hombres para luchar contra el ejército persa, eligiendo muy bien el campo de batalla para tener más posibilidades de abatir las fuerzas mucho más numerosas del rey-dios Jerjes.

El talento visual de 300 es prodigioso; y por más que el cómic original, sea sobresaliente, sería injusto no reconocer que Zack Snyder, sin traicionar el espíritu de la obra original, ha creado una obra excepcional. Hay escenas nunca vistas y la mezcla de las escenas reales con las virtuales le confiere un dinamismo que no te da tiempo ni a parpadear en el asiento. Se pueden contemplar además algunas de las imágenes más bellas que he visto en una pantalla en los últimos tiempos. Además, estoy seguro de que puede ser disfrutada desde el público más adulto hasta los jóvenes adictos a las consolas. Poco importa que la historia tenga simplificaciones, que las heroicidades sean elevadas al máximo y las mezquindades del contrario potenciadas: estamos ante un relato épico de una hazaña bélica con afán de perdurar en el tiempo, y en eso las claves no han variado desde el poeta que narraba las gestas de los antepasados al lado de un fuego. Hasta la voz en off suena pertinente, con fuerza, algo tan difícil de lograr.

Como escribía Fernando Savater en la web de Basta ya!: [la batalla de las Termópilas] "es un ejemplo moral: el de que la libertad de los muchos, perezosos o seducidos por la tiranía, se salva casi siempre por la determinación indomable de unos pocos que pelean contra lo que parece irremediable, contra lo verosímil predicado por los acomodaticios, contra lo que la prudencia sobornada por el dominio aconseja como más recomendable. Hay muchas Termópilas: tantas como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los pueblos unánimes y las masas aborregadas de los obedientes por naturaleza. Y la nobleza de estas empresas no depende de su éxito final, sino del empeño con que son acometidas. ¡Que nos lo digan a quienes en el País Vasco pusimos nuestras Termópilas en la defensa de la legalidad constitucional y de España como estado de derecho de todos y para todos!"

En cuanto a la recreación histórica, simplemente me gustaría recordar que, como bien explica la película, esta batalla de las Termópilas no significó la derrota de Persia -aunque sí quedó como referente moral del heroismo griego-, sino que fueron Salamina -gracias a la flota ateniense- y Platea -esta vez sí con participación de hoplitas espartanos pero también atenienses y de otras polis- las que determinaron la victoria griega.

También me gustaría destacar el extraordinario artículo de Arturo Pérez-Reverte sobre la famosa batalla en la revista XlSemanal:"A ver si lo resumo bien: [los 300] eran los nuestros, imbéciles. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse. Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas –como bromeó uno de ellos, eso permitía pelear a la sombra–, no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis. Enaltecidos por los clásicos o desmitificados por los investigadores modernos, lo indiscutible es que, con su sacrificio, salvaron una idea de la sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Al morir de pie, espada en mano, hicieron posible que, aun después de incendiada Atenas, en Salamina, Platea y Micala sobrevivieran Grecia, sus instituciones, sus filósofos, sus ideas y la palabra democracia. Con el tiempo, Leónidas y los suyos hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida –al menos en teoría, que ya es algo– qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso opino que, en ese aspecto, aquellos trescientos hombres nos hicieron libres. Eran los nuestros."

Ya para terminar me gustaría recomendarles que si tienen la oportunidad de ir a Grecia y contemplar el desfiladero de las Termópilas, se acerquen a la inscripción grabada allí hace más de 2400 años que dice: "Viajero: Si vas para Esparta, dile a los espartanos que aquí yacen sus hijos, caídos en el cumplimiento de su deber." Y es que ciertamente Leónidas y sus 300 cumplieron con su deber, así como otros muchos que han dado su vida por proteger la Libertad: los soldados americanos que se sacrificaron por liberar europa de la barbarie nazi, nuestras tropas en Lepanto salvándonos de la amenaza musulmana o los integrantes de asociaciones y partidos no nacionalistas en el País Vasco, luchando contra el terrorismo etarra.

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Pocos habrá que no sucumban a la tentación de identificarse con unos pocos hombres que afrontan a una fuerza mucho más numerosa. Poco importará a la postre quiénes hayan sido en realidad esos pocos: sus ideas, sus creencias, su moral o sus costumbres: su hazaña final eclipasará sus hechos en vida, cualquiera que esta haya sido. La fascinación que ejercerá su sacrificio provocará en quienes lo conozcan que le atribuyan efectos mucho más allá de su tiempo y de su espacio, de los hechos y de las personas.
Por eso usted dice cosas como que Leonidas y los suyos hicieran posible Europa, la Enciclopedia y la Revolución Francesa, y que su hija salga sin velo.
En fin. Tal vez también tengan algo que ver con el color de mi corbata.
Enlace permanente Comentario por Fray Gerundio 09.11.07 @ 22:47
No puedo estar mas de acuerdo: es una gran película, un gran argumento y un gran recordatorio de lo que en estos momentos escasea: los valores de la Libertad, la Verdad y la Honra por los que, amigo Sancho, no solo se puede sino que se debe morir por ellas.
Enlace permanente Comentario por Coneja 09.11.07 @ 19:09

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