
A veces los chistes dan mejor en el centro de la diana que los interminables debates y discusiones en los que se mezclan la lengua con los intereses políticos, económicos y de poder.
Jordi: ¿Cataluña es una nación?
Miquel: Cataluña es una nación.
Jordi: ¿Por qué?
Miquel: Porque tiene lengua propia.
Jordi: Entonces Murcia también es una nación.
Miquel: No, porque no tiene lengua propia.
Jordi: Pues claro que tiene, el español.
Miquel: No entiendes, para tener lengua propia hay que tener dos, como nosotros. Una es la propia y otra la impropia.
Lengua propia es un término jurídico propio de la legislación española que alude, en distintos Estatutos de autonomía de comunidades autónomas de España, a lenguas que han sido declaradas oficiales de dicha comunidad autónoma junto con el castellano, de acuerdo con lo establecido en el artículo tercero de la Constitución española.
Es un término ajeno a la Lingüística y sin tradición en la sociolingüística hasta tiempos recientes. El diccionario de la Real Academia Española, en su voz «lengua muerta», hace una referencia, desde 1803, a la que «no se habla ya como lengua propia y natural de un país o nación», pese a que no existe una entrada específica para definir el sintagma.
Apareció por vez primera en 1933, en un texto legal de Cataluña, y fue posteriormente retomado, a partir de la Transición española, con la creación del llamado Estado de las Autonomías. En 1996, el Gobierno de España, el Congreso de los Diputados y el Senado, unánimemente, se adhirieron a la propuesta de Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos, que cuenta con el apoyo de personajes tan ajenos a la Lingüística como Nelson Mandela, el Dalai Lama, el arzobispo anglicano Desmond Tutu, el arzobispo y cardenal católico Ricard Maria Carles (valenciano de nacimiento), el tenor Josep Carreras, Yasir Arafat (presidente de la Organización para la Liberación de Palestina, presidente de la Autoridad Nacional Palestina y líder del partido político Al-Fatah), Adolfo Pérez Esquivel (escultor, arquitecto y Premio Nobel de la Paz en 1980), Shimon Peres (actual presidente del Estado de Israel), Gatsha Mangosutu Buthelezi (político zulú sudafricano que fundó el Inkatha Freedom Party en 1975), Peter Gabriel (músico inglés de rock progresivo), Joan Oró (bioquímico, investigador de la NASA y marqués de Oró), etcétera.
En este documento de 76 páginas aparece 23 veces el término "lengua propia" que se define así: «la denominación lengua propia de un territorio hace referencia al idioma de la comunidad históricamente establecida en este espacio». ¿Y si la comunidad históricamente establecida en ese espacio habla dos o más idiomas? Por otra parte, ¿qué se entiende por "comunidad históricamente establecida"?
El concepto de lengua propia no es claro sobre todo si lo aplicamos a territorios en los que se hablan dos o más lenguas, como Galicia. Se formuló por vez primera en el artículo tercero del Estatuto de Régimen Interior de Cataluña, aprobado por el Parlamento catalán el 25 de mayo de 1933, que en su artículo tercero establecía: «La lengua propia de Cataluña es la catalana». Fue utilizado posteriormente en el Estatuto de autonomía de Cataluña de 1979, donde se enuncia que la lengua propia de Cataluña es el catalán. El preámbulo de la Ley de Normalización Lingüística catalana de 1983 repite esta misma afirmación añadiendo genéricamente que la lengua propia «es una herramienta natural de comunicación, expresión y símbolo de una unidad cultural con profundas raíces históricas».
El término, sin embargo, no aparece en la Constitución de 1978, que define al castellano como «lengua española oficial del Estado» y dispone simplemente que «las demás lenguas españolas» sean «también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas», sin alusión alguna a lenguas propias distintas de las oficiales.
