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Humanos con costumbres animales

Permalink 26.03.07 @ 22:57:02. Archivado en Sobre el autor

Dicen de Rochom P’ngieng, la joven camboyana que encontraron a los 27 años, después de pasar 18 en estado salvaje en plena selva que es “mitad humana, mitad animal”. Una perogrullada que se podría haber dicho de la mayoría de los niños salvajes que se han ido descubriendo por el mundo a lo largo de la Historia.

No en vano constituye el centro del debate de antropólogos y científicos expertos en el tema. Para empezar, James Law, profesor de Lengua y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Londres plantea un silogismo: “Buena parte de ser un ser humano es ser criado por seres humanos. Si no eres criado por seres humanos, ¿eres un ser humano?” Durante muchos siglos se consideró que no, hasta el punto de que Carl von Linneo, fundador de la taxonomía y primer científico que clasificó a los niños salvajes, en su obra Systema Naturae, los diferenció del homo sapiens, y los denominó “homo ferus”.

En el capítulo sobre “Peter, el salvaje” de su libro Niños y niñas salvajes, Michael Newton replantea el dilema de Daniel Defoe de si Peter tenía alma y de cómo podía pensar sin lenguaje, y algo parecido se colige de la cita del Ruth Benedict en Patrones de la cultura (1951): “Él no podría concebir que estos brutos semi inteligentes nacieran como seres humanos, estas criaturas sin interés acerca de lo que hay alrededor suya, oscilándose rítmicamente hacia adelante y hacia atrás como un animal salvaje en un parque zoológico, con los órganos del lenguaje y del oído que a duras penas se podrían entrenar para que sirvieran para algo, que soportan con harapos un tiempo helador y sacan las patatas del agua hirviendo sin malestar.”

Durante siglos se ha intentado distinguir a humanos de animales centrándose en las características o capacidades que los niños salvajes no poseen, léase caminar, hablar y utilizar las herramientas. Por su parte, la teoría de la mente proponía limitar la humanidad a aquellos seres capaces de entender que los demás tienen sus propios pensamientos personales, pero los biólogos se han dado cuenta de que los animales pueden hacerlo, además de comunicarse y utilizar herramientas por lo que estos criterios no sirven.

A pesar de que no se ha llegado a ninguna conclusión científica, hoy en día se suele aceptar que un ser humano es cualquiera que esté definido como tal genéticamente, independientemente de su inteligencia, sus capacidades o habilidades. Las cuales, ciertamente están muy mermadas, según documentan todas las películas y los libros de ficción o documentales que relatan la vida de muchas de estas criaturas asilvestradas.

En la página web www.feralchildren.com, su autor, Andrew Ward, analiza pormenorizadamente cada uno de los aspectos relativos a los niños salvajes, empezando por el desarrollo neurológico, severamente afectado por la negligencia, el abuso, la desnutrición o el ambiente vividos durante la niñez. En ese sentido, el doctor Bruce D Perry, afirma en La experiencia de la niñez y la expresión del potencial genético: “Cuando el niño tiene experiencias adversas - pérdida, amenaza, negligencia y lesiones - puede sufrir interrupciones del neurodesarrollo que darán lugar a una organización neuronal que puede conducir a un funcionamiento condicionado para toda su vida”. Por ejemplo, podría no desarrollar la parte izquierda de su cerebro, que es la que domina el lenguaje, como le ocurrió a Genie; la del instinto que les permite diferenciar el calor del frío, o las neuronas de la empatía, cualidad de la que estos niños carecen por completo: “Son, por lo general, del todo inconscientes de las necesidades, de los deseos y otros sentimientos. Los conceptos de moral, de propiedad y posesiones les resultan ajenos, y no pueden demostrar empatía con la gente. Si son criados por animales, ni siquiera se identifican como ser humano, sino que miran a los seres humanos como “el enemigo”.

