Hablando en plata

El abuelo Manolo

28.12.13 | 23:47. Archivado en Aviación, Cosas...

Les presento a mi abuelo Manolo, que es este señor de la izquierda con tan buena pinta. No quiero acabar 2013 sin recordar que se han cumplido cien años desde que Manuel Zubiaga, llegó -es un decir, pues como veremos más adelante lo correcto sería decir que casi llegó- a la playa de Ereaga, en su pueblo de Algorta, Vizcaya, pilotando un avión Caudrón que se había traido desde Biarritz.

A mi abuelo le mandaron a Francia con catorce años y allí estuvo entre 1907 y 1909. En Francia tuvo su primer contacto con la aviación cuando vio volar a leyendas como Santos Dumont o Bleriot, y supongo que se quedó fascinado. Recordemos que hacía menos de cuatro años que Orville y Wilbur Wright habían conseguido volar por primera vez en las dunas de Kitty Hawk, Carolina del Norte.

En 1909 mi bisabuelo José mandó a Manolo y a su hermano Ignacio a estudiar a Londres, donde se enrolaron en un curso de mecánica y trabajaron en una empresa que tenía estrechos vinculos con la aviación y un taller en el aeródromo de Hendon, al norte de Londres. Igual que a muchos chavales de hoy a ambos les encantaba todo lo que oliera a gasolina: los motores, las motos, los coches y, como no podía ser de otra manera, los aviones. La diferencia es que todo esos artefactos hace cien años acababan de nacer.

Lógicamente mi abuelo tuvo mucho contacto con aviones y aviadores, le picó fuerte el gusanillo de la aviación e hizo todo lo posible por subirse a un avión y aprender a volar, cosa que consiguió con diecinueve años de edad en el Real Aeroclub de Londres, pasando a formar parte del reducidísimo grupo de pilotos civiles españoles, que en el año 1912 eran una docena.

Es difícil confirmar hechos que ocurrieron hace cien años cuando ya no queda nadie a quien preguntar, además mi abuelo nunca fue de contar batallas, todo lo contrario. Pero entre los chascarrillos que desde hace muchos años hay sobre él se cuenta que atado con la correa de un baúl fue uno de los primeros pilotos del mundo y el primer español en hacer un looping (un rizo). También que para demostrar a la Royal Air Force la solidez de un avión, él y uno de los hermanos Caudrón -los fabricantes que pretendían vendérselo a la RAF- se subieron cada uno en un lado entre las dos alas y agarrados a los tirantes y a los cables que las sujetaban hicieron de pasajeros en un vuelo de demostración. En otra ocasión, y también en compañía de uno de los Caudrón, cayó al agua en el Canal de la Mancha, para ser rescatado por un crucero de la Royal Navy en el que iba el Primer Lord del Almirantazgo, un tal Winston Churchill.

Mi abuelo tenía 21 años cuando se fue a Francia y en el aeródromo de los Caudrón probó varios aviones y finalmente se hizo con un modelo G3, un biplano construido con una estructura de madera cubierta de lona. Las dos alas -una encima de la otra- estaban sujetas por tirantes de madera y alambres. El Caudrón montaba un motor Gnome de 50 caballos que supongo que en aquella época era el último grito en motores, pero que como veremos fallaba más que una escopeta de feria, como fallaban, dicho sea de paso, todos los motores de explosión de la época, que eran también un invento nuevo.

Pues bien, con Ignacio de mecánico -Ignacio se decantaría por las carreras de coches y de motos, en las que ganó numerosos trofeos- se fueron a la playa de Crotoy, en el Canal de la Mancha, donde el joven aviador voló muchas veces en el verano de 1913 hasta sentirse cómodo en el Caudrón.

El 21 de julio embaló el avión y lo mandó a Biarritz, y el día 27 a las tres y media de la tarde se recibió un telefonema en el Club Maritimo del Abra en Las Arenas, Guecho, anunciando el despegue de Manolo de una playa de Biarritz con destino a la playa de Ereaga. La distancia entre Biarritz y Guecho es de unos 130 kilómetros y, a una media de unos 80 Kms/hora, y algún que otro rodeo, el tiempo estimado de vuelo era de dos horas, calculado para poder aterrizar en la arena dura de la playa con la marea baja.