Los estatutos citados consagran la existencia de varias lenguas oficiales, de las cuales la calificada como «propia» es siempre aquella distinta al castellano (en Arán, la calificada como propia es aquella distinta al castellano y al catalán). El castellano es lengua oficial en toda España, pero no goza de ninguna protección especial en las comunidades bilingües al no ser definida como «propia» ni siquiera allí donde es natural o autóctona. Unido al de normalización lingüística, este nuevo concepto fue básico para legitimar el diseño de políticas favorecedoras de la considerada lengua propia que, según los territorios y la coyuntura política, ha oscilado desde la discriminación positiva o la llamada inmersión lingüística hasta lo que algunos califican como promoción del monolingüismo institucional.
El término aparece en la práctica totalidad de los Estatutos de autonomía de las comunidades autónomas españolas con más de un idioma oficial, así como en la en la Ley de Ordenación del Uso de la Lengua Oficial del Principado de Andorra.
No existe una definición conocida de lengua propia que permita distinguirla de lengua vernácula. Suelen ser definiciones políticas realizadas ad hoc, como la de Declaración de la Unesco que, pese a ser apoyada por el Gobierno español, su definición no se corresponde con la realidad lingüística española ni con lo que realmente implementan los textos legales autonómicos. En términos puramente funcionales, lo único que permite distinguir a la «lengua propia» es la capacidad de legitimar políticas institucionales favorables a las lenguas así calificadas.
Los partidarios del monolingüismo en catalán, a partir del II Congreso Internacional de la Lengua Catalana (1986), dieron carta de naturaleza al concepto lengua propia, como forma de resolver el conflicto y recuperarse del estatus desfavorable que ellos atribuyen a la considerada como lengua propia frente al castellano, lengua común de todo el Estado. Ahora tratan de convertir el catalán ya no en lengua propia, sino en "lengua común" de Cataluña, eliminando de raíz el español o castellano.
Para los partidarios del monolingüismo en catalán, el bilingüismo siempre es una situación transitoria de sustitución de la lengua propia, por lo que, a su juicio, deben arbitrarse medidas de discriminación positiva que inviertan el proceso.
Por el otro lado, el concepto encontró críticas desde muy pronto. La primera crítica pública al concepto de «lengua propia» y a sus consecuencias probablemente fue el Manifiesto de los 2.300 (1981). Posteriormente, hubo filólogos que se mostraron también muy críticos, como Gregorio Salvador, y también lingüistas vascos y catalanes como Jon Juaristi, Xavier Pericay, Ferran Toutain o, más recientemente, Irene Lozano. También el catedrático de Derecho Constitucional Francesc de Carreras se ha referido en términos muy críticos. Especialmente reseñable para fijar estas posiciones fue el Manifiesto del Foro Babel. Todos ellos, con diversos matices, han elaborado la crítica al concepto.
En general, todos ellos coinciden en que la expresión «lengua propia» sugiere a los hablantes que su opción va más allá de la decisión personal de hablar una u otra lengua —algo que la ley garantiza—, y que esa decisión lleva implícita su adhesión a un proyecto identitario. La «lengua propia» constituiría una categoría ideológica, no científica, que no tendría consistencia empírica fuera del ideario nacionalista.

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Publica Andrés Oppenheimer en "El País" de Montevideo el artículo «Modernizar el idioma» en el que celebra algunos cambios (a mi modo de ver moderados y sensatos) que tanto la RAE como el Diccionario Panhispánico de Dudas llevarán a cabo probablemente en breve a fin de modernizar el idioma español. A diferencia de los procesos de «normalización lingüística», verdaderos experimentos de ingeniería social realizados de «arriba abajo», que hemos de pagar y sufrir los ciudadanos de las comunidades bilingües en España, los cambios que proponen ambas instituciones son de «abajo arriba», es decir, partiendo del uso habitual y no deformado que hacen de las palabras sus usuarios: los hablantes y los escribientes.