Eso es lo que le está sucediendo a la joven camboyana, que según pudo comprobar el enviado especial de El Mundo al poblado de Oyadao, David Jiménez, “permanece inmóvil, tumbada en el suelo, ausente”, asustada ante la presencia de extraños que van a observarla como si estuviera en la jaula del zoo, de hecho su hermana ha confesado que se planteaban cobrar a los curiosos a instancias del Gobierno de Camboya. Ojalá pueda evitarlo el psicólogo español Héctor Rifá, de Psicólogos sin fronteras, que se ha desplazado a la zona con un fin determinado: «Quiero estar con la familia, que me acepten, observar las reacciones, aunque ellos ya han pedido ayuda, pero sin ideas preconcebidas». Según declaró a Efe, «hay que organizar a la familia, para que nombre un portavoz y aliviarles así un poco del acoso de la prensa». Quizás a causa de ese acoso generalizado ocurre lo que relata David Jiménez: “Algunas noches Rochom P’ngieng espera a que todos se hayan dormido y gatea desnuda buscando la salida de la pequeña cabaña en la que vive su familia. Quiere regresar a la jungla”. Al fin y al cabo, es allí donde ha aprendido a sobrevivir por sí misma; al igual que la mayoría de estos niños, ha desarrollado con ingenio métodos suficientes para subsistir, comiendo raíces, hierbas, hojas o frutas (de las que extraen el agua, pues algunos, como Juan Ssebunya, criado por monos, no bebieron ni tan sólo agua de lluvia durante todo el período que pasaron a la intemperie). Por su parte, Memmie Le Blanc, que sólo consintió bajar de un árbol tentándola con pescado crudo, pescaba peces, ranas y otras criaturas, atractivas también para la joven camboyana, quien todavía hurga en el suelo en busca de gusanos e insectos. Más arduo suena el retrato de los niños criados por animales, los cuales adoptan generalmente la dieta de su familia adoptiva, y eso significa generalmente carne cruda e incluso un inconmensurable deseo por la sangre fresca. Según Andrew Ward, “Kamala y Amala eran extremadamente aficionadas a la carne cruda. Ay del pobre pollo que se atreviera vagar cerca de Kamala: sería cazado, matado y comido, allí y entonces”.

Son, precisamente, esas insuficiencias alimenticias las causantes de algunas de las manifestaciones físicas más extrañas encontradas en criaturas salvajes, incluyendo el color de Los niños verdes de Woolpit y del pelo del cuerpo, una característica común a algunos de ellos atribuida a la hipertricosis. Esta enfermedad se debe a una infección no tratada o una desnutrición severa. Aunque también se ha barajado la idea de que lo que les cubría el cuerpo no fuera vello sino una espesa capa de mugre. Si tomamos como ejemplo a Víctor, el niño salvaje de Aveyron que inspiró el filme El niño salvaje de Francois Truffaut, no parece muy realista imaginárselo dándose un baño en el crudo invierno de 1799/1800, justo antes de ser encontrado por un médico y pedagogo. Éste, llamado Jean Marc Gaspard Itard, intentó enseñar a hablar y socializar a Víctor, pero se topó con el mismo muro que Singh con las hermanas Kamala y Amala encontradas entre una manada de lobos en la jungla de Bengala o que el equipo de científicos que examinó a Genie después de permanecer encerrada durante 10 años en una habitación, atada y sufriendo malos tratos. Ninguno de ellos llegó nunca a pronunciar más de 40 palabras, ni mucho menos a organizar construcciones sintácticas con sentido.

En los experimentos con Genie se dedujo que no había actividad en la parte izquierda de su cerebro, lo que llevó a los científicos a cuestionarse si esa parte se desarrolla en los primeros años de la vida y si necesita recibir estimulación y oír el lenguaje continuadamente para desarrollarse.