Todo el pueblo -con la banda de música, mucha cohetería y el alcalde y las autoridades a la cabeza- esperaba con gran expectación la llegada del Caudrón a la playa. Sin embargo el motor dijo basta a la altura de Zarauz, en cuya playa tuvo que hacer mi abuelo un aterrizaje de emergencia. La decepción de los guechotarras se convirtió en jubilo para los zarauztarras, que durante dos días pudieron admirar en su playa el artefacto volador. La mayoria de ellos jamás había visto un avión, ni en fotos.

La válvula que había fallado se envió a los talleres Eraso y Compañía, donde fue soldada y donde se negaron a cobrar por la reparación, igual que en Zarauz se negaron a cobrarle su hospedaje, el de Ignacio y el de mi bisabuelo José, que había ido a recibirles.

El caso es que en la tarde del 29 mi abuelo hizo dos vuelos de prueba, que como es lógico causaron sensación entre la multitud de curiosos que había en la playa. Aunque Manolo estaba deseando llegar a su pueblo, y a su casa, era ya muy tarde y decidió esperar a la marea baja de la mañana siguiente. Así que al amanecer del 30 de Julio de 1913 -víspera de San Ignacio y día grande de las fiestas de Algorta- Manuel e Ignacio probaron por última vez el motor Gnome y, satisfechos con el resultado, mi abuelo despegó de la playa donde el alcalde y todo el pueblo les despidieron, y puso rumbo a Bilbao volando a unos seiscientos metros de altura. Sin embargo las nubes bajas y la niebla le hicieron descender cada vez más. A la altura del Cabo Machichaco volaba a apenas 150 metros del agua, siguiendo la costa muy de cerca para no perderla de vista y habiendo descartado ya el plan inicial de adentrarse por la ría de Guernica, llegar hasta Bilbao y seguir la ría sobrevolando el puente colgante hasta llegar a la playa de Ereaga, en su pueblo de Algorta. Así que, volando cada vez más bajo, siguió la costa hasta que a las 7:25 le vieron pasar muy bajo a la altura del acantilado de Punta Galea -a la entrada del Abra de Bilbao y a apenas cinco kilómetros de la playa-. Pero las nubes estaban muy bajas y la niebla era muy densa. Así que siguió hacia el oeste, hacia Castro Urdiales, sin duda esperando poder virar hacia el sur, hacia la playa. Al poco vio un velero, voló hacia él y vio también el rompeolas de Santurce, a donde se dirigió. Aquí mi abuelo estaba como en su casa y desde Santurce viró, siguiendo el rompeolas de Arriluce, hacia la playa de Ereaga, donde todo el pueblo le esperaba una vez más con la máxima expectación y donde desde hacía rato que se disparaban cohetes y varias embarcaciones estaban preparadas para cualquier eventualidad. Menos mal.

Para entonces la multitud ya podía oír y ver el Caudrón volando muy bajo cerca de Santurce y con rumbo a la playa, así que la emoción era máxima. Pero mucho más lo fue cuando a unos cientos de metros de la playa el motor decidió que había llegado el momento de pararse otra vez, con el sonoro reventón de uno de sus cilindros, cuya tapa atravesó el capot haciendo un agujero de un palmo. Ochenta años después ese capot lo doné, en nombre de la familia Zubiaga, al museo de la Fundación Infante de Orleans, en Cuatro Vientos, Madrid. Les recomiendo que si pueden se den una vuelta por allí, porque vale la pena ver el museo y también el primer domingo de cada mes podrán ver volar a las casi cuarenta joyas de la aviación que tienen allí guardadas y en perfecto estado. Pero para no alargarme mucho dedicaré otro artículo a la Fundación.