Algunos cambios ya realizados no han tenido mucho éxito y es probable que no tarden en ser suprimidos por su falta de respeto a la etimología. Me refiero, por ejemplo, a aquellos que se han llevado a cabo en las palabras comenzadas por «psico», como «psicología» y «psiquiatría», derivadas del radical griego psykho- "alma", proveniente de psykhé "soplo de vida", "aliento". No creo que ni «sicología» ni «siquiatría» hayan tenido demasiada aceptación. Y es que los hablantes y escribientes somos bastante más sensatos de lo que nos consideran algunas instituciones.
Según Oppenheimer, la Real Academia Española (RAE) está considerando seriamente eliminar antes de fin de año los acentos de las palabras «este», «ese», «aquel» y «solo». En realidad, el sentido exacto de dichas palabras, con o sin acento, se deduce fácilmente del contexto. Son, por lo tanto, acentos que sólo contribuyen a dificultar el aprendizaje y buen uso del español, pero a nada más.
Además, la Academia podría decidir adoptar oficialmente las versiones fonéticas de palabras inglesas como marketing, parking y sex-appeal. El Diccionario Panhispánico de Dudas de la RAE, sin duda más innovador, ya ha aceptado las palabras «marquetin», «parquin» y «sexapil». Aunque yo prefiero «mercadotecnia», «aparcamiento» y «atractivo sexual» que resultan un poco más largas, pero no tan cursis.
Añade Oppenheimer: «En una entrevista realizada en la señorial sede de la RAE, donde cada miembro de la academia tiene un perchero con su nombre para colgar su sombrero, paraguas y bastón, el director de la Academia Víctor García de la Concha me dijo que la globalización está haciendo cambiar rápidamente todos los idiomas. Las lenguas que no avancen al ritmo de la realidad posiblemente desaparecerán».
Según García de la Concha «Las palabras viajan mucho más rápido hoy, por internet, y por los viajes». «Para sobrevivir, una lengua debe ser usada por un gran número de personas, tener un idioma unitario, y estar actualizada con la tecnología».
Sin duda la RAE es excesivamente conservadora y sigue manteniendo términos racistas y discriminatorios como la palabra «judiada», definida como «acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de los judíos». Como es habitual, en el idioma las mujeres siempre llevan las de perder. Mientras la palabra «zorro» define positivamente al «hombre muy taimado y astuto», el femenino «zorra» equivale a «prostituta».
Claro que si sustituimos «judiada» por «putada», dejamos de discriminar a los judíos, pero seguimos haciéndolo con las mujeres. Y si optamos por «cabronada», los perjudicados entonces somos los hombres, que también tenemos nuestro corazoncito, pues un «cabrón», no lo olvidemos, es el hombre que consiente el adulterio de su mujer. Y eso, se mire como se mire, también resulta muy denigrante, aunque para algunos sea un signo de modernidad y apertura de mente. Allá ellos.
La palabra inglesa football se convirtió en «fútbol» y meeting en «mitin» sin que se produjese un golpe de estado ni un levantamiento en armas del pueblo.
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Audio de Toni Cantó sobre la imposición:
http://www.esnips.com/doc/4c176a4e-3bb0-410b-ba17-a4bf38162817/tonicanto
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Libro recomendado: TRECE AÑOS QUE CAMBIARON EL MUNDO: MI VIDA EN EL MOSSAD de Ephraim Halevy. EDICIONES B, S.A. 2007. 336 pags. 18.00€. EN STOCK.
Resumen del libro: Tras años de trabajo en el Mossad, y habiendo sido director de la agencia de inteligencia israelí entre 1998 y 2002, Ephraim Halevy abre sus archivos personales y proporciona al lector una mirada lúcida y detallada sobre los asuntos que contribuyeron de manera decisiva a cambiar la historia del mundo. Desde el final de la guerra Irán-Irak en 1988 hasta los atentados de Al-Qaeda contra las Torres Gemelas en 2001, han transcurrido trece años en los que el papel de Israel y sus relaciones han sido determinantes para la formación de las actuales políticas globales. En esta apasionante crónica, Halevy se detiene no sólo sobre hechos concretos del pasado, trazando perfiles de importantes personajes como Yasir Arafat, Sadam Hussein, Hafiz al-Assad, Muamar Gadafi, Bill Clinton, George Bush padre y George Bush hijo, sino también sobre asuntos más recientes, como los atentados de Madrid y Londres.
