De Kerala a Mumbai
13.10.08 @ 09:16:34. Archivado en Sobre el autor
Mumbai me pareció un absoluto y apabullante caos al que no quiero volver ni loca. En las 2 horas y media que me costó cruzar la ciudad de la parte vieja a la nueva para ir a la agencia de viajes a comprar los billetes para ir a ver el Taj Mahal, tuve suficiente visión de conjunto para saber que el tráfico y la miseria me resultaban insoportables. Están mezclados porque la vas viendo a cada paso y se te acerca hasta tu cristal en cada semáforo. No deja de ser duro por el hecho de ir prevenida y esperarte lo peor. Lo que más rabia me daba era la constante presencia de vallas publicitarias que anunciaban pisos de lujo, móviles de lujo, cochazos o joyas justo por encima de las cabezas de los paupérrimos habitantes de los barrios de chabolas o de las tiendas de campaña improvisadas en medio de la carretera. Creo que la felicidad de los muy pobres sólo es posible en la ignorancia de lo que podrían llegar a tener, y a estos les están bombardeando con detalles pormenorizados de lo que otros poseen continuamente.
Así las cosas, decidí empaquetar todo y huir a Delhi, para hacer un tour por la capital política, y de ahí marchar al Taj Mahal, a ver si la belleza ante mis ojos limpiaba toda la mierda que se me había quedado grabada en el cerebro en la capital financiera de India.
Llegar hasta Agra es un suplicio de cuatro horas o más por las atestadas carreteras indias, en las que a cada cruce tienes un atasco-puzzle cuyas piezas son vacas, rickshaws de tres ruedas que no se sabe ni cómo se mantienen tiesos con la cantidad de peso que aguantan, seguramente compartirán costes, pues algún pasajero se sienta hasta en el techo. Al igual que en el de muchos camiones y autobuses que portan a tipos de pie y agarrados a la parte de atrás, a puntito de caerse, o de familias enteras en una moto, o de carretas tiradas por camellos con unos cargamentos propicios para un trailer europeo. Las bicicletas también llevan su carga, y circulan además en la dirección que les da la gana, siguiendo esa costumbre de tomarse las normas de tráfico por cuenta propia.
O sea, cuando arribas a la puerta del Taj Mahal, estás más contento por seguir vivo que por hallarte por fin ante una de las grandes maravillas del mundo. Maravilloso, lo es, imponente, apabullante, más incluso que la mayoría de las construcciones indias. Saber que se construyó por amor le añadé ese romanticismo que a todos nos encanta y nos da cierta envidia. Como mi guía era un verdadero inepto y todo lo que os cuente, lo habré leído en Internet, os remito a una web http://www.espinoso.org/biblioteca/tajmahal.htm que lo narra divinamente, por si queréis saber más.
En cuanto a Delhi, y ya acabo la serie, hay que tener en cuenta que estuve un domingo, con lo cual, ni punto de comparación con el tráfico que hay entre semana, se podía transitar sin atascos por sus calles, los ciudadanos disfrutaban de sus jardines, preciosos templos hinduistas y monumentos patrios, como The Indian Gate o el que rinde homenaje a Gandhi. Aparte del templo Baha'i, con forma de flor de Loto, me quedé totalmente alucinada con el templo Akshardham, el más grande de todo el país. Echadle un ojo http://www.akshardham.com/ porque cualquier cosa que describa se quedará corta en comparación con la realidad. No hay ni un turista, sólo indios, principalmente hindúes, que en teoría van a rendir culto a su semi-dios Swaminarayan pero bajo mi punto de vista creo que van más a pasar el día como si fuera un parque temático con una arquitectura que recuerda al rococó, sólo que data de 1992 y todavía quedan zonas en construcción. Espectacular como último recuerdo antes de abandonar el país donde los pobres sueñan con reencarnarse en vacas.
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Elisabeth G. Iborra
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