NICOMEDES-PASTOR DIAZ: Un político liberal ejemplar
05.04.07 @ 09:39:08. Archivado en Sobre el autor, Libros, Política, Periódico "O desván"
A mediados del S.XIX un político nacido en la costa de Lugo era uno de los españoles más importantes y respetados. Nicomedes-Pastor Díaz fue Consejero de Estado, en cinco ocasiones ministro y Rector de la Universidad de Madrid. Pero además fue novelista en dos lenguas, parlamentario vigoroso, periodista influyente y poeta de renombre.
Nació el 15 de Septiembre de 1811 –día de S. Nicomedes- en Vivero, en el seno de una familia modesta y muy numerosa, tuvo 9 hermanos. Se le puso el nombre del Santo del día y el equivalente masculino del de su madrina, Pastora. Ingresó en el Seminario conciliar de Vivero y luego en el de Mondoñedo en 1823, donde parece ser que adquirió vocación sincera: según contó Juan Valera, rezaba todos los días y le dijo que de no tener obligaciones que cumplir, se hubiera ordenado sacerdote.
Estudió leyes en Santiago de Compostela, pero al afectarle el cierre de universidades decretado por Fernando VII, se trasladó a Alcalá de Henares donde obtuvo el título de abogado en 1833.
Pero por encima de su talento literario, destacó en su faceta política, donde tan difícil resulta. Perteneció a una generación que saltó a la arena pública al concluir la abyecta vida y horrible reinado de Fernando VII con la muerte de éste en 1833. Ese año, la Reina María Cristina –por minoría de edad de Isabel II- proclamaba la amnistía para el largo y extenso exilio liberal y Nicomedes participaba en la escisión del liberalismo que marcaría todo el siglo: progresistas y moderados, ambos militaristas, intransigentes, cainitas e incompetentes.
Díaz y sus amigos eran liberales escarmentados. Su modelo no era Francia, sino Inglaterra. No aspiraban a grandes proclamaciones de libertad sino a garantías sólidas de su ejercicio. Defendían la Religión y el Trono, pero también la libertad de conciencia y la Constitución. Fervorosos partidarios de la propiedad individual y el libre comercio, patriotas, cultos y ambiciosos, estaban condenados al fracaso.
En 1837 fue nombrado Jefe Político de Segovia, un cargo más o menos equivalente a lo que luego serían los gobernadores civiles. Su designación para este puesto coincidió con un recrudecimiento de las guerras carlistas, y más concretamente con las incursiones del Conde Negri. Pastor Díaz reaccionó inmediatamente frente a la amenaza y ordenó poner a buen recaudo en los hornos del alcázar segoviano los caudales del erario público, los caudales particulares y las alhajas de las iglesias, dejando al enemigo sin posible botín que conquistar como no fuera expugnando el alcázar, lo que a todas luces resultaba empresa excesiva para las magras fuerzas carlistas. Como quiera que por esto no encontraron más ganancia que la simplemente estratégica, los soldados carlistas, que tenían algo de forajidos montaraces, no tardaron en desanimarse en la capital. No contento con este triunfo, y con la provincia invadida por los carlistas, Pastor Díaz, al amparo de su corta edad, se movió de incógnito por los pueblos segovianos, informando al Gobierno de las distintas vicisitudes que iban aconteciendo. De esta manera pasó dos años como hombre de acción, hasta que el conde de Negri fue finalmente derrotado por el general Latre y Pastor Díaz, en recompensa de sus servicios, recibió la toga de magistrado de la Audiencia de Valladolid.
Cuando en 1843 uno de los movimientos populares más unánimes del S. XIX derribó a Espartero, los moderados -capitaneados por Narváez- plantearon como primera necesidad cambiar la Constitución para poder gobernar cómodamente. En menos de once años y en un clima de guerra civil con los carlistas, España había cambiado cuatro veces de Constitución. Era claro que para la cultura política de aquel tiempo la Constitución era un instrumento coyuntural para uso del partido en el poder. Pastor Díaz, fue uno de los pocos moderados que, con más previsión que su partido, comprendió que las reformas políticas practicadas por los vencedores como un alarde de orgullo y poderío, no eran más que pretextos para que los derrotados clamaran venganza. Además creía que la Constitución debía ser el marco de convivencia entre los partidos moderado y progresista, en vez de volver a la desastrosa costumbre de hacer depender la legalidad común del partido dominante en cada momento. Por lo que se opuso firmemente al intento de su jefe –Narváez- de reformar la Carta Magna.
A Nicomedes y su grupo se les denominó el de los "puritanos", en referencia a una ópera romántica, por su afirmación de que las leyes eran o debían ser "santas". Además intentó en varias ocasiones fusionar los dos partidos, ya que entendía que los intereses de la nación tenían que se necesariamente intereses comunes, y no podía entender que un partido u otro gobernasen en exclusiva, a favor de los suyos y en detrimento de los contrarios. Este modo de pensar le acarreó grandes complicaciones, al no obtener nunca el apoyo ni de unos ni de otros. La cultura política de la España liberal de mediados del siglo XIX distaba mucho de poder entender estos argumentos. Sus ideas fracasaron, pero Nicomedes dejó un legado importante: la estrategia de Unión Liberal, que fue el primer partido centrista de la historia contemporánea de España. Además, con los puritanos se formó el joven Cánovas del Castillo, y buena parte de los ideales de la Restauración estaban ya explícitos en las Obras Políticas del liberal lucense.
Pese a la importancia de los cargos que ocupó y su permanente dedicación a la vida política, su conducta fue intachable y murió con sólo 52 años en la más digna y absoluta pobreza. Se le tuvo que conceder una pensión a su madre y hermanas para que pudieran sobrevivir. Con razón se le tiene cuidadosamente olvidado. Resulta demasiado ejemplar.
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