Querido Papá Noel: quiero teletransportarme.
17.12.06 @ 19:32:44. Archivado en Hoy estoy de humor
Volar se está convirtiendo en una tortura peor que el autobús o el tren con la excusa de proteger nuestra seguridad. Qué se lo pregunten si no a un australiano al que impidieron embarcar en un vuelo de Londres a su país por llevar una camiseta en la que ponía: Bush, terrorista nº 1. El argumento era que podía ofender a otros pasajeros. O sea, la libertad de expresión a tomar por saco.
Es el colmo del disparate, porque a partir de ahí se puede justificar cualquier prohibición: no llevar camisetas con las letras árabes del típico souvenir (estuve en Marrakech y me acordé de ti), ni con la bandera de EEUU en Cataluña (porque se puede considerar provocador e irónico), ni con txapela (por sospechoso de etarra dispuesto a poner una bomba en el avión), ni con gorra militar (con lo que se llevan este año) o con chilaba o bombachos (por imitar a Bin Laden).
El señor, al final, tuvo que comprarse otra camiseta para ser admitido por la compañía aérea. Y eligió satíricamente una del metro de Londres, en donde sucedieron los atentados terroristas el año pasado, -congratulations por su sentido del humor, dear-. Los policías deben de pasárselo bomba viendo a tanta gente desnuda: el otro día en el aeropuerto de Barcelona vi cómo a un hombre, al quitarse el cinturón para que no pitara la hebilla, se le caían los pantalones hasta la rodilla dejando sus gallumbos al descubierto. A mí me han dejado descalcita en Suiza y Madrid por calzar botas altas; por suerte no llevaba tomates en las medias. A una amiga mía se le rieron de lo lindo al detectarle todo un kit completo de juguetitos sexuales en el equipaje de mano.
Y por lo visto en EEUU ya están poniendo a prueba unos escáneres para averiguar lo que llevan por dentro los humanos (no las maletas, no) con los que se ve hasta la celulitis y la marca del tanga. Espero que también diagnostiquen el cáncer de próstata y el de mama, al menos nos harán algo más que la puñeta. Es que incluso prefiero que me cacheen con los malos modales del personal de Securitas del aeropuerto de Londres o de Berlín antes que ser radiografiada y valorada al desnudo por su equivalente norteamericano.
Por cierto, algún día nos tendrán que justificar por qué se les dan a los guardias jurados ciertas potestades o derechos que sólo deberían tener, y como mucho, las Fuerzas de Seguridad del Estado. Está demostrado que hay demasiada gente que tiende a tomarse el poder por su mano, así que convendría limitar al número de personas a las que se le confiere poder.
Lo cierto es que en el último mes me he vestido y desarreglado dos veces en el intervalo de una hora cada fin de semana. Una después de ducharme y la otra al llegar al aeropuerto, haber de quitarme anillos, colgantes, abrigo, botas, cinturón, gafas y broche de la camisa y volvérmelos a poner al pasar el control. Igualmente, he tenido que dejarme la botella de agua que luego en el avión me cobran a dos eureles y comprarme cremas y perfume de menos de 100ml. para no castigar a mi cara sin hidratación durante tres o cuatro días. (Enhorabuena a los fabricantes de botes porque se van a hacer de oro con la nueva normativa).
Y a la hora de comprar vinos, aceite, o regalos varios, me he visto obligada a renunciar o a facturar con el consiguiente riesgo (más que certero) de que me perdieran/rompieran las botellas (pringosillas ellas) con esa delicadeza ejemplar con la que los empleados tratan el equipaje de todo el que no pertenece a su familia.
Pero lo peor de todo es que luego me entero de que puedes portar en el bolso polonio (el veneno con el que asesinaron al ex espía ruso Litvinenko) sin ningún problema puesto que no es líquido y no tiene porqué ir en frasco. Y que la normativa sólo aplica en los aeropuertos de la Unión Europea, con lo cual, en vuelos de las mismísimas compañías europeas que salen de cualquier otro destino hacia Europa, los pasajeros están autorizados a subir con lo que les dé la gana. Upps!
Está a punto de darme un ataque de seguridad. Si no existe, dentro de poco será reconocido como enfermedad equiparable al Síndrome de la clase turista por la Organización Mundial de la Salud. Como el estrés, la mala leche, la paciencia colmada y la indignación por el atropello contra los derechos humanos más fundamentales.
Desde luego, a los dueños del mundo les está saliendo redondo esto del terrorismo globalizado. Con la excusita, les estamos permitiendo, callados como momias, que nos prohíban, nos toreen y nos desnuden literalmente de la mínima dignidad exigible en una democracia. Lo dicho, mi deseo para Papá Noel de este año: que me programe para teletransportarme.
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Elisabeth G. Iborra
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