A cuestas con el conflicto diplomático España-Marruecos
02.04.08 @ 15:26:22. Archivado en Al que no le guste...
7 de la mañana. El fotógrafo y la arriba firmante subimos en el buque de Euroferrys que lleva de Algeciras a Ceuta en menos de una hora, tiempo en que se recorren los 14 kilómetros del Estrecho de Gibraltar que separan la península del continente africano. Del parking del barco suben unas cuantas decenas de policías nacionales a la planta de pasajeros, y vuelven a bajar en cuanto avistamos el puerto de Ceuta. Cogemos un taxi hasta la frontera de El Tarajal, aduana legal por donde pasan coches y personas, a las que la policía nacional pide su documentación mientras que la Guardia Civil controla las mercancías que intenten pasar.
En un lateral, un pasillo lleva al polígono comercial donde están los almacenes de ropa, comida, ferretería, etc. de los comerciantes, la mayoría musulmanes, afincados en Ceuta. Estos, hace dos años, pidieron a la Delegación del Gobierno (que, por cierto, no ha habido manera de que hiciera declaraciones para este reportaje) que abriera un paso alternativo a la frontera del Tarajal, cerca de sus negocios, para pasar la mercancía. Si bien, paradójicamente, está prohibido pasar mercancías de la forma lógica y cómoda, esto es, con carretillas o similares. En cambio, si las personas llevan las mercancías encima, atadas al cuerpo, se les deja pasar sin pedirles el pasaporte siquiera.
Al parecer, es la ley marroquí la que estipula que una persona puede pasar por la frontera todo lo que aguante su cuerpo mientras no toque el suelo; de hecho, en la frontera de Melilla ocurre lo mismo. Por todo ello, ahora la concesión del puente del Biutz (una especie de túnel enrejado bastante estrecho que conecta Ceuta con Marruecos), se les ha vuelto en contra debido a que ciertas organizaciones mafiosas de marroquíes han aprovechado el conflicto diplomático sobre la soberanía de Ceuta para hacer su agosto. A costa de un miles de perjudicados. Sobre todo, perjudicadas.
La raíz del problema es que España y Marruecos no llegan a un acuerdo para legalizar el paso del Biutz porque instituirlo como paso fronterizo de tráfico de mercancías con su correspondiente control aduanero supondría reconocer que Ceuta es española. Y eso a Marruecos no le apetece nada. Ni le conviene, porque, como advierte un policía, “hay una mafia a todos los niveles de la administración, policías, aduaneros... desde el más chico hasta el más grande”. Marruecos marca la pauta hasta tal punto que los policías españoles de la Unidad de Intervención Policial destinados a la zona por turnos rotativos se quejan: “Estamos a merced de lo que diga Marruecos, tenemos que dirigir esto según nos den órdenes de que ahora pasen comida, luego textil o artículos de limpieza, o bien les dé por parar todo el tráfico en función de sus intereses, y entonces nos echan el marrón a nosotros, porque tenemos que bregar con todas las porteadoras que se nos acumulan aquí”.
En efecto, mujeres y hombres de todas las edades acuden desde sus aldeas en Marruecos para cruzar la frontera legal del Tarajal, y a continuación dirigirse al polígono comercial a contactar con los organizadores de las mafias marroquíes, que ya tienen preparados, desde las 7 de la mañana, unos bultos enormes de hasta 150 kilos. Los porteadores, 90% porteadoras, se los cargan a las espaldas, atados con una soga que agarran a la altura del cuello, con el consiguiente riesgo de ahorcarse si se caen al suelo por la mismísima ley de la gravedad. Tras la conversión en caracol gigante, se encaminan por las calles del polígono hacia la verja que representa la entrada del paso del Biutz.