El caso es que en esa situación más que comprometida, sin altura y sin velocidad para planear hasta la playa, mi abuelo hizo lo que pudo, que no era mucho: amerizar con mucho cuidado, y hacerlo sin romper el avión ni romperse la crisma. Ole.

Se pueden imaginar la consternación de sus paisanos cuando tras el espectáculo de la aparatosa "llegada" le vieron salir del estrecho habitáculo -con el queso que había comprado a su madre en Zarauz y el sonajero para su hermana Mary, recién nacida- y quitarse el impermeable que llevaba para tirarse al agua y empezar a nadar. Ni en el circo daban más, y esto era gratis. Menos mal que para entonces uno de los botes había llegado hasta el Caudrón y pudo recoger a mi abuelo, que llegó a tierra firme sin mojarse demasiado y aclamado por un público entregado. Así que el aviador Zubiaga se fue caminando a su casa, no muy lejana, mientras daba las gracias a la multitud que le aclamaba.

El avión fue rescatado del agua y reparado en un garaje, que una vez más se negó a cobrarle un real. Nada como ser famoso, y mi abuelo era ya un héroe para sus paisanos.

Tras agradecer el trato que le habían dado tanto en Zarauz como en su pueblo, lamentó tener que cancelar el vuelo que pensaba hacer esa tarde sobre Bilbao y al día siguiente sobre el Club Jolaseta, en plenas fiestas. Pero, en fin, que bastante bien parado salió del trance.

Como comprenderán ustedes al abuelo Manolo, que así es como le llamábamos los nietos, se lo rifaban para hacer exibiciones aéreas. Pocos días después fue contratado para volar en Bilbao, compartiendo protagonismo con el francés Trecet. Trecet no tuvo su mejor día y tras una parada de motor se estrelló tomando tierra en la Campa de los Ingleses, junto a la ría. Salió ileso, pero destrozó su avión. Luego despegó mi abuelo, que decidió que ese día le apetecía más volar a su pueblo, a quince kilómetros, para saludar a sus amigos, dar una pasada al yate Giralda, del Rey Alfonso XIII, y, ya puestos, seguir hacia la playa de Sopelana, unos kilómetros más hacia el este. Cuando volvió a Bilbao la gente estaba bastante impaciente y los organizadores algo más que mosqueados. Pero tras dar unas pasadas tomó tierra sin romper nada y la multitud le aclamó. Pero los organizadores le leyeron la cartilla: "Le pagamos para volar en Bilbao", a lo que un fan de mi abuelo respondió: "el aviador vuela donde le da la gana, faltaría más". Qué tiempos.

Se acercaba la Gran Guerra y mi abuelo se ofreció voluntario, con avión y todo, al Ministerio de la Guerra por si España se veía afectada y se requerían sus servicios. Por suerte no fue así.

Mi abuelo volvió a Inglaterra y unos años después se instaló definitivamente en Guecho, donde se casó con mi abuela Elena y tuvo cuatro hijos, uno de ellos mi padre.

Luego llegó la guerra civil y la postguerra, tiempos difíciles donde lo principal era comer y sacar a la familia adelante. España estaba aislada y no había aviones, ni repuestos, ni gasolina, ni nada. No fue hasta 1950 cuando mi abuelo fundó el Real Aero Club de Vizcaya y para el Aeroclub se trajo tres aviones desde Inglaterra. Con su amigo Fernando Lezama compartió varios aviones hasta que dejó de volar, pasados los ochenta años. Recuerdo haber ido de pasajero con ellos cuando entre los dos sumaban fácilmente 150 años, probablemente una de las tripulaciones más longevas del mundo.

Mi abuelo siguió volando toda su vida, aunque nunca lo hizo profesionalmente. Como a su hermano Ignacio, a Manolo le encantaban las carreras de coches y motos y se fue varias veces en su avioneta a ver las 24 Horas de Le Mans. En una de ellas salieron tarde de Bilbao y, ya anocheciendo, no encontraban el aeropuerto, así que decidió meterse en un sembrado cerca de un pueblo. Una vez más salió todo el pueblo a recibirles y les llevaron a una posada donde les dieron de cenar y les atendieron estupendamente. Pero como fuera que a la hora de acostarse la posadera no acababa de terminar de enseñarle la habitación y no parecía que se iba a ir nunca, mi abuelo le comentó muy educadamente: "Excusez moi, Madame, pero ya he tenido suficientes emociones y he hecho suficientes acrobacias por hoy".

