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Elisabeth G. IborraElisabeth G. Iborra

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Estreno libro de Emergencias en eventos masivos

Permalink 13.11.08 @ 10:10:03. Archivado en Sobre el autor

Aunque el título rece Anécdotas de Emergencias, porque se engloba dentro de la serie que inaguré con Anécdotas de Enfermeras en la ed. Styria, lo cierto es que más que anécdotas, que las hay, se trata de reportajes interpretativos sobre los eventos masivos y fiestas populares en los que nos salvan la vida los servicios de Emergencias.

Y es que hay que ver lo divertido que es nuestro país. De fiesta en fiesta, de celebración en celebración, con la excusa religiosa, o deportiva, o musical, o del santo patrón de la ciudad... Aquí el que no se divierte es porque no quiere.

O bien porque prefiere sacrificarse para que los demás se puedan divertir bajo unos máximos de seguridad y de asistencia sanitaria que resultan casi invisibles pero están siempre garantizados. Muy poco conscientes somos del lujo que supone disponer de todos los equipos y preparativos que hay detrás de cada evento masivo velando por su feliz desarrollo. Incluso llegamos a sorprendernos de cómo son capaces de plantarse tan rápido en un lugar cuando se les necesita. Esos son los servicios de emergencias, los que actúan en cuanto hay que resolver una situación en el mínimo tiempo posible pues, de lo contrario, las consecuencias serían muy graves o incluso mortales.

Para prevenirlas tienen todo previsto, no se les escapa ni la peor coyuntura imaginable, y si les supera, están preparados para improvisar. Así, la mayoría de las festividades transcurren sin mayores desastres, porque el “por si acaso” les guía más que la buena suerte.

Y es que, sinceramente, esta sociedad está lo suficientemente loca como para poner a prueba la profesionalidad y la paciencia de todos los cuerpos de seguridad (léase Policía Nacional, Local, Autonómica, Bomberos y Guardia Civil) y de todos los servicios de Emergencias sanitarias institucionales o de organizaciones sin ánimo de lucro (por un lado, 061, SAMUR, SUMMA112, CECOP; por el otro, Cruz Roja, Dya, y Protección Civil).

Hay muchos más, evidentemente, pero más o menos estos son los que he consultado en mis incursiones por eventos como Las Fallas, La Feria de Abril, Rock in Río, la victoria de la Selección Española en la Eurocopa y los Sanfermines. De todos ellos hago un particular retrato costumbrista, según mi interpretación subjetiva de la celebración en sí y de la realidad que me rodeaba, a veces entrañable, a veces repulsiva.

Confieso que me ha influido bastante el hecho de pasar días enteros con los servicios de emergencias mencionados, pues desde el primer reportaje sufrí una especie de Síndrome de Estocolmo a partir del cual me ponía automáticamente en su lugar y me sacaban de mis casillas las absurdidades que veía cometer a la población. Esas escenas absurdas, por supuesto, han sido relatadas de forma pormenorizada, a ver si, leyéndolas, la gente se conciencia de la falta de sentido común (y del ridículo) que la caracteriza, con especial incidencia cuando se congrega en masa.

Ahora bien, a nivel individual, pocos destacan por su racionalidad. De hecho, para que cada lector contraste por sí mismo, también he dedicado un capítulo a la vida cotidiana de una capital, tras unas cuantas noches yendo con las ambulancias del 061 a patrullar la ciudad y una interesante visita al hospital regional de referencia.

En verdad, han sido muchos los profesionales de todos los gremios que han tenido la generosidad de compartir cantidad de historias que les han ocurrido o que les han hecho esos ciudadanos a quienes siguen atendiendo cuando les requieren. Quien quiera reírse de ello, adelante, da para eso y para más; pero que se mire a sí mismo la próxima vez que trate con alguno de estos agentes o sanitarios para no acabar protagonizando una de esas salidas de tono que siempre achacamos a los otros. A todos ellos les agradezco y les dedico este libro, porque sobre Emergencias no hay apenas nada escrito, y ellos se lo merecen.