A partir de aquí, empieza la película: Manolo Galán, secretario de la comunidad de propietarios de los almacenes, protesta: “Hay unos colapsos tremendos de porteadoras que bloquean las calles por lo que todos los comercios están vacíos, todas las calles están colapsadas y cerradas al paso de cualquiera que quiera venir a comprar se asusta y no viene”. El presidente de la comunidad, Mohammed Ahmed, agrega: “Esto cada día está peor, se están beneficiando personas ajenas al polígono y nosotros con las manos cruzadas, sin poder vender, estamos teniendo pérdidas del 85% y aquí nadie nos da soluciones. Esperemos que en la reunión con el delegado del gobierno nos dé una solución definitiva porque no podemos aguantar más. Y si no nos las dan, lo mismo que pedimos la apertura del Biutz, vamos a pedir el cierre. La gente que viene a comprar aquí se queda extrañada de la cantidad de mercancías que se mueven aquí y se piensa que son del polígono, pero en realidad las traen en camiones desde fuera: hay gente de Marruecos que pide un visado, va a comprarles a los chinos en cantidades industriales, los reparten por casas particulares y almacenes en los que los empaquetan en volumen grandísimos de 120 kilos y luego les pagan a estas criaturas 5 euros por pasarlos a Marruecos”. Agrega: “Son una mafia grandísima, para hacerse una idea: nosotros hemos puesto una puerta con un vigilante para que impida el paso de las vespas, los motocarros y las furgonetas cargadas de mercancía, pero cada día a las 7 de la mañana amenazan al vigilante para que las dejen entrar. Al pobre no le queda más remedio porque se la juega”. Ante las pérdidas, “algunos nos estamos planteando cerrar”.
Otros han optado por “guardar bultos a los porteadores de un día para otro y así se sacan un dinero”, denuncia un policía: “Lo que hay que tener claro es que por mucho que se deje cerrada y vigilada la puerta del polígono, a las 8 de la mañana hay aquí cientos de bultos, que salen de las naves; algunas cobran un euro por cada uno”. Mohammed le contesta: “Hay consignas, pero eso tienen que ser las instituciones las que lo regulen...” Y Manolo Galán se excusa: “Ya, pero es que eso no es ilegal, contra eso no se puede actuar. Claro que hay naves que guardan bultos, montones de ellas. En las circunstancias que estamos, si pagan 1 euro por guardar 10 bultos, son 100 euros al día, y no le puedes decir a un comerciante que no guarde bultos, porque no es ilegal”. Otro comerciante también llamado Manolo, admite: “Algunos están guardando los bultos para sobrevivir, pero sabemos todos, incluida la Delegación del Gobierno, quienes son”.
Entonces, pregunta lógica: ¿Esos almacenes están ayudando a guardar los bultos a esos comerciantes ilegales que son su competencia? Respuesta: “Exactamente, sí”.
Conclusión: Ergo, están retroalimentando el problema del que se quejan... Confirmación: “Sí, en verdad, se está cooperando, pero bueno, es la única manera de sobrevivir aquí y suplir nuestros gastos. Si no vendemos, algo tenemos que hacer.” Los dos policías consultados concuerdan: “A los comerciantes les interesa esto, es mentira que no vendan, venden muchísimo; cuanto más se pasa, más venden”.
Andrés Carrera, portavoz del Sindicato Unificado de Policía (SUP) apunta: “Los comerciantes son muy hipócritas porque presionaron para abrir y ahora para cerrar, vendían al público y querían que se cerrase el paso, pero muchos días sacan su propio beneficio de todo esto. Cada cual vende su historia como le conviene.” Y un comerciante que también se llama Mohammed reconoce: “Vendemos poco, sólo les vendemos a los porteadores, estos paquetes que están cargando nos los han comprado a nosotros, pero ganan más las mafias marroquíes”. Hasta aquí, el capítulo de los comerciantes.
