The Queen (La reina). Calificación 8/10
28.05.07 @ 08:28:30. Archivado en Cine

Stephen Frears ha logrado el milagro: abordar con respeto una película basada en hechos reales (ésta de verdad, y no como tantas otras que pregonan lo mismo) y famosos, con personajes conocidos.
El director acababa de colaborar con el guionista Peter Morgan en “The deal”, una película para la televisión sobre los intríngulis de la clase política británica al estilo de la extraordinaria “El ala oeste de la Casa Blanca” (serie de la que Tony Blair es fan). La madurez del realismo político de las series anglosajonas, en las que se combina la profundidad intelectual con la ironía, las diferencia de la pesada pedantería a la francesa o el analfabetismo funcional de la mayoría de los productos italianos o españoles.
Todo eso queda elegantemente recogido en un extraordinario guión de Peter Morgan, que incluye diálogos cargados de fina y sarcástica ironía, y que nos muestra una monarquía lastrada por protocolos y costumbres, cada vez más distanciada de un pueblo que exige una modernización. Pero esa crítica incisiva se convierte poco a poco en una mirada respetuosa a la reina, primera víctima de una educación basada en la privacidad de los sentimientos y en la conciencia de representar a una institución multisecular. Humor inglés de extraordinaria finura y un asombroso equilibrio que sabe trasmitir esa pose distante, seca y reservada a la vez que deja entrever una humanidad y una tensión interna en los personajes, sin caer en ningún momento en lo tendencioso: la postura respetuosa y ponderada de Frears acierta a penetrar en el espíritu británico de clases altas y bajas, del propio duque de Edimburgo y de la republicana Cherie Blair; todos responden a una autenticidad nada caricaturesca ni sesgada, algo que por cierto nuestro cine revisionista no acaba de atisbar ni conseguir, según hemos podido ver últimamente en no pocas producciones españolas.
El film se centra en el duro pulso mantenido entre la reina y el primer ministro laboral recién elegido, respecto a la actitud pública que debía tomar la familia real ante la muerte y funeral de Diana, cuya figura flota en la penumbra de un segundo plano, y se aleja de especulaciones amarillistas sobre las causas del accidente. En este enfrentamiento, no tiene piedad con la figura de un Tony Blair que astutamente fomentó el homenaje a la princesa para subirse al carro de aumentar todavía más su propia popularidad, forzando a la monarquía a hacer lo mismo. Visto con la distancia temporal, y en nuestro caso también espacial, deja claro que el paroxismo colectivo que se desencadenó aquellos días fue generado en parte desde el propio poder (una hora más tarde del fallecimiento, un asesor de Blair inventa aquello de “la princesa del pueblo”), e hinchado por los medios de comunicación. Isabel, educada en la monarquía bajo el tutelaje de Winston Churchill, y toda la corte real con ella, detestaba a la Cenicienta trepa. A Frears y Morgan no les tiembla el pulso a la hora de trazar los rasgos más desagradables de la Reina. “Es una siesa”, parecen decir, “¿y qué?” Nunca ganaría un concurso de popularidad, pero tampoco es superficial como el tonto de su hijo Carlos, la víbora de Cherry Blair o el bocazas asesor de comunicación del primer ministro.
Se agradece la narración fluida, ejemplo de claridad y concisión en la exposición de lo sucedido. Tampoco resulta excesiva la combinación de ficción con imágenes reales, junto a plausibles recreaciones, sacando también partido a la omnipresencia de la prensa y, sobre todo, de la televisión. Rueda con solidez y elegancia las secuencias relativas a la reina, mientras que para plasmar a Blair y su entorno con frecuencia recurre a la cámara en mano y la puesta en escena confusa, confrontando sabiamente dos universos, una tensión dialéctica entre la permanencia de la monarca frente a la vacilación y carácter pasajero del político.
“The Queen” es una declaración de amor de un ciudadano británico hacia los principios no escritos de la nación que comenzó, antes que Francia o los EE.UU., a desarrollar un marco político de libertad y prosperidad. Las razones que subyacen a la tradición y al carácter nacional, construidas a través de los siglos como marco estructural moral que sostiene un sistema político, son mostradas de forma magistral por el dúo Frears-Morgan a través del establecimiento de la relación entre la Reina y su Primer Ministro, en cómo áquella trata de hacerle ver al Príncipe de Gales cuáles son sus deberes más allá de las exigencias del populacho mediático, y en cómo Blair se opone con energía a la demagogia oportunista y simplona de los que como su mujer, una Lady Macbeth progre, le incitan a aprovechar la debilidad de la Monarquía para darle un golpe de gracia
Así, el resultado es una narración modélica, que se convierte en un auténtico tour de force con sus adecuadas dosis de intriga, movimientos palaciegos, radiografía del poder, descripción de los personajes y final que cierra ejemplarmente todos los caminos abiertos. Y para terminar, una ferviente recomendación: si tienen oportunidad, véanla en versión original: el trabajo que hace Helen Mirren con la voz de la reina, modificándola desde la forma impostada y correcta con la que habla en público y cambiándola a los momentos de intimidad, cuando la vemos en bata y con horquillas en el pelo, es simplemente impagable, y no hay doblaje, por bueno que sea, capaz de repetirlo.
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