De la naturalidad perdida
04.02.07 @ 17:31:35. Archivado en Sobre el autor
Me senté en un sofá con una copa de champán y un cigarrillo, apartada de toda aquella muchedumbre de periodistas y famosos que pululaba por el hall del hotel. No tenía demasiadas ganas de hacer el paripé típico de ese tipo de fiestas en los que hablas con muchos conocidos pero sin profundizar con nadie. No tenía ganas de socializar.
Aprovechando el silencio que yo, obviamente, guardaba, un chicho se sentó a hablar por teléfono en el mismo sofá, a cierta distancia, dándome la espalda. Un chico muy guapo, alto y desgarbado pero con mucha gracia, diez años como mínimo menor que yo. Colgó, se levantó y le vi pululando por el lugar con curiosidad, totalmente ajeno a las exigencias de la etiqueta y el protocolo que el resto de los invitados cumplía con mayor o menor acierto.
De repente nos miramos y nos sonreímos. Una sonrisa de "te he reconocido, eres de los míos". En seguida nos pusimos a charlar, cuatro palabras, nada transcendente. Luego cada uno se fue a cenar a su mesa asignada, sin más. Le volví a ver más tarde tomando unas copas. Yo estaba hablando con mis colegas de profesión y él, que no tenía nada que ver con este mundillo de periodistas mercenarios sino que aún estaba estudiando dibujo en el instituto, se acodó en la barra a tomarse algo. No tardó en ponerse a hablar con un ruso de su edad.
Cuando me fui a despedir me dijo: "Me encantan tus ojos". "Y a mí los tuyos, son preciosos", le contesté. "Mi mujer también me lo dice". "No me extraña". Me despedí. "Vale, pues ya nos volveremos a encontrar en la vida". "Tal vez". Me dio un abrazo de los que hacía mucho que no me daban y me largué, feliz.
Lo maravilloso de esta criatura de 18 años es esa belleza que le surge de su naturalidad, de su espontaneidad, de la sencillez de decir las cosas tal cual las piensa, sin dobleces, sin intenciones viciadas, sin reparos ante lo que podrá interpretar la chica si él halaga sus ojos, sin pretensiones de meterse en la cama sólamente porque la corriente de simpatía sea mutua, sin cortarse para regalar un gesto de cariño; en definitiva, sin problemas.
Esta anécdota me ha hecho recordar aquella dulce adolescencia en las que yo y todos mis amigos éramos así de espontáneos y nos relacionábamos con simpleza: tú me gustas, tú a mí también, fantástico, aprovechémoslo, vamos a conocernos. A partir de los 25 ese encanto se va al carajo y todos andamos con los escudos y las lanzas, con los traumas y los requisitos a cuestas, con los prejuicios y los tópicos, con los fracasos y los miedos como un trasfondo que lo enturbia todo.
Así, desde luego, resulta muy difícil relacionarse, comprender al otro, encandilarse con sus peculiaridades, compartir algo más que una noche... Yo apuesto por recuperar la naturalidad antes de que me canse de hacer el paripé también en el encuentro de tú a tú.
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Elisabeth G. Iborra
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