El siguiente le toca a la Policía Nacional. En cuanto entramos en el polígono, vemos a varios agentes de los que venían en el mismo barco gritando “fuera, ahí atrás” al tiempo que dan con sus porras a las mulas, perdón, a las mujeres porteadoras, que se hacinan nerviosas en colas para esperar a que les permitan el paso a la frontera. Unos cuantos marroquíes, los intermediarios o chulos, las organizan, les ayudan a colocar las cargas, y, de alguna manera, colaboran con la Policía para que no se descontrolen. La UIP rota cada varias semanas, de manera que el trato hacia las porteadoras puede variar según los grupos desplazados. Un porteador de 16 años comenta que “unos equipos son más buenos que otros”, es decir, que unos les atizan más que otros. Por lo general, hay que reconocer que las porras recaen una y otra vez sobre los bultos de las mujeres (mucho más que sobre los de los hombres), aunque algún porrazo se puede escapar hacia la carne y el hueso de las mismas.
No obstante, el fotógrafo de este reportaje presenció cómo en el equipo anterior destacaba “una mujer policía, del tamaño de un armario empotrado, que era la peor, la que más caña les daba”. Casual y tristemente, esta redactora también tuvo ocasión de comprobar, en el siguiente equipo, el especial ensañamiento de una mujer policía para con sus congéneres marroquíes. A una en concreto la tiró al suelo de tal forma que quedó como una cucaracha patas arriba con la carga que le impedía levantarse y la soga con la que se atan la caja atenazándole el cuello, cogió otra caja más pequeña que se le había caído y la empezó a rajar con el cúter, sacando de su interior latas de conservas que le iba tirando mientras le gritaba: “¿Esto qué es, guarra?” Cuando se cansó de esta tarea, se dirigió a ella con el cúter y la amenazó: “Yo te mato, me oyes, te mato”. Mientras tanto, la mujer chillaba medio ahogada y las compañeras intentaban ayudarla. Como ni por esas la policía paraba de ensañarse, todos los marroquíes empezaron a silbarle y a gritarle para que dejara de pegarles y de rajarles los bultos con el fin de tirarles la carga al suelo a las porteadoras.
Entrevista a la agente en cuestión: “¿Me puedes decir por qué les pegas? ¿te importa explicarme por qué les pegas? Yo voy a describir en el reportaje lo que has hecho y me gustaría saber tu versión del asunto”. Ella resoplaba, hiperventilando como si estuviera conteniendo los nervios para no pegarme. No respondió. Uno de los jóvenes mediadores me inquirió a continuación: “¿Has visto cómo les pega a esas pobrecitas? ¿Tú te crees que es justo, como trata a la gente? ¿Eso se hace en la península?”
Hasta el presidente de los comerciantes lo confirma: “Esa les zumba, sí, sí”. Andrés Carrera, portavoz del SUP, no sabe muy bien qué decir cuando se le plantean los malos tratos de algunos efectivos: “No lo he observado cuando he estado allí y si lo hubiera visto, lo habría denunciado. Si me lo dices tú, me lo tengo que creer, y sólo puedo decir que habrá algunos que, como en todos los gremios, pierden los nervios”. Un policía da un argumento más práctico y comprensible: “Esto es impresionante, todos los días igual, y como no estemos muy organizados, arrasan, a algunos compañeros los han arrollado, sin problemas, no ven nada. Lo llevamos con mucha paciencia e intentando organizar esto lo mejor posible”. ¿Cómo? “Antes solamente había dos colas, una para bultos y otra para comida, pero se daba la ley del más fuerte y a las pobres porteadoras las pisoteaban sus propios compañeros, así que hemos tenido que disgregarles en cuatro colas, para hombres y mujeres y, a su vez, para comida y para bultos, porque si no, se montaban unas avalanchas impresionantes. La verdad es que como no empieces a rajar las cuerdas de los bultos para que les caigan al suelo, no paran y se llevan por delante lo que haga falta, sea un anciano o un policía. La única forma de pararlos es formando una barrera con los propios bultos. Esto es inhumano”. Y lo es para todos: “Nosotros seguimos instrucciones de Delegación del Gobierno, y lo único que sé es que tenemos el uniforme chorreando en sudor y cada día nos tenemos que poner un nuevo, y más con el tiempo que hace aquí”.
