Cuento de navidad, I parte. Papá Noel me ha traído unos padres...
16.12.08 @ 14:48:36. Archivado en Al que no le guste...
Ya no soy un niño. Lo sé porque, por muchos regalos que me traigan los Reyes Magos, no me puedo creer que existan. Además, el otro día vi un graffiti de esos que pintan los amigos de mi hermano mayor por las paredes que lo ponía: Niños y niñas: los Reyes Magos son los padres. Y yo, sinceramente, confío más en los grafiteros que en mis padres, porque hace menos que tuvieron mi edad y todavía me entienden; y porque utilizan muchos colores, como yo en el cole, en cambio mi padre nunca me deja coger esa pluma negra tan seria que parece llevar cosida al bolsillo del traje.
Y mi madre sólo escribe en el ordenador. Este año hasta ha mandado las postales de Navidad por correo electrónico, ni siquiera se ha molestado en comprarlas en papel por solidaridad, con lo que me gustan a mí las postales que pintan los niños pobres del Tercer Mundo. No por que sean más bonitas, la verdad, sino por el dinero o la comida que luego reciben ellos por pintarlas.
Por suerte, una tía abuela de mi madre aún conserva la costumbre de escribir la postal, ponerle el sello, bajar al buzón y llamar luego para ver si la hemos recibido. Colecciono casi todas las postales que ha mandado en las 11 navidades que llevo vivo. A veces pienso que los viejos son los únicos que le ponen un poco de cariño a la familia. Los demás hermanos, tíos y primos, que están repartidos por no-sé-cuántas provincias del mapa, se limitan a llamar por teléfono para felicitar las fiestas, hablan con mi madre o con mi padre, el que esté, si están; les preguntan por mí, y, hala, ya han cumplido hasta, por lo menos, mi siguiente cumpleaños. Deben de considerarme todavía demasiado renacuajo para hablar por teléfono, pero, jo, si ya estoy en edad de llevar un móvil...
De hecho, se lo he pedido a Papá Noel en mi carta para que, aunque sea, si no tiene tiempo de entrar, me lo tire por la ventana, ya que mi casa no tiene chimenea. Aunque, pensándolo bien, si los Reyes Magos son los padres, imagino que Papá Noel con más razón, pues son ellos los que decidieron, de repente, que él me traería todos los juguetes el día 24 para que pudiera disfrutarlos durante las vacaciones porque si los recibía el día 6, con la novedad, me costaba mucho estudiar. Así que ahora el día de Reyes ya no tiene tanta emoción, aunque siempre cae alguna cosilla chula, un libro, o bueno, el típico pijama que me regala cada año mi abuela paterna.
Yo, por si acaso redacto las dos cartas delante de mi padre para que lea lo que quiero y después se la doy en mano a uno de esos señores disfrazados que te cogen en brazos mientras te sacan una foto en los centros comerciales. Tienes que ser un niño muy tonto para no darte cuenta de que van disfrazados, pues a esas horas Papá Noel está dejando regalos en otras partes del mundo donde anochece primero, y cuando termina se viene volando para España en trineo a repartirlo todo antes de que nos despertemos. En fin, si no existe y Papá Noel son también los padres, pues al menos el mío sabrá lo que me hace ilusión y no se despistará como aquel año que me compró un videojuego sin contar con que aún no me habían regalado la Play Station.
Estuve todo el día de Reyes sin poder jugar por su culpa y encima, a la tarde siguiente, cuando me vino a buscar con ella a las clases de inglés después del trabajo, me llevó supernervioso a casa, se sentó a conectarla, comenzó a darle a los mandos y nunca más se ha vuelto a desenganchar. Lo mejor es que al menos en esos momentos juega conmigo, nos reímos, competimos e incluso a veces le gano y él se pica.
Mi madre se pone un poco celosa, me parece a mí, porque empieza a refunfuñar que somos como niños, que en cuanto nos ponemos con ese cacharro ya no atendemos a nada y que si un día hubiera un incendio y ella no estuviera, pensaríamos que olía a las ráfagas de las metralletas... Para mí que exagera, yo sé que ella preferiría que estuviera leyendo un libro, porque es muy intelectual. Y a mí me gusta mucho leer, pero leer se hace solo, no puedes jugar a la vez con tu padre para un rato que tiene libre.