Los hombres se han extinguido

Permalink 06.11.08 @ 16:12:47. Archivado en Hoy estoy de humor

O nos hemos tornado los papeles. Yo, con estas curvas, cada día me siento más masculina. Si mis padres querían un hijo cuando se enteraron de mi formato embrión, lo han conseguido treinta y un años más tarde. Ahora, cuando quedo con mis amigas, las conversaciones me recuerdan a las burradas que decían mis compañeros (chicos) del instituto. Cuando quedo con mis amigos, me recuerdan a mis amigas de antaño, sensibles y románticos, aún idealistas. Y cuando quedo con los tíos que me gustan, me recuerdan a los amiguitos gays que nunca tuve. Los hombres, en cuanto objeto de deseo, se nos han amariconado. En cambio, los gays hoy por hoy me parece que son los únicos que tienen claro lo que quieren y van a por ello.

Es muy frecuente escuchar entre mujeres treintañeras la frase: “es que ya no nos quieren ni para follar”, típica del hombre de antes, que se quejaba de que no mojaba nunca. Es súper habitual la queja de que han salido de TU casa sin tocarte ni un pecho, dándote un par de besitos y abracitos, en plan “no, la primera noche, no”. Y luego, pese a lo que parecía prometer, ni rastro del ceniciento. Es de lo más triste comprobar la cantidad de testimonios que coinciden en señalar que el individuo en particular ha salido huyendo a la de unos meses con excusas que ya en la adolescencia nos olían a conmiseración y escondían un claro: “no me gustas lo suficiente”.

Ante lo cual: Señores, si merecemos mucho más, lo tendremos que decidir nosotras. Es nuestro problema si somos tan gilipollas de enamorarnos de tipos que aseguran no llegar a nuestro nivel. Igual es que nos habéis idealizado y nosotras tampoco somos tan perfectas como para que necesitéis alejaros a fin de evitar el constante agravio comparativo que vosotros mismos os inflingís.

Paréntesis aclarado, aún es más patético que, invariablemente, esos tipos que nos rehuyen como antes las mujeres se libraban de los puteros (y valga la comparación porque se piensan que, al ser libres, nos vamos con cualquiera), vayan volviendo de vez en cuando a reaparecer, hasta años más tarde, confesando que nunca encontraron a otra mujer igual.

Eso ya es para tirarse de los pelos. Cuando a la mujer por fin le importa un pito el sujeto porque por el camino se ha topado con una decena que muestra las mismas (lamentables) condiciones mentales, van probando a ver si hay suerte y todavía está disponible.

Es una pena cómo encontramos a la persona y desaprovechamos el momento. Y cuando tenemos el momento, no coincidimos con la persona. ¿No nos estaremos esquivando?

Lo estamos analizando. Todas, desde hace años, y la deducción es que nos tienen miedo. Miedito al rechazo, a quedar en evidencia, a no dar el (puñetero) nivel de ser perfecto en todo, miedo a acabar con el ego herido, a ser querido y tener que dar algo a cambio, miedo hasta a hacer lo más instintivo del mundo, como es el sexo, por si el juicio es demasiado duro...

Yo, la verdad, es que conociéndome, y conociendo a mis amigas, no entiendo por qué damos tanto miedo. Y he llegado a un silogismo:
Premisas:
1-Los hombres felizmente emparejados no nos tienen miedo, sino que nos alaban.
2-Los hombres que se quieren relacionar con nosotras porque no tienen pareja sí nos tienen miedo.
Conclusión: los que nos tienen miedo no son hombres, al menos de momento, porque creen que nosotras no les necesitamos como pareja y por eso no se arriesgan a intentar establecerla. No soportan sentirse prescindibles.

Creo que he realizado unas cuantas operaciones lógicas antes de llegar a la conclusión, pero la doy por válida porque la filosofía de COU la tengo un poquillo olvidada. En cualquier caso, lo que es absurdo es que a todos/as nos encante querer y ser queridos y, sin embargo, a todos/as nos resulte tan intrincado esto de relacionarnos de una forma natural y espontánea con el otro género. Mon dieu.

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