Mohammed Ahmed se preocupa por ellos: “El estrés que aguantan estos hombres desde las 7 de la mañana que están aquí peleándose hasta las 13 horas... Cuando lleguen al hotel tienen que estar destrozados”. Lo más triste de todo el capítulo policial es que, por lo visto, los malos tratos son infinitamente peores y generalizados, en absoluto excepcionales, en el lado marroquí. Cabe explicar que al otro lado del túnel del Biutz, se encuentra la aduana de Marruecos, donde sí hay que pagar aranceles, en concreto, de 10 a 15 euros por paquete. Dentro del túnel se sitúan algunos policías marroquíes, en teoría para encauzar y controlar a los porteadores/as. Quienes, para eludir la frontera y evitar perder tanto dinero, aceptan el soborno al que les someten a cambio de que les dejen salir antes del túnel para llevar la mercancía monte a través, hasta el mercado más cercano, donde sueltan el bulto en manos de los organizadores, que los trasladarán a los zocos de Tetuán, Castillejos, Casablanca, Tánger, etc. para vender la mercancía más cara.
El Medhi, basurero del polígono, explica: “De una caja de Red Bull, las porteadoras tienen que dar un euro de sus ganancias, que va incluido en lo que les paga el comerciante, para sobornar a la policía marroquí. Le dicen: toma. Y ellos les dejan pasar”. El fotógrafo de este artículo ha podido comprobar, al ser arrollado por una avalancha hasta el túnel, que “no sólo se trata de que les exijan dinero, sino que también se cobran en carnes: a poco que las chavalas sean jovencitas, se arriesgan a ser llevadas a la garita de la policía marroquí con la excusa de registrarlas. Allí no hay matronas como aquí en la Guardia Civil que se encarguen de registrar a las mujeres, son los policías varones los que las tocan. No te puedes ni imaginar los “bimbazos” que pegan , esos sí que no se cortan nada de nada, les dan lo mismo los derechos humanos y todo”.
Ante esto, las víctimas muestran una sumisión absoluta, tanto que si te dan un golpe con el bulto en plena avalancha te piden perdón. Lo cierto es que en las calles del polígono se forman unos tapones impresionantes ante la verja porque todas quieren entrar las primeras, para descargar y volver a pasar de nuevo, pues cuantas más veces vayan y vuelvan, más dinero ganan. Así que después de descargar vuelven sobre sus pasos hasta la frontera del Tarajal y se cargan de nuevo cajas de ropa o de: ruedas de camión, patatas Pringles a mansalva, latas de gasolina o de aceite, aerosoles, detergente, papel higiénico, galletas, anacardos, palillos para las orejas, Cheetos, tisúes, cervezas, Nesquick, atún Isabel... O de piezas robadas de motos que luego serán recompuestas en algún taller mecánico marroquí. O de 10 antenas parabólicas grandes, lo que, a 10kg. cada una, supone 100kg sobre sus espaldas que las obligan a ir totalmente inclinadas. En esa posición, se ve a mujeres de 90 años e incluso a embarazadas como la que el otro día dio a luz en plena frontera. Literalmente, se le cayó el niño y lo tuvo que recoger un agente.
