La perversión del lenguaje (Hermann Tertsch)
28.09.07 @ 17:43:38. Archivado en Política
El izquierdismo carpetovetónico más deslenguado siempre ha utilizado la palabra terrorista para hablar de las acciones militares de Israel o de EE.UU., también bajo el ahora santificado Bill Clinton; acordémonos del coro que tachaba de terrorista la intervención que impidió a Slobodan Milosevic que consumara el genocidio ya en marcha. Con la llegada a la cúpula del PSOE del gran maestro del vacío conceptual y la profanación semántica que es Zapatero, esta costumbre torticera se extendió.
Ya en 1944, el Premio Nobel de Economía Friedrich A. Hayek en su obra maestra "Camino de servidumbre" (dedicada a los intervencionistas de todos los partidos) nos explicaba: "Pocos trazos son tan característicos del clima intelectual de los regímenes totalitarios como la perversión completa del lenguaje, el cambio de significado de las palabras con las que se expresan los ideales de los nuevos regímenes. Es difícil comprender la confusión que causa y las barreras que crea para toda discusión racional: si uno de dos hermanos abraza la nueva fe (totalitaria, sea de izquierdas o de derechas), al cabo de un tiempo parecen hablar lenguajes diferentes, que impiden toda comunicación real entre ellos." Lo importante es que lo cuente alguien de dentro del sistema. Sólo alguien que trabajó más de 20 años en El País sabe realmente cómo funciona la perversión del lenguaje. Conoce perfectamente la realidad de Matrix: una cosa es la que nos cuentan y otra lo que está pasando. Hermann Tertsch es periodista especializado en temas de política internacional. En 1983 inició su labor en el diario El País. Desde 1993 hasta 1996 fue subdirector de este diario, responsable de la sección de Opinión, del que ha sido expulsado recientemente por su independencia en asuntos como el proceso de negociación con ETA, el conflicto Israelo-palestino o la dictadura cubana.
Sobre la peste moderna (Por Hermann Tertsch)
Como uno de los fenómenos más comunes del alegre faldicortismo de la posmodernidad es la afición desbocada por la profanación del sentido de las palabras y los contenidos de los conceptos, cada vez resulta más difícil acotar significados.
MODA POLÍTICA
Pero, como es lógico, es en la política donde más se manipula y pervierte el vocablo. Más allá de los usos necios del término aplicado a otros campos, que viene a ser moda de mucho político pedestre europeo y que cristaliza en sandeces como terrorismo «ecológico», «urbanístico», «sexista», «cultural», «de género» o «colonial», existe el abuso malintencionado de quienes lo usan simplemente para atacar a sus adversarios. Los terroristas que se autocalifican como guerrilleros, liberadores o mártires tachan de terroristas a los Estados que atacan, y diversos Estados llevan décadas bombardeándose con este término como insulto.
En nuestro país ha sido realmente terrorífico -que no terrorista- el proceso degenerativo del uso del vocablo, cuando somos uno de los países del mundo más versados en este desdichado fenómeno. El izquierdismo carpetovetónico más deslenguado siempre ha utilizado la palabra terrorista para hablar de las acciones militares de Israel o de EE.UU., también bajo el ahora santificado Bill Clinton; acordémonos del coro que tachaba de terrorista la intervención que impidió a Slobodan Milosevic que consumara el genocidio ya en marcha. Con la llegada a la cúpula del PSOE del gran maestro del vacío conceptual y la profanación semántica que es Zapatero, esta costumbre torticera se extendió. Así, con la intensificación del legítimo y loable movimiento contra la guerra de Irak comenzó aquí a proliferar el uso del término «terrorista» en referencia a Bush y Aznar, y el de «resistencia» para quienes cometían en Irak actos de claro signo terrorista con el resultado acumulado de decenas de miles de muertos civiles. Pero también la Iglesia católica, y muy especialmente en el País Vasco, tiene muchos problemas para distinguir violencia del uso legítimo del monopolio de la violencia que ha de tener un Estado de Derecho.
LO UNO Y LO CONTRARIO.
El siguiente paso en la pirueta semántica nacional fue la desaparición del término «terrorismo» del léxico del presidente Zapatero en relación con las actividades de la banda terrorista ETA. Pese a su continuo alarde de desenfado en el uso de las palabras -que deben estar, como dijo, al servicio de la política-, que le lleva a utilizarlas para decir lo uno y lo contrario, debió decidir que como bajo él iba a dejar de existir el terrorismo, iba a «adelantar el futuro», como señaló hace unos días en referencia a otra cuestión, y abolía el término. Nos habría defraudado nuestro presidente si se hubiera dejado enmendar por la realidad del rearme, de los zulos, las cartas amenazantes, las bombas y los tres muertos. Esta ocultación por parte del presidente no ha tenido el éxito prolongado de otras y hoy las encuestas revelan que el terrorismo es, con el problema de la vivienda, su máxima preocupación.[…]
En general, parece existir un vago acuerdo entre los demócratas -siempre en peligro de romperse en crisis concretas- en que al terror hay que responderle con la fuerza, contundente y decidida, comedida y proporcionada, que preserve el poder moral, que es la mejor arma de la democracia. Casi todos los demócratas parecen haber llegado ya, en esta segunda fase de la guerra del terrorismo, mucho más despiadada que la habida en la posguerra del siglo XX, a la firme conclusión de que toda negociación bajo la amenaza terrorista eleva a la fuerza terrorista a interlocutor legitimado, con lo que el terrorismo ha conquistado su primera victoria: marcar la agenda del Estado, lo que equivale a quebrar la voluntad del Estado.
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