Igualmente, se comprobó que estos niños crecen muy por debajo de lo común para su edad física, aun sin estar desnutridos, porque tienen hambre psicosocial, o sea, del estímulo ajeno. Es lo que se ha denominado “enanismo psicosocial”, como el que padecía El muchacho de Jacksonville, encerrado por sus padres adoptivos en un granero durante 10 años. Aunque tenía 17 años, su altura correspondía a los nueve años y su peso al de seis cuando lo encontraron en enero de 2005. A los dos meses de ser liberado y tomado bajo custodia protectora, había aumentado 13 kilos y 1cm de alto. Lo cual implica que, al menos, este síndrome tiene una modalidad reversible en cuanto se integra a los niños afectados en un ambiente normal, permitiéndoles mejorar su índice de inteligencia y otros aspectos del funcionamiento emocional y del comportamiento, según los estudios de Money y Annecillo al respecto.

Es deducible, por tanto, que “somos el resultado de interacciones complejas entre el ambiente y nuestros genes”, según explica Matt Ridley en Naturaleza via Educación: Genes, experiencia y lo que nos hace humanos. Porque por mucho que la naturaleza nos dote con un cerebro muy predispuesto a realizar su tarea y con unos genes que propicien las mejores capacidades intelectuales y otras características de los seres humanos, si no recibimos una educación, socialización y estimulación adecuadas, no podemos desarrollar todas esas capacidades.

Así lo tuvo que aceptar Jean Jaques Rousseau, en cuyo libro El buen salvaje defendía que el hombre nace puro (o, más exactamente, no nace sucio debido a “la pacificación de sus pasiones, y su ignorancia del vicio”), pero después es corrompido por la sociedad, por la educación. Cuando capturaron a Victor en 1800, se reveló como un individuo egocéntrico, hosco, incapaz de cooperar ni siquiera con su mentor, quien describió el aprendizaje de lo moral según el siguiente proceso: “Dado que muy pocos alimentos eran de su gusto, conseguirlos en grandes cantidades era para Víctor lo más importante. Si se le sorprendía cogiéndolos, se le reprendía. Por lo cual comenzó a robarlos con artimañas. A esta conducta se le respondió «con el derecho de represalia», de forma que su hurto era sancionado arrebatándole algo suyo y muy deseado. Esto pareció tener éxito, pues Víctor dejó de robar. Pero ¿había adquirido el sentido moral de lo bueno y lo malo, o sólo había reprimido una forma de actuar por miedo al castigo?. Enrique Martínez-Salanova Sánchez, profesor, pedagogo, antropólogo y tecnólogo de la Educación recoge en su web de la Universidad de Huelva: “Jean Itard decide comprobarlo sometiéndolo a un ejercicio muy sencillo y que Víctor, sin duda alguna, realizaría correctamente, pero por el que no se le premiará, sino que recibirá un castigo. Es decir, le someterá a una injusticia. La reacción de Víctor, frente a su habitual obediencia, fue violenta, su indignación le llevó, incluso, a morder la mano de su maestro”. Itard escribía entonces: “Era la prueba incontestable de que el sentimiento de lo justo y de lo injusto, cimiento perdurable de todo orden social, no era ya extraño al corazón de mi educando; provocando en él su desarrollo acababa de elevarse a la altura del hombre moral, por el más privativo de sus caracteres y el más honroso de sus atributos.”

De lo anterior se deduce que todos los humanos, inclusive los niños salvajes, nacemos con todo el potencial dentro, pero el hecho de que prosperemos, lo perfeccionemos o nos estanquemos y vivamos como sub-humanos depende del entorno en el que nos críen. De hecho, Linneo ya explicó que estos niños muestran “una visión nocturna y un sentido del olfato muy desarrollados; imitan sonidos de animales y prefieren la compañía de éstos a la de los humanos; olfatean la comida que van a ingerir, duermen del anochecer al alba, de acuerdo con las estaciones; y parecen ser sexualmente indiferentes”. Es decir, han evolucionado más las cualidades que les permitían sobrevivir como animales, en un entorno natural lleno de peligros, que las necesarias para vivir en una sociedad civilizada.

