La intelectual española del s.XIX: Emilia Pardo Bazán
04.07.07 @ 09:55:53. Archivado en Libros, Periódico "O desván"
No hay en la cultura española moderna un fenómeno de personalidad, creatividad, gracia, hondura y libertad, de genio en suma, como Doña Emilia Pardo Bazán.
Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña, ciudad que siempre aparece en sus novelas bajo el nombre de "Marineda", el 16 de septiembre de 1851. Heredó el título de condesa y el liberalismo de su padre, don José Pardo, y el carácter abierto, emprendedor e independiente de su madre, doña Amalia de la Rúa. Ella fue quien le enseñó a leer y más tarde le ayudaría a liberarse de muchas “tareas domésticas” para que Emilia pudiera dedicar más tiempo a sus grandes aficiones: la lectura y la escritura. La extraordinaria biblioteca paterna le facilitó el acceso a una gran variedad de lecturas. Sus libros preferidos a esa edad tan temprana fueron Don Quijote, la Biblia y La Iliada.
Leía sin descanso y le encantaba que la leyeran; cuentan que, de muy niña, arrojaba desde el balcón papelitos con versos patrióticos a los soldados que volvían de Africa. Además de la casa coruñesa de la calle de Tabernas, sus padres poseían otras dos residencias, una cerca de Sangenjo, un pueblo pontevedrés de pescadores, y la otra en las afueras de La Coruña, el Pazo de Meirás. A los doce años la familia decide quedarse en La Coruña durante los inviernos y allí estudia Emilia con instructores privados. Se sale del ritual de la educación femenina al negarse a tocar el piano y a tomar clases de música. Sigue dedicando todo el tiempo posible a su verdadera pasión, la lectura.
Fue una escritora fecundísima (compuso cuarenta y una novelas, siete dramas, dos libros de cocina, más de quinientos ochenta cuentos y cientos de ensayos) y realizó todo tipo de actividades (se puede decir que no hubo acto público durante su vida en el que no participase de una forma u otra). El año 1868 supone un hito en la vida de Emilia: "Tres acontecimientos importantes en mi vida se siguieron muy de cerca: me vestí de largo, me casé y estalló la Revolución de septiembre de 1868". Ella tenía tan solo 16 años, y su marido, José Quiroga, estudiante de Derecho, veinte. En 1869 la familia Pardo Bazán -también los recién casados- marchan a Madrid cuando José Pardo fue nombrado diputado. En la capital asisten a conciertos y a fiestas populares y Emilia llega a conocer la ciudad y el ambiente madrileño. Tras la entrada de Amadeo de Saboya y la guerra carlista, José Pardo Bazán se desilusionó con la política y toda la familia se marchó a Francia, pero el viaje se prolongaría por varios países de Europa (Inglaterra, Italia, Alemania), lo que despierta en Emilia la inquietud por los idiomas, con el deseo de leer a los grandes autores de cada país en su lengua original.
Se dio a conocer como escritora con un Estudio crítico de las obras del padre Feijoo (1876), con el que ganó un premio, compitiendo en este certamen con Concepción Arenal. Este mismo año nace su primer hijo, a quien le dedicará un libro de poemas titulado Jaime, publicado por Francisco Giner de los Ríos: “Mi seno y tu boquita / por misterioso impulso / se unieron, al instante / En que viniste al mundo / Como la abeja busca / miel en el cáliz puro, / que en ella tal instinto / naturaleza puso, / así tus dulces labios / reclaman el tributo / que en ondas abundantes / va de mi ser al tuyo.”
En 1882 comenzó, en la revista La Época, la publicación de una serie de artículos sobre Émile Zola y la novela experimental, reunidos posteriormente en el volumen La cuestión palpitante (1883), que la acreditaron como uno de los principales impulsores del naturalismo en España. Este libro causó un gran escándalo, de forma que su marido, horrorizado por la situación, le exigió que cesara de escribir y que se retractase públicamente de sus escritos; no lo hizo, sino que decidió separarse de su marido dos años más tarde, en 1884. En este año publicó La ama joven, que trata precisamente sobre crisis matrimoniales.
Con “La Tribuna” logra su primera obra redonda, pero es más tarde cuando escribe el gran fresco rural de un campo gallego violento, sensual, lleno de contrastes sociales y culturales, con dos obras formidables: “Los pazos de Ulloa” y su continuación “La madre naturaleza”. Así comienza la obra maestra de una de nuestras mejores novelistas: “Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabrillas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que desencuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho de Santiago a Orense, […] sin duda, al llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna influencia electoral de grueso calibre, debía andar cerca.”
Pero entre sus dos grandes obras rurales, la escritora publica dos obritas fascinantes, madrileñas y autobiográficas, “Insolación” y “Morriña”. Casi todos vieron en estos dos relatos que la Pardo Bazán no sólo se complacía en mostrar los apetitos cruciales y las relaciones salvajes en la naturaleza semifeudal gallega sino que desnudaba en público, sus propias historias de alcoba. Vivía Doña Emilia el apogeo de su popularidad y era el blanco de todas las controversias y el perejil de todas las salsas.
