Principios vendo, pero para mí no tengo
17.09.07 @ 12:51:07. Archivado en Hoy estoy de humor
He descubierto que la mayoría de las personas tenemos los principios éticos de adorno. Por calmar nuestras conciencias, básicamente. Para no reconocernos como unos cretinos sin escrúpulos capaces de pasar por encima del cadáver de nuestra madre con tal de irnos de vacaciones. Creer que tenemos unos principios y poder preconizarlos en voz alta nos permite dormir con la tranquilidad de que hay algo que limita nuestra natural tendencia al egoísmo. En otras palabras, los principios alimentan la ilusión de que somos buenos.
Pero es que, en el fondo, no somos ni buenos ni malos. Lo somos todo a la vez. Unas veces sacamos el lado bueno, si bien, en cuanto entran en juego intereses privados del tipo que sea, el lado malo empieza a maquinar cómo salir ganando. Es entonces cuando los principios se relativizan, se flexibilizan, se minimizan, como afectados por una laxitud que casi los lleva al estado de evaporación.
En realidad, aquel valor que defendíamos como la candidatura de la Alhambra a Patrimonio Universal, aquella virtud de la que alardeábamos ante nuestros amigos, aquella idea casi divina que pretendíamos aplicar sobre las relaciones humanas, aquella cuestión de justicia que nos sulfuraba cuando alguien la trasgredía; todo eso que nos hacía sentir orgullosos de nuestra gran altura moral, se va al carajo en cuanto aparece la tentación.
La tentación no tiene pinta de diablo, sino más bien de todo lo contrario. Tiende a disfrazarse de dinero, y ahí prácticamente todo el quisqui se vuelve un usurero ruin y avaricioso. Cuando no se disfraza de amor (o de sexo, que viene a ser lo mismo) y los que están deseosos de encontrarlo no dudan en robarle el amado a un hermano o a la mejor amiga, no hay lazos que resistan la potencia arrasadora de la química. O si no, se viste de orgullo, y aquí hay que tener en cuenta que si se toca un pilar tan básico de la persona como es la autoestima, ésta se revuelve y recurre a hienas tan feas como el rencor, la venganza, el odio... esas cosillas que nos permiten justificar cualesquiera medios sean necesarios para conseguir el fin de reestablecer el ego herido.
En todos los supuestos anteriores, la ética acaba quedando como la alfombra de una mezquita. Sin embargo, aún hay algo más cínico todavía: criticar, cabrearnos, echar sermones a alguien por haberse saltado uno de nuestros principios (que no tiene por qué compartir como propio) y acabar cayendo después en lo mismo, limpiamente, sin remordimientos. Tan fácil como cambiar de principio y aplicar la memoria selectiva, que tan felices nos permite ser.
Yo presiento que hay una especie de justicia universal dentro de este caos (y no me refiero a dios, sino a las energías que no paramos de transmitirnos entre las personas y la materia) que nos sitúa ante situaciones diversas para que no vayamos de listos ni juzguemos a los demás. Critica a tu hermano por irse a esquiar cuando a vuestro padre lo acaban de ingresar y verás cómo a la siguiente eres tú el que se ve en la situación de rechazar tu viaje anual, pongamos a Brasil, porque a tu madre le ha dado un infarto cerebral. La vida es una prueba constante que nos quiere decir de vez en cuando: “Esto, para que te calles”.
Por todo ello, ha llegado un momento en el que ya me lo creo todo de todo el mundo. De mí misma también, hoy voy a intentar no ser tan cínica de autoerigirme como la más pura y coherente. Pese a que el ser humano nunca dejará de sorprenderme con esas barbaridades que es capaz de ejecutar sin que le tiemble ni un párpado, sé que si una sola persona es capaz de rociar a su mujer con ácido, aquel que menos esperemos podría hacerlo en parecidas circunstancias. Otra cosa es que la racionalidad mantenga los principios aferrados y vigentes para vencer el instinto básico del animal que sin duda somos.
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Elisabeth G. Iborra
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