Sabino Fernández Campo.
27.10.09 @ 12:32:06. Archivado en Noticias, Análisis
Durante el día de ayer, prácticamente todas las páginas de prensa dedicadas a Sabino Fernández Campo tuvieron epígrafes de similar sentido: “Un español decisivo en la transición”. Buena parte de los mismos, hacían referencia incluso a su conocida frase…“Ni está aquí ni se le espera”, cual si ésta hubiera sido alma y corazón de lo mejor de Sabino, además de motor y esencia de la actitud que El Rey mostró aquella noche. En efecto, como brillantemente dijo anoche Carlos Alsina en Onda Cero haciendo gala de cómo debe ser utilizada una Brújula, tales comentarios pueden, primero, minimizar la valiente y honrosa actitud del Rey Juan Carlos, y podrían dar a entender, además, que aquella conocida frase ha sido lo más o lo único destacable de Sabino.
Por otro lado, nuestra Libertad y nuestra Democracia no se la debemos sólo a él, como pareció decir ayer nuestra ministra Carme Chacón, sino, primero, a aquellos dirigentes políticos -cómo los echamos de menos hoy- que con su ejemplo y su consejo fueron capaces de alcanzar los tan añorados Pactos de la Moncloa -25.10.1977-, así como de olvidar el reciente pasado histórico, y de lograr también la muy añorada Transición, cediendo cada uno buena parte de sus principios y designios, en beneficio de la sociedad española;… y todo ello fue posible, segundo, gracias a otro hombre magnífico, por desgracia olvidado, el Presidente Adolfo Suárez, así como al Rey Juan Carlos también, a Felipe González y, qué duda cabe, a Sabino, quien tuvo conversaciones con unos y otros, y ofreció generosas opiniones y consejos al respecto, aun cuando su entrada oficial en la Casa Real no se produjo hasta seis días más tarde de los Pactos, el 31.10.1977. “Para salir adelante es mejor estar todos de acuerdo”, dijo.
Tuve el inmenso placer de tratar a Sabino y a María Teresa, su esposa, durante los últimos doce o catorce años de su vida: amante del buen vino y de la charla que en su entorno surge, era miembro del Jurado Permanente del Premio Prestigio Rioja, del que soy secretario, lo cual me permitió conocer algo de él que muchos saben también, aunque guardando silencios al respecto como si se tratara de algo menos importante, cuando es realmente lo importante: Sabino era una gran persona, con una magnífica calidad humana demostrada día a día con su familia, con sus amigos y con sus conocidos. Tal pareció tener en su corazón el Príncipe Felipe cuando en su discurso para los Premios Príncipe de Asturias, a sólo dos días de su fallecimiento, le brindó "El saludo más cariñoso y lleno de gratitud".
Tuvo Sabino importante responsabilidad en la educación del Príncipe -y se nota- junto con Carmen Iglesias, quien, por cierto, es miembro igualmente del Premio Prestigio Rioja que patrocina el Consejo Regulador de esa D.O. Ca.. Sabino, en efecto, parecía enseñar y aconsejar con su sola mirada profunda y directa, y con aquella sonrisa suya tan diáfana siempre como oportunamente cínica a veces, ofreciendo, y provocando también, el mejor amor que la amistad encierra. Su vida ha sido día a día un largo cauce de 91 años llenos de amor al prójimo, de palabras y consejos amables siempre sabios y equilibrados, de actitudes honestas, y de un trabajo tan largo e intenso como eficaz y solidario.
Todo éso, es decir sus 91 años de permanente ejemplo, vale a mí entender mucho más que aquel “Ni está aquí ni se le espera” tan divulgado.
En las últimas líneas del prólogo a su libro “Escritos morales y políticos” -2003-, cuya lectura recomiendo ahora más que nunca, Sabino dejó dicho: “Alguien dijo que el hombre, para cumplir su misión en la vida, debe tener un hijo, escribir un libro, y plantar un árbol. Yo he tenido diez hijos, ahora publico este libro por buena voluntad de Ediciones Nobel, y a lo mejor todavía tengo tiempo para que un buen día me dé por cumplir la tercera condición”.
En el cielo seguramente le esperaban ya con ganas sus hijos fallecidos -cuánto dolor tuvo, y lo sé por propia experiencia-, y si a él no le dio aquí para plantar el árbol, seguro que lo hará allá esperando que otros familiares y amigos, antes unos y después otros, le ayudemos a crear un bosque. Entre tanto, le añoraremos y le lloraremos con María Teresa y con sus hijos, aun sabiendo que él descansa en Paz.
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Gonzalo Sol
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