Contra lo que cabría esperar, la mayoría aguanta con resignación y buena cara, algunas hasta con dignidad y buen humor. Con sus chilabas y pañuelos de colores, sus taconcitos en ciertos casos. La elegancia que transmite Nadia a sus 30 años no se corresponde con las palizas que se pega a lo largo del día, pero quizás si que le haya procurado algún trato de favor por parte de los policías marroquíes porque se le ve en las colas con mucha más frecuencia que a las demás. Probablemente, tiene contactos dentro del túnel enrejado y en la puerta giratoria que le permiten volver por allí mismo en lugar de tener que ir hasta la frontera del Tarajal y recorrer todo el camino. Chapurrea en castellano: “He dado la vuelta ya una vez a las 9 y me quedan cuatro más, si puedo. En un día me pagan 20 euros, que en mi país ya es un buen dinerito. Cuando se le pregunta si es duro, se encoge de hombros sonriendo: “Esto es la vida. Tengo tres niños que alimentar”. Lleva bultos muy grandes, de 80 kilos en adelante, con ropa, a 5 euros el paquete. Unos intermediarios jóvenes se acercan a curiosear y bromean entre ellos, pero niegan mantener nada íntimo. “Cada uno en su casa, sólo somos amigos”, aclara Nadia. En cuanto a la policía española, cuando se le insinúa que les pegan duro, ella confirma, sin perder la sonrisa: “Claro”. Pues no sería lo correcto... “Ya, pero...” y encoge los hombros resignada, tal vez agradecida con respecto a lo que les hacen sus paisanos de la gendarmería. En ningún momento pierde la sonrisa, y, además, intenta cuidarse un poco: Entre viaje y viaje, a media mañana hace un descanso en el bar para tomarse un té con menta y luego vuelve a la faena.
Fátima chilla asustada al acercarle la grabadora porque no quiere hablar, pero al menos contesta con monosílabos y asiente cuando le pregunto si es duro. Está concentrada en pasar lo antes posible para volver a cruzar la frontera y sólo sabe decirme que no habla español. Cuando se va, sonríe tímida. Su edad, 20 años, me la traduce un compañero intermediario, a la vez que cuenta: “Con la policía todo bien, no hay más remedio. No hay mejor trabajo allí, es mejor trabajar así que en Marruecos, no sólo porque se cobra mejor, sino porque allí no hay nada. Además, si no pasamos mercancía, allí no llega para todos. Nos tenemos que buscar la vida”.
En la misma línea apunta Yalah. A sus 16 años ya está porteando, aunque no para de jugar y de bromear con sus compañeros, como si estuviera en el recreo del instituto en lugar de ganándose el pan en una tierra fronteriza. Con sorprendente madurez, explica: “Tenemos que hacer esto porque en Marruecos mucha gente no tiene trabajo, y porque muchas de las cosas que venden en España allí no las venden. El zoco está fatal, no hay demasiadas cosas”. Y lo malo es que, según otro intermediario llamado Ahmed, de 28 años, “la mercancía no se vende muy bien allí; si pasamos mucha, pierde valor. Ahora se vende mal, se vendía mejor cuando el paso estaba cerrado, porque se cotizaba más. En realidad, esto no es una frontera, es de mentira, un paripé, ni siquiera se pide el pasaporte. En cuanto a la policía, si nos deja pasar, todo bien, porque no hacen nada malo por ayudar a los pobres”. Un agente, por su parte, opina de ellos lo siguiente: “Los que nos ayudan son de confianza pero tienen ciertos intereses, cuando pueden, sin que nos demos cuenta, permiten pasar bultos a algún allegado suyo”.
O los pasan ellos mismos de extranjis al primer despiste o incluso pidiéndoles trato de favor zalameramente a los policías. Así lo hace Yunes (31 años), aprovechándose de su condición de intermediario para convencer a algún agente de que le deje pasar empujando un bulto de vez en cuando. Llega hasta la puerta giratoria, le entrega el paquete a alguien para que lo transporte a través del puente, y se vuelve sobre sus pasos a seguir organizando la fila de mujeres. Justifica que necesita sacarse un sobresueldo: “Somos 5 y mi padre es muy mayor, hay que ayudar en casa porque él no puede trabajar. Los que ganan el dinero son los chinos y los comerciantes de Marruecos; nosotros, muy poquito. Si hubiera otro trabajo sería mejor, pero es lo que hay”.