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Alfonso Álvarez Gándara recurre al chiste fácil en su artículo "La Coruña, el porrito, el roblecito" (Faro de Vigo, 19 de octubre de 2009), recurriendo a un humor de tercera división que no parece estar a la altura de Su Ilustrísima. Escribe el decano de los abogados de Vigo: «Ahora bien, en el caso de resurgir esa ansia conservadora y conservacionista del verdadero nombre de la querida ciudad del norte ("siempre fue La Coruña, no sabemos a qué vienen estas novedades") fuerza será ofrecer a otros ayuntamientos una oportunidad parecida». Y a continuación nos ofrece una lista de topónimos gallegos traducidos literalmente al castellano, como si ése fuese el objetivo de quienes queremos que la realidad bilingüe de Galicia se refleje también en sus topónimos.
Así la toponimia bilingüe, se reduciría para Álvarez Gándara a una traducción literal y absurda del topónimo gallego al castellano: A Fonsagrada (La Fuentesagrada), A Lama (El Barro), A Merca (La Compra), A Mezquita (El Templo Musulmán), O Bolo (El Bollo, El Cruasán), O Carballiño (El Roblecito), O Porriño (El Porrito, El Canutito), Petín (Llamé), Pontedeume (Puentemedió), Redondela (Redondilla), Riotorto (Riotorcido), Sobrado (Planta Alta) y otras ridiculeces por el estilo.
A mí no me parecería mal que los nombres de los lugares se denominasen en su lengua vernácula si ésta fuese la única que utilizamos los gallegos. Como no es el caso, y ciertos nombres tienen una larga tradición en su forma castellana: La Coruña, Carballino, Tuy, Porriño (sin el "O"), La Guardia, Bayona y tantos otros, no creo que sea ningún despropósito exigir que el bilingüismo se refleje también en la toponimia. Galicia no se va a hundir por eso ni creo que debido a lo que los puristas del idioma consideran una imperdonable herejía, seamos objeto de un ataque nuclear del que sólo quedarían en pie las lápidas de nuestros muertos escritas en español. ¡Qué horror!
Muchos gallegos decimos La Coruña con toda la naturalidad del mundo y sin doble intención, aunque ahora que se ha politizado de tal manera la "L" más famosa del mundo, puede que las cosas cambien a peor. El topónimo "A Coruña" fue decisión de una Ley, la de Normalización Lingüística, aprobada en su día en el Parlamento de Galicia por consenso. A nivel estatal, el cambio de denominación de las provincias de La Coruña y Orense fue aprobado por la Jefatura del Estado en la ley 2/1998 del 3 de marzo, que dice textualmente: «La denominación de las capitales de las provincias de La Coruña y Orense es A Coruña y Ourense, respectivamente, tal como quedó establecido en el Decreto de la Xunta de Galicia 146/1984, de 27 de septiembre, de conformidad con la Ley 3/1983, de 15 de junio, de normalización lingüística, que establece, en su artículo 10, que "los topónimos de Galicia tendrán como única forma oficial la gallega"». Dicha ley, firmada por José María Aznar López, entonces Presidente del Gobierno, fue publicada en el BOE y entró en vigor el día 4.
Es cierto que la castellanización de ciertos topónimos gallegos supone tal desconocimiento de la lengua gallega que raya en lo ridículo. Tal es el caso de Mesón del Viento (en gallego Mesón do Bento, "Mesón de Benito"), Niño del Águila (en gallego Niñodaguia, "Nido del Águila"), La Barquera (en gallego Abarqueira "abarquera, de abarca"), etcétera. Sin embargo no me parece que haya razón para que, hablando en español, haya que decir A Coruña, Ourense, Pontedeume, ineludibles si se está hablando en gallego, en lugar de La Coruña, Orense y Puentedeume, cuyo uso indiscutible y arraigado debería ser respetado al ser el castellano tan lengua de Galicia como el gallego.
