Monjes rebeldes
31.03.08 @ 02:26:25. Archivado en A Dios rogando...
Desde hace unas semanas, sobre todo en esta última, nos llama la atención ver a numerosos monjes budistas, de la tradición que representa el mundialmente conocido Dalai Lama, salir a las calles pidiendo, de formas más o menos pacíficas o violentas, la libertad para el Tibet.
Si en cualquier buscador de la Red ponemos “monjes rebeldes”, junto a estos monjes budistas encontraremos el título de un conocido libro del norteamericano P. Raymond titulado Tres monjes rebeldes. Roberto, Alberico y Esteban, iniciadores de la Orden del Císter, habrían sido también unos monjes rebeldes, sólo que eso era hace más de mil años, allá por 1098, en la Borgoña.
Rebelde: que se rebela contra algo o alguien. O también: difícil de dirigir o manejar. Rebelarse: sublevarse contra una autoridad; resistirse a algo.
Los 3 monjes que seguían la regla de San Benito al modo cluniacense, se rebelaron, en debida forma, alejándose de su comunidad para iniciar otra que viviera con mayor fidelidad el espíritu monacal de los inicios. Se van a un lugar solitario, Citeaux, según algunos insalubre, para vivir en mayor pobreza y austeridad el soli Deo, sólo para Dios. Rebeldes con discreción, pacíficos y espirituales, aunque seguramente no sin tensiones, pero en asuntos internos, propios de los monjes solamente.
Poco más tarde, acudió Bernardo que, desde Claraval, los hizo famosos a todos, y santos los cuatro. Lo que era rebelión contra modos y formas, por mayor silencio, pobreza, oración y fuga mundi, con Bernardo se convirtió en lo que hoy diríamos compromiso socio-político con la realidad del momento: convertido en predicador de las primeras Cruzadas, alentaba a la invasión armada del próximo oriente, en el nombre del Señor. Las Órdenes Militares que se fundan a continuación –mitad monjes, mitad soldados- nacen de estos monjes rebeldes y son acompañadas espiritualmente por sus sucesores.
Siddharta Gautama (560-640 a.C.), rebelde a la forma de vida que su padre el rajá de Kapilavastu, al nordeste de la India, le ofrecía, se alejó por los caminos del ascetismo y la espiritualidad hasta encontrar la iluminación. El Buda, el Iluminado, en la mitad de su vida, ofreció a sus seguidores el camino de la verdad. En la segunda de las “cuatro nobles verdades” les dice así:
“¿Cuál es, oh monjes, la noble verdad del origen del sufrimiento? Es ese deseo que es causa de la reencarnación, ese deseo que está unido al placer y a la codicia, que es indulgente consigo mismo aquí y allá; el deseo de los sentidos, el deseo del ser, el deseo de destruirse a sí mismo”.
Y les ofreció también el camino de la libertad. La “senda de los ocho pasos” para llegar a ella, ofrece, como segundo paso, la actitud recta o intuición, que indica una actitud mental hecha de buena voluntad, de espíritu de paz, de empeño en mantenerse alejado de los deseos sensuales, del odio y de la malicia.
Los monjes budistas que hemos visto estos días por televisión gritando, peleando con la policía y formando parte de piquetes rompiendo escaparates, etc., pertenecen a la rama mâhâyana del budismo, la del “gran vehículo”, alejada de la versión original y más estricta, la theravada, o doctrina de los antiguos.
En el siglo VII d.C, el rey del Tibet introdujo el budismo mâhâyana en su reino, venciendo fuertes resistencias de los seguidores de las religiones tradicionales tibetanas. Se instaló así el lamaísmo. Ahora todos los monjes de allí son lamas. El “lama grande como el océano” o Dalai Lama se encarga del gobierno secular, mientras el Panchen Lama o “joya de los estudiosos”, es la cabeza espiritual del movimiento.
Hemos comentado cómo en los países occidentales tanto los monjes cristianos como los monjes budistas son, a menudo, admirados y valorados como ejemplo de serenidad, espiritualidad, paz y sosiego. Admirados por los que andamos siempre deprisa y agobiados, a veces tensos y nerviosos, en medio de violencias y agresiones, de palabra y de hechos…
Decir “monasterio” es hoy pensar en paz y tranquilidad. Oración, trabajo, estudio, descanso…, y pocas ganas de complicarse la vida tratando de cambiar las cosas ahí fuera.
Y parece a veces que los amigos de la espiritualidad monástica, cristiana o budista, son también poco dados a la actividad sindical, vecinal o política. Más bien atentos a la propia conversión, a la oración, al ejercicio del yoga o de otras técnicas…
Mirando siempre a esos monjes y monjas que identificamos con la paz, la misericordia y la compasión, miramos de reojo y con cierto rechazo a los que protestan y luchan, quizá de formas no tan pacíficas y no-violentas, por mejorar las condiciones de vida en lo social y en lo político.
Con aciertos o con errores, es lo que honestamente muchos pretenden, aunque a veces lo que se consigue sea distinto de aquello por lo que algunos lucharon, incluso dieron la vida…
San Bernardo siguió orando y escribiendo en su monasterio. Dalai Lama espera en la India a que se arreglen las cosas en el Tibet.
¿Qué pensar sobre las guerras y rebeliones alentadas por líderes religiosos?
¿Qué lugar ocupa la rebeldía en nuestra espiritualidad?
¿Rebeldes a qué, a quiénes, con quiénes, por qué, para qué…?
Con paz y bien.
Francisco Paz
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