Mejor nos dedicamos a la poesía
02.03.07 @ 13:52:58. Archivado en Hoy estoy de humor
Me he encontrado al lado de un contenedor de reciclaje La hoguera de las vanidades y El balneario de Battle Creek, editados por Anagrama. Como no podía ser de otra manera, estaban sin empezar siquiera, ahumados por el tiempo, las páginas pegadas demostrando que nadie se había molestado ni en ojearlas por curiosidad. La única señal de que el de Boyle había sido abierto alguna vez es una postal con el cartel del filme homónimo dirigido por Alan Parker.
Ello me ha llevado a recordar que, precisamente, esa fue la primera vez que me salí del cine porque no soportaba la película. Debía de tener yo 18 años y todavía no había desarrollado demasiado el sentido del humor básico. Tendría que volverla a ver para saber si me sacó de mis casillas por mi incultura o porque ese tipo de humor no me provoca ni una sonrisa de medio lado.
Esta reflexión me ha hecho replantearme mi primer pensamiento al toparme con los dos librazos en la basura, esto es, "quién habrá sido el imbécil". No me ha quedado más remedio que retractarme, pues quizás la persona que ha tirado los libros nunca ha tenido la oportunidad de, en primer lugar, disfrutar del placer de la lectura con lo cual no se le puede pedir que se meta en el cerebro semejantes tochos, que es lo único que ve ante sí: unas 500 y 700 hojas apiladas que no terminará de leer por mucho que se empeñe.
Y, en segundo lugar, tal vez nunca haya podido aprender a distinguir entre libros de calidad literaria y folletos del supermercado o cualquier otra publicación cualitativamente similar, que abundan en las librerías. No en vano, son las que más se venden, porque tienen las páginas justas para durar un verano, son ligerillas, amenas, no te complican con sátiras o metáforas rebuscadas, ni con léxicos elevados que hay que averiguar en el diccionario, ni emplean ese sentido del humor sofisticado que resulta tan difícil de entender... cuando no estás preparado para entender. Igual que no lo estaba yo cuando vi El balneario de Battle Creek, lo reconozco.
En definitiva, no he podido evitar rescatarlos y traérmelos a casa, aunque ahora los tenga duplicados, aunque ya los haya leído, aunque necesite urgentemente irme a Ikea a por estanterías porque ya no me cabe ni un solo libro más o me tenga que ir al mercado de San Antoni a vender algunos que me sobran, aunque sea para regalárselos a alguien...
No sé, me gustaría que este gesto de reconocimiento hacia Boyle y Wolfe lo haga alguien si ve un libro mío en la papelera.
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Elisabeth G. Iborra
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