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Los exiliados de dentro y por decreto (y III)

25.09.17 | 10:46. Archivado en Iglesia

Los exiliados dentro y por decreto (y III)

Es la tercera entrega, una por mes, sobre los exiliados y la cabecera de ésta parece una forma de hablar para poner un título, pero no. El sintagma nominal describe bastante bien con tres trazos –exilio, dentro y decreto- la situación de la que quiero hablar. Y confieso de entrada que me produce tanto dolor ver la situación como verme medio obligado a comentarla. Y quedaría más a gusto si no lo hiciera.

Ejemplo 1

Él, sacerdote, salió malparado de una investigación sobre sus presuntos tratos sexuales con un menor; la investigación y el juicio fueron largos, con vaivenes y al final condenado al abandono de toda acción sacerdotal y reducido a la desaparición de todos los espacios diocesanos y pastorales. Como si no existiera. Impresiona y conmueve sorprender su silueta lejana y alejada atrás, en espacio oscuro, asistiendo a la Eucaristía que allí aquel día me toca presidir. Y se remueven las entrañas entre lo de tolerancia 0 y lo de misericordia 10. Es como un leproso echado fuera de los espacios de normalidad eclesial. Las entrañas no niegan delitos ni penas ni juzgan juzgados, pero se conmueven ante la falta de misericordia visible.

No interesa el caso particular aunque sea el que me ha despertado en concreto estos sentimientos entre el rechazo, la compasión y la solidaridad. Pienso en tantos sacerdotes y religiosos que, con más culpa o menos que aquí tanto da, sufren vergüenza y menosprecio duraderos un día y otro setenta veces siete, sin que haya abrazo de misericordia ni al menos un detalle como el de “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Pues no, es un exiliado de dentro y por decreto y en muchos casos sin señales de fraternidad eclesial y sin comunión fraterna. Es un exilio con tal derrota que estoy seguro de que a poco en paz que se lleve convierte a la víctima en “pobre de Yavé”, “abatido por el viento” como traduce Erri de Luca (pobre de espíritu, dicho de otra manera) y en bienaventurado. Así sea.

Pero mientras tanto, si es que llega y llegará, seguro, se queda en un simple exiliado interno y por decreto.

Ejemplo 2

Él mismo no sabría explicarlo con racionalidad. Fue algo lento y lleno de perplejidades. Y llegó a la conciencia personal no sin algo de fuerte desolación interior. Y así hasta que confirmó sin dudas ya por medio que era homosexual. Y se encontró desamparado e incomprendido en la propia comunidad eclesial en la que había vivido confortablemente hasta entonces su fe cristiana. Y se fue encontrando sin comerlo ni beberlo con callejones sin salida moral. Y acabó tirando por el camino del medio al margen del pensamiento y de la disciplina de la Iglesia pero siguiendo en ella.
No interesa la peripecia particular de nadie sino la experiencia dolorosa, y hasta inesperada no pocas veces, que han vivido y están viviendo miles de personas con una adhesión hasta ahora pacífica y fiel a la Iglesia y que se ven abocados, con más o menos libertad y lucidez, a una situación de extrañamiento eclesial, al margen de sus normas morales y sacramentales. Son personas que en la mayoría de los casos viven su calvario o su aventura interior sin el acompañamiento que sería necesario; o porque nos hemos acostumbrado, como vicio y deformidad, a vivir nuestra fe a nuestro aire sin alguien que vaya a nuestro lado; o porque no es fácil encontrar guía e iluminación en situaciones como ésta de qué hacer con la homosexualidad que tengo encima y delante; o porque tampoco hay experiencias compartidas de cómo gestionarla en positivo y con un nivel aceptable de calidad humana y de fidelidad cristiana. Sólo se contempla la prohibición y el alejamiento. Y que cada palo aguante su vela. ¡Qué barbaridad!
Esto supone que la persona que sufre esa situación es realmente un exiliado interno y por decreto.

Ejemplo 3

Nunca se imaginó que a él le llegaría a suceder lo que le ha sucedido. Y no es que haya sido sin comerlo ni beberlo pero casi. Algún día comenzaría la derrota pero no tiene idea de cuándo ni porqué. Lo cierto es que a doce años de su boda y después de batallas y derrotas en campos sucesivos, vive con otra persona y con los dos mellizos que les acaban de llegar más bien inesperadamente. Con las alternancias propias de años difíciles siempre ha mantenido la fe, no sin serias dudas, y ha sido fiel a la práctica cristiana aun con disentimientos puntuales. Y ahora, ya desde hace tres años, no sabe a qué atenerse. No le faltan consejos tranquilizadores pero no tiene consigo todas las paces. Anda entre irse o malquedarse.

Son miles y miles de cristianos de a pie a los que la vida amorosa y matrimonial se les ha ido a pique y por derroteros nuevos y ahora viven el desconcierto, la sospecha y la perplejidad. No hay para ellos solución pacífica ni pacificadora. Cada día tienen que vivir la fe en una cuerda floja que los descalifica y los aparta. No son apestados, pero en la práctica, en cuanto se conoce su estado, como si lo fueran. Cada uno es un exiliado interno y por decreto./strong>

Y ejemplo 4

Es un caso bien reciente y hace cuatro días asistí a su boda, ¡por fin! Quedaría reducido a una excepción desgraciada si no fuera que la situación y sus quebrantos son bastante frecuentes en España, al menos así lo compruebo por mis relaciones y acompañamientos. Se trata de una persona católica y practicante que después de años de infierno matrimonial decide entrar en un proceso de nulidad. Pasan cuatro negros años de lentitudes, durezas administrativas, retrasos no explicados, hostilidades encubiertas y a veces a la descubierta, contradicciones y vueltas atrás… hasta que efectivamente hay declaración de nulidad y boda posterior, con otra persona lógicamente, hace pocos días.
Alguien debería hacérselo mirar, o más de un alguien.

Confiesa “el reo” su desazón y las heridas que todavía le duelen en un maltrato a veces absolutamente gratuito y sin sentido, si es que alguna vez pudiera tenerlo, claro. Se ha sentido echado fuera sin estarlo, desasistido sin desapuntarse en nada; cumpliendo normas y condiciones sin rebaja alguna pero sintiéndose fuera de los afectos de la madre Iglesia. Es un exiliado que está dentro, pero la mala práctica en espacios canónicos lo deja medio fuera durante años y como sospechoso que apenas merece ser acogido y escuchado. Es un expulsado interno, con toda la contradicción que se quiera y con un largo dolor humano y no poca congoja cristiana.

Y me temo que este peso, que el Papa mismo intentaba aligerar no hace mucho, pone a prueba la resistencia creyente de muchas personas, afectados y allegados, entre nosotros. Yo al menos, y no me creo fácil para sorprenderme por cosas como ésta, me he sentido avergonzado y medio culpable sólo al escuchar y comprobar los pasos del vía crucis a manos de gentes que se suponen de Iglesia. Son exiliados internos y por decreto.

Hay más campos de exiliados internos pero valgan estos como ejemplos. Cada uno, a poca experiencia eclesial que tenga, podrá poner otros tatos. Y esto en un espacio, el eclesial, en el que la institución debe ser madre y maestra y tener a todos como a hijos muy queridos, acogidos, defendidos y abrazados.

No es fácil encontrar un lugar donde haya tan poco debiendo ser tanto.


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