Pija e incoherente, mea culpa
02.12.07 @ 16:23:46. Archivado en Sobre el autor
Bárbaro el reportaje publicado por Bárbara Celis en El País Semanal titulado El Club de los comedores de basura sobre los freegan, término que viene de la suma de free (gratis) y vegan (vegetariano que no come ni siquiera productos derivados de animales, como los huevos o el queso). Aunque los freegan no son todos vegetarianos, sí que comparten esa conciencia por el planeta y los seres vivos que lo habitan. Pero van más allá porque, para evitar consumir y, por lo tanto, derrochar recursos y dinero, salen cada noche a buscar en las basuras depositadas en la puerta de los supermercados porque han descubierto que estos tiran cantidades industriales de alimentos en perfecto estado, sin caducar, sin rasguños, embalados y saludablemente comestibles.
Me ha dado profunda envidia conocer el valor de estas personas para superar el juicio social que seguro que recae sobre ellas cuando los transeúntes se las crucen en su camino y las vean ahí, agachadas, rebuscando en los cubos. Porque no se trata de homeless o de enfermos psiquiátricos emparanoiados por encontrar en las papeleras trozos de bocatas tirados a medias, sino de personas con alta formación, buenos empleos, pisos amueblados y llenos de libros (también reciclados), bien vestidas con ropa de mercadillos benéficos... Con ello no quiero decir que los sin techo o los neuróticos no merezcan respeto a su dignidad, la diferencia es que sus motivaciones responden más a la necesidad y no a la voluntad de regirse por unos principios éticos que, incomprensiblemente dada su lógica aplastante, no son compartidos por la mayoría de la población de los países ricos.
Me fascina que haya gente capaz de ser coherente con sus convicciones morales y consiga no dejarse llevar por la corriente que nos arrastra a casi todos, por culpa, en concreto, de la presión mediática omnipresente pero imperceptible en tanto que se infiltra por todas las rendijas y va calando en nuestras mentes. De tal modo que, cuando pensamos en tomar una decisión, ésta ya está tomada de antemano y pagamos, teledirigidos, por aquello con lo que más veces nos han bombardeado el cerebelo en las últimas semanas. Percatarse de esa influencia subliminal tan poderosa y parar antes de sacar la tarjeta de crédito con la que nos hacemos la ilusión de que todo es posible y asequible me parece admirable y encomiable. Hago el ejercicio todas las veces que puedo, pero no son pocas las ocasiones en las que me sale el ramalazo consumidor y acabo cayendo en la vorágine de las multinacionales.
Es muy sencillo caer, tienen parches puestos en los agujeros más insospechados para que no te des cuenta de que estás entrando en sus fauces. Puedo afirmar que soy todo lo antisistema que quiera, pero mientras me gaste todos mis ingresos, e inclusive ahorrando unos euros habitualmente, estaré dentro del sistema, porque mi dinero está yendo a parar a las arcas de esas empresas y de los bancos que me lo guardan.
Si no gastara, si me atreviera a bajarme a la calle a la hora que cierran los comercios, las panaderías, las fruterías, las boutiques gourmet (tampoco soy imbécil); a ponerme ropa de anteriores temporadas y zapatos requetereparados; si redujera mis pertenencias y mis necesidades a lo básico, si me molestara en reciclar todo lo que uso y evitara malgastar o abusar de papel, electricidad, agua, gasolina, aire acondicionado, calefacción y un eterno etcétera, podría, a lo mejor, asegurar sin miedo a que me reprochen nada, que no formo parte del sistema. Sin embargo, como soy una incoherente y apenas acierto a cerrar el grifo mientras me lavo los dientes y soy incapaz de resistirme a un filete de foie para obtener el cual un pato ha sido torturado cebándolo sin compasión, lo menos cínico que puedo hacer es admitir que soy una pija y mi moral de mantequilla se da de leches con mi forma de vivir la vida. Es así de simple.
Comentarios:
Algo no me "acaba de cuadrar" de esos seres tan ejemplares, y es el hecho de que ellos mismos se alimenten de esos productos que recogen, en lugar de repartirlos entre los que de verdad los necesitan, como los pordioseros, o los sin techo.
Y si además de trabajar, eres una persona solidaria, y no haces daño a los demás, ¿no te vas a permitir un caprichito, en la única vida que tienes?.
Una compra, un consumir dinero (que nada vale, intrínsecamente), puede resultar un pequeño placer.
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Elisabeth G. Iborra
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