Además de su faceta literaria, destaca como gran intelectual española del s. XIX, asistiendo a congresos como el Congreso Pedagógico, en donde denuncia la desigualdad educativa entre el hombre y la mujer. Y aunque era consciente del sexismo dentro de los círculos intelectuales, propuso a Concepción Arenal a la Real Academia de la Lengua, que fue rechazada; tampoco aceptaría ésta a Gertrudis Gómez de Avellaneda ni a ella (fue rechazada tres veces, en 1889, en 1892 y en 1912), por más que en 1906 llegó a ser la primera mujer en presidir la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y la primera en ocupar una cátedra de literaturas neolatinas en la Universidad Central de Madrid, aunque sólo asistió un estudiante a clase.
Su condición femenina, de la que nada importante se esperaba, le permitía recalar en vericuetos de la vida cotidiana como la moda, la vida social, las actividades culturales, las presentaciones y las tertulias, que ahora constituyen un elemento bastante más importante para el mejor conocimiento de una época que muchas reflexiones solemnes. Eso no quiere decir que ella rehuyera temas más serios. En sus crónicas se pueden encontrar los análisis más rigurosos de la realidad política y social de la época, las críticas más acerbas a ciertas instituciones españolas, al caciquismo, a la beatería, a la explotación de la mujer, que dio esa generación literaria. Todo lo denunciaba y enunciaba doña Emilia con una claridad de conceptos y una rotundidad de expresión que no se pueden tildar ni de tibias ni, desde luego, de frívolas.
El interés de Pardo Bazán en la cultura europea le motivaba a escribir ensayos comparando a España con otros países, especialmente con Francia y los países nórdicos. Para ella las naciones más progresistas eran aquellas en donde la mujer tenía una mejor posición en la sociedad y había obtenido una mejor educación. Utiliza así Pardo Bazán el argumento de que el educar a la mujer española ayudaría recíprocamente al desarrollo y progreso de nuestro país. Una de las paradojas de aquella España era la existencia de leyes que permitían a la mujer conseguir una carrera pero no ejercer la profesión en dicha sociedad: "Desgraciadamente en España, la disposición que autoriza a la mujer para recibir igual enseñanza que el varón ... es letra muerta en las costumbres... Las que permiten a la mujer estudiar una carrera y no ejercerla son leyes inicuas." “Para mí es evidente que la educación completa y racional, totalmente humana, de la mujer, no dañará, antes fomentará, la verdadera virtud”"Y si en un lema pretendiese encarnar mi ideal, sería en el lema a que se debió en tanta parte el descubrimiento de América; el lema que señaló la mayor época de prosperidad y florecimiento para España; el lema que recuerda la intervención gloriosísima de la mujer en los más altos destinos de la humanidad y en los más arduos problemas de la ciencia y de la política: el lema de la gran Isabel: Tanto monta.
Su preocupación por que la mujer leyera y fuera más instruida le incitó a crear la Biblioteca de la mujer (1891), que englobaría todo lo tocante al conocimiento científico, histórico y filosófico de la mujer en todos los tiempos. El fracaso de esta obra, es decir, su escasa venta, apoyaría su creencia de que el peor mal que sufre la mujer de su época es la ignorancia y la falta de interés por aprender.
A pesar de que casi 2000 años antes el cristianismo había afirmado que el hombre y la mujer eran iguales ante Dios (San Pablo en su carta a los Gálatas explicaba: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”) en España en pleno s.XIX se seguía discriminando a las mujeres, por lo que nuestra admirada intelectual católica pasó gran parte de su vida defendiendo firmemente la igualdad de oportunidades para el hombre y la mujer, actitud valiente en aquella época. ¿Qué pensaría Dª Emilia hoy en día de las cuotas y paridades obligatorias que nos imponen nuestros políticos del s. XXI disfrazándolas de discriminación “positiva”?
Esa actitud valiente de Pardo Bazán pudo influir en que no le dejaran ser la primera presidente del Ateneo ni la primera académica de la Lengua. Lo impidieron las resistencias machistas y las envidias femeniles. Si unos detestaban que se metiera en “cosas de hombres”, otras le envidiaban su fama y libertad como mujer. La odiaban porque hacía lo que ellas ni se atrevían a pensar. Y como si esto no fuera suficiente, se enamoró y encandiló al mismísimo Galdós. Relación que ambos simultanearon con otras atenciones amorosas. Galdós le llevaba diez años pero tenía un gran porte, mientras ella, que nunca fue guapa, estaba cetácea, pero las cartas explican de forma hilarante y tierna por qué resultaba tan atractiva. Era una fuerza de la naturaleza y tenía en el coloquio íntimo una gracia chamberilera impensable en una condesa con sus años y arrobas. Por eso era irresistible: “Triste muy triste... me quedé al separarme de ti, amado compañero, dulce vidiña…Ahora es cuando la pícara imaginación representa con lindos colores toda la poesía de este viaje feliz. Ahora es cuando van idealizándose y adquiriendo tonos color de rosa, azul y oro, las excursiones de Zurich, las severas bellezas de Munich, las góticas y místicas curiosidades de Nüremberg y en especial la sublime noche de Francfort…Mira de qué alhaja te has ido a enamorar. Anda, miquito, retuérceme el pescuezo, y me quedaré tan descansada. Te debo una reparación.”
No hay en la cultura española moderna un fenómeno de personalidad, creatividad, gracia, hondura y libertad, de genio en suma, como Doña Emilia Pardo Bazán. Supo conquistar un lugar de honor en nuestras letras y supuso en la sociedad de la Restauración un terremoto permanente, una perpetua novedad.
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