Juan Julio Alfaya

Libro recomendado: LA ILÍADA de Homero. Editorial Planeta, S.A. 2008. 448 pags. 23.50€. EN STOCK.
Resumen del libro: La Ilíada es un poema épico en veinticuatro cantos, que tiene como argumento un episodio del último año de la guerra de Troya: la cólera de Aquiles, el más célebre y valiente soldado griego, contra Agamenón, su comandante, quien le ha robado su esclava Briseida. Aquiles se retira del combate, debilitándose así considerablemente el ejército griego. Sólo una segunda y más terrible ira, causada por la muerte de su íntimo amigo Patroclo, hará volver a Aquiles al combate. Según la tradición, el poeta griego Homero (ss. IX-VIII a. de C., aproximadamente) fue el autor de la Ilíada y de la Odisea, por lo que es considerado uno de los escritores más influyentes de todos los tiempos.
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Como la mayoría de los medicamentos, la imposición lingüística, que pretende ser el Tamiflú de la mal llamada "lengua propia", tiene también sus efectos indeseados. En Galicia, quizás el más dañino e inesperado es el desinterés de los jóvenes por la lengua gallega. La inmensa mayoría de los alumnos que se han visto obligados a estudiar «en» gallego, no sólo no se convierten en gallegohablantes, sino que no quieren ni oír hablar de la lengua gallega, a excepción, supongo, de los que ya eran gallegohablantes antes de empezar sus estudios. Pero ni de esto último estoy seguro.
En Cataluña el presunto enemigo del catalán ya no es el español (lengua colonialista e imperialista por antonomasia, según los nacionalistas), sino el catañol.
¿Qué es el catañol? Es una neolengua que surge de la mezcla del catalán y el español, al estilo del portuñol, el euskañol o el Spanglish en los EE.UU. Los alumnos cuya lengua materna era el español y fueron obligados a estudiar en catalán, de adultos, salvo raras excepciones, no hablan en un catalán medianamente culto, sino en catañol. El imparable deterioro del catalán es una queja constante de políticos, profesores, catedráticos e intelectuales catalanistas.
Aunque el catañol se habla en cualquier parte de Cataluña, su presencia es mucho mayor en las áreas urbanas y en determinadas capas sociales. Digamos que la élite dominante conoce, habla y escribe un catalán más o menos culto y que el pueblo, siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, se decanta por el catañol.
Existen dos tipos de "catañolismos": los del castellano de Cataluña y los del catalán de Cataluña.
Entre los primeros tenemos barrechar (por mezclar), coca (por torta), déjalo estar (por déjalo, no insistas), empreñar (por incordiar, molestar), enchegar (por arrancar, poner en marcha: «Hacía tanto frío esta mañana que no me enchegaba el coche»), lampista (por fontanero), tocho (por ladrillo), plegar (por terminar la jornada laboral: «Dime a qué hora plegas y te paso a buscar»), vaga (por huelga: «Los transportistas están de vaga»), ¿Quieres decir? (por ¿Estás seguro?), ¡Ya vengo! (por ¡Ya voy!), ves (por ve o vete), rachola (por baldosa), no cal (por no hace falta, no es necesario), etcétera.
Entre los "catañolismos" del catalán de Cataluña, tenemos basura (por brossa o escombraries), cigarro (por cigarreta), jefe (por cap), entregar (por lliurar), vale (por d'acord), de repent (por de sobte), capullo (por tros d'ase, babau), ¡ojo! (por compte!), buenu (por bé), etcétera.
Es decir, que el gallego, el catalán y el vascuence normativos se quedarán para las «castas parasitarias» (como las denomina Enrique de Diego) y el castrapo, el catañol y el euskañol para quienes las mantienen con sus impuestos.