Ella también me insiste en que lea por dos razones: la primera, para que no le moleste mientras escribe sus propios libros. La segunda, para que no me vicie con la tele, que dice que es muy mala y me puede convertir en un salvaje sin escrúpulos. Eso dice. De lo poquito que me permite ver, lo que más me ha gustado desde pequeño son los vídeos de Barrio Sésamo, que vienen con los libros que ella guardaba desde su infancia. Ninguno de mis amigos de clase lo ve, pero yo aprendo bastantes cosas interesantes. Sobre animales, sobre las letras y los números... Una vez oí a mi madre que se lo recomendaba a la madre de mi amiga Nadine con el argumento de que además de asimilar mejor lo que nos enseñaban en el colegio, Barrio Sésamo enseñaba valores éticos y principios morales. Lo apunté enseguida aquí para no olvidarme, pero no tengo ni idea de lo que eso significa.
Y tampoco sé si a la madre de Nadine le convenció mucho, ya que ella y su marido son musulmanes y los profes nos han explicado que su religión les enseña sus propios valores. A nosotros nos da lo mismo, porque estamos acostumbrados a que a otros amigos de Bolivia, de la India, de Senegal y hasta de la China les enseñen en sus casas otras culturas distintas a la nuestra y aún así nos llevamos todos bien.
Alguno me cae mal y cuando jugamos a fútbol intento darle una patada mientras peleamos por el balón, pero no lo hago porque sea negro o nepalí, sino porque me parece un idiota y alguna vez le ha tomado el pelo a la chica que me gusta por ser una niña. Es un machista. Y si yo no le aparto a él por ser de otro color, él no tiene por qué insultar a mi chica por serlo. Mi chica se llama Valentina, sus padres vinieron hace 6 años de Argentina, porque los bancos les robaron el dinero o algo así. Es muy raro, aquí son los malos ciudadanos los que roban los bancos, allí fueron los bancos los que robaron a los ciudadanos. Tengo ganas de conocer Argentina para entenderlo. Valentina se va estas Navidades para visitar a sus abuelos y demás familia, que hace tres años que no ve. Me encantaría ir con ella pero tendré que esperar a ser más mayor para ir juntos, si duramos hasta que nos dejen viajar solos.
De momento, es la única niña que me ha gustado, y sé que yo a ella también porque la mayoría de los chicos del curso superior van detrás suyo, y ella no se molesta ni en mirarlos. Aunque eso me hace sentir orgulloso, seguro de que no tienen nada que hacer, tengo un poco de miedo en el fondo porque también veo a mis amigos que empiezan a salir con chicas y luego éstas les dejan por otros, y se quedan tan mal que luego se vengan con otras que no tienen la culpa, para prevenir. Yo no quiero que me pase eso con Valentina, a mí me gusta su acento argentino y quiero ir con ella a Buenos Aires, nada más.
De todos modos, aunque ya tuviera 18 años y pudiera viajar solo, esta Navidad no podría ser. Ni siquiera mis padres se van este año, a pesar de que suelen marcharse solos unos cuantos días de las vacaciones para recordar viejos tiempos y renovar los nuevos (una vez oí a mi madre ponerle esta excusa a mi abuela para no ir a comer el día de Año Nuevo).
Papá me ha contado que los abuelos están muy mayores y no saben cuántas fiestas más vamos a poder celebrar en familia, así que vamos a intentar estar más unidos que nunca y darles todo nuestro cariño... Yo estoy de acuerdo, claro, mis abuelos se portan superbien conmigo, los fines de semana, cuando mis padres se van de puente o salen por la noche, me quedo a dormir en su casa y me lo paso bomba porque me dejan ver pelis, me llevan al centro a ver puestos o belenes, o al parque para que juegue o a ver el fútbol. Además, con ellos no tengo que comerme el chocolate a escondidas, se lo pido y, si me he portado bien, me dejan comerme media tableta.
Estoy deseando que llegue Nochebuena para ponerme morado de turrón de Suchard. A veces compran otros parecidos y saben fatal, aunque desde que sacaron el de chocolate blanco no sé cuál me gusta más, y acabo comiéndome los dos. Mi madre se enfada por miedo a que me convierta en uno de esos niños obesos que salen en los telediarios. Pero yo creo que esos viven sólo en Estados Unidos, y están cebados por culpa de la cocacola y las hamburguesas. La cocacola no está mal, la bebo en cumpleaños de amigos y en el mío, pero prefiero los zumos; en cambio, las hamburguesas no las puedo ni ver desde que me contó un compañero de clase que a un amigo de su hermana le había salido un diente dentro del bocadillo y lo habían llevado a analizar y era un diente de rata.
Por lo visto, el almacén de Mcdonalds está repleto de ratas para poder hacer la carne picada de las hamburguesas. Por eso ya no quiero entrar ni a pedir un helado. Si algún día queremos ir a merendar después del cine, nos vamos a la tienda de kebabs de mi amigo Raj, que es de origen hindú y tenemos la garantía de que no nos saldrá una pezuña de cerdo.
(Continuará)
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Elisabeth G. Iborra
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