Incluso después de la guerra la aviación deportiva y el transporte aéreo se consideraban actividades de alto riesgo. Era normal que si un matrimonio tenía que viajar en avión lo hicieran por separado, para que hubiera supervivientes "si se caía". De hecho los aviones y los medios con los que contaban los pilotos eran aún muy primitivos y la siniestralidad era infinitamente mayor que ahora. Así las cosas no es de extrañar que a mi abuela Elena no le hiciera ninguna gracia la afición de su marido a subirse en cualquier cosa que volara, ni que tuviera prohibido a Manolo llevar a volar a sus nietos. Pero mi abuela no contaba con Luis Ignacio Azaola -más conocido como "Canario"- que es hermano de mi madre... y mi padrino. También es la persona con mayor afición a la aviación que he conocido. Hoy es una enciclopedia viviente de la historia de la aviación española y tiene una colección de fotografías y documentos que no tiene parangón. En este país tenemos muy poco interés por nuestra historia, pero en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o cualquier otro país más civilizado y más educado Canario sería una celebridad y muchos se lo rifarían, a él y a su colección.

El caso es que a los cuatro o cinco años me subía en su Vespa, de pie y agarrado al manillar, y me llevaba encantado al aeropuerto de Sondica donde pasábamos el día entre aviones. Yo estaba tan fascinado como lo había estado mi abuelo sesenta años antes. No hace falta decir que si aparecía por allí mi abuelo y había sitio en su avioneta me llevaba a volar. La primera vez fue con cuatro o cinco años y con un secretísimo absoluto para el resto de la familia, no fuera que mi abuelo se la cargara al llegar a casa. Cuando pasamos sobre la playa de Ereaga y nos adentramos en el Cantábrico yo vi demasiada agua y me puse a gritar que me daba miedo volar sobre el mar, y es que no sabía nadar.

Y más de cincuenta años más tarde -y después de dar algunos tumbos por la Universidad de Deusto estudiando algo que no me interesaba lo más mínimo- aquí estoy, he aprendido a nadar y ya no me da miedo volar sobre el mar. Menos mal, porque ahora me dedico a cruzar el charco. Llevo cuarenta años haciendo lo que más me gusta y lo que más les gustaba a mi abuelo y a mi padrino: volar. Tengo la mejor profesión que existe y se lo tengo que agradecer a ambos.

Mi abuelo dejó de volar poco antes de que yo empezara y hay dos cosas que siempre me han dado mucha pena. La primera es que casi no se enteró de que yo iba a seguir sus pasos, pues para cuando volví de pasar tres años en Estados Unidos -primero como alumno y luego trabajando de instructor de vuelo- con el título de Piloto de Transporte de Líneas Aéreas y más de tres mil horas de vuelo, él ya estaba perdiendo la cabeza.
La segunda es que ya la había perdido del todo cuando empecé a trabajar en una gran compañía aérea y cuando mi primo Iñigo -a quien yo llevaba a volar de vez en cuando cuando trabajé de instructor en el Real Aero Club de Vizcaya- se lió la manta a la cabeza de la noche a la mañana -Iñigo era así- y se hizo piloto. Su carrera desgraciadamente fue muy corta, pero mucho más intensa y emocionante que la mía: fue instructor, se construyó dos aviones estupendos en su casa, hizo acrobacia en un avión ruso que se trajo de Lituania, fumigó sembrados en Andalucía y apagó incendios por toda España. Hasta que desgraciadamente se mató en un accidente en Galicia hace dos años. Mi abuelo se lo hubiera pasado bomba con Iñigo y conmigo, y nosotros con él. Pero no pudo ser.