Para finalizar, les propongo que traduzcan a su lengua habitual la siguiente frase: «No cal que el paleta traiga racholas ni tochos». Con los ejemplos que les he puesto arriba, está chupado.
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En Pineda de Mar (Barcelona) nació Jordi Oliveres, el inventor del Chupa Chups. Es un municipio situado dentro de la comarca del Maresme y ahora famoso por ser la cuna del trilingüismo, hijo no deseado de la inmersión lingüística catalana. La verdadera amenaza para el catalán ya no es el español, sino el catañol (del que hablaré en otra ocasión) y la babelización.
Veamos un ejemplo de esta última:

Éste es un cartel en el que se mezclan a modo de cóctel el catalán, el inglés y el español. Curiosamente, los Mossos d'Esquadra son denominados Mozos de Escuadra, que es como yo les he llamado siempre, pues ya puestos a traducir, que no lo hagan sólo los nacionalistas, sino todos. Es lo justo, ¿no?
"Pineda" significa "pinar" en catalán, es decir, un bosque o conjunto de pinos. Y "de Mar" significa, obviamente, que dicho pueblo está cerca del mar. Pinar de Mar es una cacofonía que, sinceramente, suena fatal.
Sigamos.
A los nacionalistas no les gusta nada ver sus topónimos escritos en español, por ejemplo Lérida, Gerona, Cataluña, Orense, Carballino, La Coruña o Arenys de Mar, sin embargo ellos, por derecho identitario (que viene a suplantar al desfasado derecho divino), pueden traducir cualquier topónimo del español a su lengua vernácula y que a nadie se le ocurra rechistar o le montan el numerito victimista.
Veamos un ejemplo de lo más curioso y esperpéntico:
Xerez da Fronteira (en castelán e oficialmente, Jerez de la Frontera) é unha cidade e concello da provincia de Cádiz en Andalucía. Conta con 202.687 habitantes, é a primeira cidade da provincia en población, por riba de Cádiz e a quinta cidade de Andalucía, tras Sevilla, Málaga, Córdoba e Granada.
Ver en Galipedia: http://gl.wikipedia.org/wiki/Xerez_da_Fronteira
Ojito con el idioma, pues donde dice población debería decir poboación. El desconocimiento de la lengua gallega por parte de los breogánicos es un tema que daría muchíiiiiiiiisimo que hablar. Pues al final, como todos sabemos, la lengua, para ellos, es sólo un pretexto para encubrir el verdadero objetivo: la secesión.
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El término "carajo" se cree que proviene del latín cassus o carassus, que por metáfora en jerga marinera se refería al mástil mayor, y luego por metonimia a la canastilla del palo mayor o nido de cuervos, de un navío a velas. Así, en algunas partes de México cuando regañan a alguien se dice que lo carajearon.
En la foto de este barco de vela, aparece el "carajo" en el palo mayor, como una especie de canastilla. Para los despistados, lo he señalado con una flechita blanca, que no es otra que el cursor del ratón.
Como parte de una expresión mayor, "vete al carajo" es similar a "déjame en paz". Al parecer, el "mandar al carajo" a alguien deriva de uno de los más leves castigos que se infringían a la marinería: atar al castigado en lo más alto del palo mayor durante varias horas, lo que provocaba intensos mareos y náuseas.
Un posible origen anterior de esta palabra (apuntado, entre otros, por el profesor Carlos Alonso del Real), que puede derivar en el ya comentado arriba, es el término latino caracullum, aplicado a pivotes verticales hincados en el suelo, como los menhires megalíticos o los empleados en el propio Imperio Romano para atar a reos de castigos físicos (por ejemplo, el que se describe para el azotamiento de Jesús de Nazareth), de donde provendría la expresión "mandar (a alguien) al carajo" como sinónimo de enviarlo a un lugar nada grato. El carácter fálico que presentan estas estructuras de piedra hincadas verticalmente en el suelo es evidente, de lo que devendría fácilmente la elaboración de la metáfora.
La pregunta del millón es qué fue antes ¿"el carajo" u "o carallo"?
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