Así las cosas, si muchos de estos niños sobrevivieron solos o los criaron perros, lobos, osos, monos o incluso por una avestruz o por gallinas, no parece muy lógico esperar de ellos que se comporten en la mesa una vez devueltos a la civilización, como se le está apremiando ya a Rochom P’ngieng para que coma ¡con palillos!

Por escrito y en diferido.

Ya en la mitología griega Apollodorus narraba las leyendas de Neleus y Pelias, amamantados por una perra y una yegua, Herodoto contabla que Cyrus lo había sido por una perra al igual que Sargon de Akkad. Telephus, para su desgracia hijo de Herodes, fue criado por una gama; y Romulo y Remo estuvieron al cuidado de una loba hasta que los descubrió el pastor Faustulus.

Desde entonces se han escrito muchos libros en los que se ficciona sobre el tema de los niños salvajes, desde Tarzán y el Libro de la Selva, de Rudyard Klipling, pasando por Nacido en la jungla, de John Eyton, Shasta de los lobos, de Olaf Baker, Primordial, de Morgan Robertson, hasta la colección Bomba, the jungle boy o Pyrénée, un libro de cómics francés. Más contemporáneo es Ciudad de Cristal, donde Paul Auster sin duda se inspiró en la historia de Víctor de Aveyron y, sobre todo, en la de Kaspar Hauser, que, criado en una cueva oscura y sabiendo decir sólo una frase, llegó en 1824 a una aldea alemana, con la consiguiente curiosidad generalizada. Sobre su persona se han basado las películas de El enigma de Kaspar Hauser de Werner Herzog, 1974 y "Kaspar" de Peter Handke. Es amplia la filmografía que versa sobre un personaje concreto. La más conocida es El niño salvaje deTruffaut, pero no deben olvidarse clásicos como Tarzán, Greystroke, la Leyenda de Trazan o El libro de la selva y El rey de la selva. Véanse, asimismo. The Apple, de Samira Makhmalbaf, sobre las gemelas de Naderi; Trollsyn, la leyenda de Jostedalsrypa, de Ola Solum; El secreto del Niño Salvaje, acerca de Genie o la Princesa Mononoke, sobre la mujer lobo, de Hayao Miyazaki. Para una aproximación a este tipo de criaturas en general, Nell 1994, protagonizada por Jodie Foster y Liam Neeson y dirigida por Michael Apted

En teatro se han producido obras como Marcos, escrita por el dramaturgo británico Kevin Lewis basándose en la experiencia real de Marcos Rodríguez Pantoja, un niño español que se crió solo en lo más recóndito de Sierra Leona con la única compañía del ganado que le dejó en herencia el pastor que lo compró a los 7 años.

Ante semejante apasionamiento artístico por esta temática, no sería descabellado ver pronto a la joven camboyana de los ojos tristes en las carteleras o en las estanterías de superventas.
Este reportaje lo escribí para la revista La Clave, dirigida por José Luis Balbín, y fue publicado a principios de marzo. Lo cuelgo aquí ahora porque me lo han pedido varias personas que no pudieron leerlo en su momento y espero que os guste.


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Comentarios:
muy buen texto con la explicacion
correcta y no dificultada para alumnos
de secundario .
Enlace permanente Comentario por TONGA . 30.09.08 @ 22:40
Realmente muy interesante el texto "humanos con costumbres animales". No puedo concebir como estos casos sobre seres humanos salvajes, no atraen el interes que indudablementemente deberian tener en el resto de la sociedad. Creo que las personas no llegan a comprender que estas experiencias nos pueden acercar a nuestros principios, a quienes realemente somos. Me quedo con la ironia, mientras que el resto de nosotros depende casi viciosamente de esta sociedad y de este sistema, Rochom P’ngieng intenta volver a la selva.
Enlace permanente Comentario por Pablo 21.08.07 @ 04:04

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