Había tierra para todos… llegó Yahvé y la privatizó. (A propósito del Estado de Israel y la franja de Gaza)
06.01.09 @ 18:47:49. Archivado en A Dios rogando...
Las cosmogonías de las diversas religiones relatan de diversas formas los comienzos del universo, de la nada al todo, y a los seres vivos habitando la tierra, el agua y el aire. “Y todo estaba muy bien” (Gn 1,31). Pero “Yo-soy”, o “Yo-soy-el-que-soy” (o “El-que-sea”), “’ehyeh ‘aser ‘ehyeh”, o Yahvé (Ex 3,14), optó por un pueblo, más bien una tribu, y les prometió una buena tierra para ellos solos, si cumplían sus abundantes mandatos (Lv 26,3ss): “Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros a filo de espada” (Lv 26,7).
Enemigos comenzaron a ser todos los ocupantes de las tierras que ellos decidieron que eran suyas por voluntad de Yahvé. Y así empieza una larga historia de invasión de tierras y de firme intransigencia, al exterior y al interior mismo del llamado Pueblo de Israel: se toman, por las armas, ciudades que son “consagradas al anatema” (Nm 21) y se corrige duramente a los “tránsfugas”: “Toma a todos los jefes del pueblo y empálalos en honor de Yahvé, cara al sol”: (Nm 25,4).
El texto tardío de Nm 31 establece la legislación sobre la “guerra santa”, el reparto del botín y el reparto de la Transjordania. La venganza sobre los madianitas es escalofriante: “Mataron a todos los varones. Mataron a los reyes de Madián. (…) Hicieron cautivas a las mujeres de Madián y a sus niños”. Pero Moisés no se contentó con eso: “Matad a todos los niños varones y a toda mujer que haya conocido varón…” Y se repartieron el goloso botín y las tierras conquistadas: “Cuando paséis el Jordán hacia el país de Canaán (…) os apoderaréis de la tierra y habitaréis en ella, pues os doy a vosotros todo el país en propiedad. (…) Si no expulsáis a vuestra llegada a los habitantes del país, los que dejéis serán para vosotros pinchos en vuestros ojos y aguijones en vuestros costados…” (Nm 33,50ss).
Esto es sólo la muestra del comienzo de una invasión territorial y de una guerra, hoy llamada sucia. Si de los libros del Pentateuco pasamos a los llamados Libros Históricos, los relatos nos siguen produciendo escalofríos. Claro, que eran otros tiempos y masacres similares se producían por doquier. Generalmente, por ambición del poderoso de turno que deseaba ampliar sus propiedades. En el caso del pueblo de Israel era por mandato divino: Yahvé, poderoso señor de los ejércitos.
Hemos visto en estos días fotografías muy significativas: un soldado, fiel judío, con la Biblia en la mano, ante su carro de combate y con la metralleta en el brazo, orando a su dios en alguno de los momentos rituales del día. Los 150 salmos de la Biblia son la base de la oración diaria tanto de judíos como de cristianos. Nos consta que algunas comunidades cristianas han desechado ya algunos textos especialmente agresivos. ¿Siguen orando los soldados judíos con textos como los que siguen?
“Si me lo pides, te daré en herencia las naciones,
en propiedad la inmensidad de la tierra;
los machacarás con cetro de hierro,
los pulverizarás como vasija de barro.” (Sal 2,8-9)
“Persigo a mis enemigos, les doy caza,
no vuelvo hasta que acabo con ellos;
los machaco, no pueden levantarse,
sucumben debajo de mis pies.” (Sal 18,38-39)
“Que tu mano alcance a tus enemigos,
que tu diestra alcance a los que te odian.
Conviértelos en horno encendido (…)
Yahvé los tragará en su cólera,
el fuego los devorará.
Borrarás de la tierra su fruto,
su semilla de en medio de los hombres.” (Sal 21 9-11)
“Rómpeles, oh Dios, los dientes en la boca,
quiébrales, Yahvé, las muelas a los leones.
¡Que se evaporen como agua que pasa,
que se pudran como hierba que se pisa!” (Sal 58,7-8)
“Álzate a castigar a los paganos,
no te apiades de esos pérfidos traidores (…).
¡Suprímelos con tu furor,
suprímelos, que dejen de existir!” (Sal 59,6b.14)
“Conviértelos, Dios mío, en hojarasca,
en paja que arrebata el vendaval.
Como fuego que abrasa la maleza,
como llama que devora montañas,
persíguelos así con tu tormenta,
llénalos de terror con tu huracán.
Cubre sus rostros de ignominia (…).
Queden confundidos y perezcan.” (Sal 83,14-18)
Que el proyecto del Estado de Israel haya desembocado en un estado confesional yahvista sólo puede ocasionar los continuos conflictos armados que se han venido sucediendo durante décadas frente al pueblo palestino, formado por musulmanes y cristianos. Un Estado laico con cauces democráticos y representativos del conjunto de la población, al modo de la mayoría de los países “de occidente”, podría haber evitado las guerras y las masacres que salpican hoy al mundo entero.
Una vez más, mezclar las religiones con las políticas trae violencias, desastres y muertes. No podemos olvidar que el Occidente Cristiano es heredero de la filosofía yahvista y de la religión judía. Ver nuestro pasado, en Europa, Asia o América, nos avergüenza hoy profundamente por los excesos cometidos en el nombre de nuestro dios. Por eso entendemos muy bien a los que, equivocada o interesadamente, siguen defiendo los estados confesionales. Los entendemos y los rechazamos.
El soldado judío y el ciudadano palestino, cuando rezan a su dios, están rezando al único Dios.
¿Podrán en su nombre seguir invadiendo, masacrando o muriendo por la misma tierra que ambos ocupan?
¿Un único Estado laico, multiétnico y multiconfesional sigue siendo imposible en esa tierra?
Los judíos ortodoxos que no lo vean posible, ¿no estarían mejor organizando su estado autónomo en alguna otra parte, ahora deshabitada, del mundo, como hacen por ejemplo los amish en USA?
Si la mayoría de los países democráticos del mundo consideró adecuada la intervención militar en países como Irak o Afganistán, ¿cuándo decidirán intervenir por la paz en Oriente Próximo?
Hablemos, por la paz.
Francisco Paz
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