Más esfuerzo le cuesta, como a todas las mujeres, a Falika, una moza recia y de cara saludable de 31 años que lleva 13 porteando y lo considera “un trabajo normal, mejor que cualquiera que pudiera conseguir en Marruecos, porque me pagan mejor y porque soy pobrecita”. Le duele la espalda “lo normal”, con los 100 kilos que le echa encima, ya que, como la describe Yalah, “está fuerte, es que es del campo”. Ella matiza: “Duermo bien, como bien, intento cuidarme...” ¿De dónde sacará el tiempo? No se sabe, pues cuando llega a casa tiene que ocuparse de su marido y sus tres niños, número que, a su juicio, “es lo habitual en mi país”. Lo corrobora Nadia, que tiene los mismos mochuelos a sus 28 años. A pesar de su juventud, le faltan unos cuantos dientes y le sobran arrugas, se le ve la cara bastante afectada por el sol. Quizás por haberlo sufrido sobre su cabeza durante los últimos 6 años que ha trabajado pasando mercancías. Ambas, por lo general, llevan ropa en sus inmensos paquetes. También le duele la espalda, por descontado, y cuando su amigo bromea diciendo que eso se cura con un masaje, tanto ella como Falika se ríen ante la inverosímil ocurrencia: “¡A ver cuándo es verdad que nos dan un masaje!”.
Lo máximo que consiguen es que algún intermediario dadivoso como Redha, de 20 años, les ayude con mucha generosidad arrastrándoles los bultos hasta el torno para que no hagan tanto esfuerzo. Pero lo más curioso de estas porteadoras es que en sus rostros no se trasluce el sufrimiento. Tal vez son demasiado jóvenes. “Aquí hay mujeres que se están partiendo literalmente la espalda y dejándose la salud. No tienen ni un derecho, son un bulto con un bulto en la espalda, ¿dónde están las ongs?”, pregunta Paco, un ciudadano ceutí consciente del problema. Tanto Amnistía Internacional como Human Rights Watch reconocen que no pueden valorar el problema porque no han investigado sobre el terreno. Pero deberían, por lo que denuncia El Medhi: “La vida es muy difícil en Marruecos, allí no tenemos derechos”.
Por suerte, él sí los disfruta al estar contratado oficialmente para el servicio de limpieza del polígono. Suma 22 años, mujer y 2 hijos de los que muestra orgullosísimo sus fotos, de dos años y medio, y de uno y pico. “Lo mejor en la vida es casarse”, asegura. Es guapo y dulce, aparte de servicial e inteligente, como demuestra el hecho de que esté becado por el Instituto Cervantes: "Quiero aprender español porque me gusta mucho, pero los verbos son muy difíciles”. Conjuga unos cuantos como demostración. Y practica: “Hoy lunes hay demasiada gente, muchas mercancías y muchas mujeres. El jueves también es muy bestia porque es el último día antes del fin de semana, ya que el viernes está cerrada la verja. “Es muy popular, le gusta tomarle el pelo a todo el mundo”, le califica Ahmed. Él no se queda corto. De hecho, todos parecen haberse hecho amigos, a fuerza de verse cada día, igualito que en una fábrica. Por ejemplo, aprovechan para compartir gastos, como Hassan: “Vivo en Tetuán, voy y vuelvo en casa cada día en taxi con otros compañeros, por 1,50 euros, de los 12 a 20 euros que gano al día, trabajando de 7 a 13h. cuatro días a la semana”. La rutina es tal que, de vez en cuando, pasa un paisano vendiéndoles café, té, agua... y tampoco es raro ver a una abuela despidiéndose del policía: “Hasta mañana ya, ¿eh?”. Dicen que el ser humano se acostumbra a todo. Tal vez por eso soportan semejante tipo de vida. Ahí, en Ceuta, a 14 kilómetros de Europa.
Podéis ver las fotos de este reportaje que ningún medio más que Woman se atrevió a publicar en el blog de mi compañero fotógrafo Paco Guerrero, una maravilla:
http://elpreciodelpoder65.blogspot.com/2007/04/la-frontera-de-los-sueos-rotos.html
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Elisabeth G. Iborra
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