Y la saga de aviadores en la familia Zubiaga continúa, porque tanto mi primo Alfonso Zubiaga como mi hijo Quique -que es controlador de tráfico aéreo en Maastrich, Holanda- se han hecho pilotos recientemente en Cuatro Vientos. Listos que son de volar por afición, porque desgraciadamente hoy por hoy la profesión de piloto tiene un futuro más bien negro.
Ahora estoy acabando de escribir esto en mi turno de descanso de un vuelo Madrid-Santiago de Chile, casi once mil kilómetros y trece horas y media de vuelo. En estos momentos nos acercamos al Aconcagua, en la cordillera andina, a casi 12.000 metros de altura y a una velocidad de 930 Km/h, en un avión de 75 metros de largo, 64 de envergadura y 17 de alto, que pesaba al despegar 360 toneladas, con 130 toneladas de combustible a bordo, de las que vamos a consumir 118. Llevamos a bordo 348 pasajeros, cuatro pilotos y once auxiliares de vuelo. Algunos pasajeros van dormidos en sus camas y tienen a su disposición teléfono y en breve tendrán también conexión a internet. Todos pueden elegir entre decenas de películas y disponen, perfectamente atendidos por la tripulación, de desayuno, comida o cena caliente. Nosotros disponemos de literas para descansar, con una tele para ver películas o escuchar música.

Les cuento lo anterior porque mi abuelo se vino desde Biarritz en su Caudrón de 710 kilos de peso, 13,40 metros de envergadura y 6,40 de largo. A diferencia de nosotros -que tenemos un piloto automático que es capaz de llevarnos hasta Chile y si hay niebla cerrada aterrizar el avión y pararlo en mitad de la pista- mi abuelo no tenía instrumentos de navegación que le dijeran exáctamente donde estaba, ni radio, ni radar para detectar las tormentas, ni a nadie que le echara una mano o le relevara. Si llovía se mojaba y si hacía frío se pelaba. Para él encontrarse con vientos fuertes, tormentas, nubes o nieblas representaba un problema muy serio. Nosotros llevamos cuatro motores que no fallan nunca, él llevaba uno que estaba nuevo y que en dos días le dejó tirado dos veces.

En fin, que de su vuelo Biarritz-Algorta al mío de hoy han pasado cien años. Y no lo digo porque fuera mi abuelo -ni porque además fuera un señor educadísimo, simpático, generoso y majísimo, al que todo el mundo quería- pero como piloto profesional que soy permítanme que me quite la gorra, que me descubra ante lo que hizo.

Para terminar les contaré que hace unos pocos días, y para celebrar el centenario de su vuelo, se celebró un acto de homenaje y una comida en el Restaurante La Ola de la playa de Ereaga, a pocos metros de donde mi abuelo se fue al agua. La intención era colgar una maqueta del avión en el restaurante, pero, lo que son las cosas, como le pasó a mi abuelo hace cien años la maqueta sufrió un pequeño accidente el día anterior y, para no perder la tradición, tampoco llegó a tiempo a la playa.

No quiero dejar de agradecer a mi padrino, en nombre de la familia Zubiaga, tanto la organización del acto, como toda la información y fotografías que he usado para escribir esto. Y, ya puestos, también quiero agradecer al alcalde y al Ayuntamiente de Guecho -municipio con 80.000 habitantes y un presupuesto de 99 millones de euros, de los que 18,7 son destinados a actividades culturales- que verdaderamente se han volcado respondiendo generosamente a la petición de una pequeña ayuda para el acto y la maqueta. El Ayuntamiento ha donado un total de trescientos (300) euros, menos el 20% de IVA.

En cuanto a la posibilidad de poner una placa, un pequeño monolito, o poner a una calle el nombre de Aviador Zubiaga, que sin duda fue un ilustre guechotarra, creo que se lo están pensando, lo están estudiando detenidamente. Como pueden ver en este recorte de periódico, todo igual que hace cien años. La verdad es que en días así da gusto pagar los impuestos municipales.


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