El móvil sustituye al libro
27.11.06 @ 20:54:54. Archivado en Al que no le guste..., Hoy estoy de humor
Me siento en el autocar que me llevará de Barcelona a Zaragoza en casi cuatro horas. Me he armado contra el aburrimiento con un cargamento compuesto por el Mp3, un periódico, una libreta y un boli y dos libros que me compré el otro día en el aeropuerto porque se me habían olvidado los que estaba leyendo en casa y no soportaba la idea de pasar una hora de retraso más dos de viaje de ida y las mismas de vuelta mirando al infinito.
Nada más ponerme los auriculares y abrir el periódico, el vecino de enfrente comienza a hablar por el móvil a tanto volumen que tengo que subir el de mi aparato para no enterarme de que había perdido el teléfono de su interlocutor, que qué ilusión que le llame, etc.
Cambio al primer libro, que estoy a punto de terminar, y el señor sigue hablando para evidente desconsuelo de su desconocido compañero de asiento. Cuando termina de su parloteo desconsiderado, comienza a mandar mensajes y, por desgracia para nuestros oídos, a recibirlos con el tono predeterminado por Nokia especialmente para mansiones como Buckingham Palace, donde aún así, si te lo olvidas en el salón no lo escuchas desde la habitación.
Lo malo es que nos encontrabamos en una autobús con 48 plazas y, por lo tanto, cada vez que el susodicho era correspondido, sentíamos todos un sobresalto. Qué se lo pregunten a los que intentaban echarse la siesta.
Paso al segundo libro y el hombre de marras vuelve a llamar. Concentrarse en un tratado sobre neurociencia con una abutarda resonando detrás de tu oído resulta realmente complicado, por fin tuve ocasión de comprobarlo. El próximo experimento sobre concentración lo pueden hacer conmigo en vez de martirizar a ratones.
Las conclusiones de La Inteligencia Emocional sobre la capacidad de empatía del ser humano no me ayudan a comprender a este tipo. Entiendo que está aburrido, mas eso no le excusa para constitutirse en centro de atención de todo el pasaje, y, además, supongo que podría haberlo previsto, como yo misma, porque no parece que sea su primer viaje, a los treintaytantos.
Lo que más me preocupa, sin embargo, es que probablemente nunca haya contemplado la posibilidad de entretenerse de otra manera que no sea imitando a las cotorras. Me mira como a un bicho raro por leer tanto. Y de repente, saca el portátil y lo enciende. ¿Se puso a trabajar, a escribir una carta, a ver fotos o a ordenar sus documentos? Nooooo. Optó por el solitario, juego instructivo donde los haya. Con tan mala suerte de que se le acabó la batería y comenzó a llamar y a mandar sms de nuevo.
No obstante, no escribiría esto si no fuera porque a la vuelta me pasa exactamente lo mismo con un veinteañero que va alternando sus conversaciones y mensajitos a través del móvil con la videoconsola pórtatil.
Sería demasiada casualidad que en dos viajes consecutivos fueran justo mis vecinos de asiento los únicos enganchados a la tecnologías y desconectados de cualquier expresión cultural sobre papel, ¿no?
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Elisabeth G. Iborra
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