¿Radicales, extremistas violentos o fanáticos?

Permalink 29.06.09 @ 15:00:00. Archivado en 01 Gallegos Hispanohablantes

Con frecuencia aparece en los medios de comunicación la palabra "radicales", como sustantivo o adjetivo, aplicada a personas y grupos que son simplemente extremistas, fanáticos, intransigentes o violentos.

El término radical viene del latín radix ("raíz") y se refiere a un punto de vista profundo, que va a la raíz del asunto. Sin embargo se le confunde con palabras que nada tienen que ver con la profundidad, como fanático, extremista, irracional o violento.

Los radicales en política van a la raíz de los problemas y propugnan cambios profundos, pero sin desviarse de lo racional ni de lo razonable. Los radicales consiguen cambios que duran generaciones. Los fanáticos o extremistas llevan a cabo revoluciones que reproducen, cambiando de discurso y simbología, la injusticia y la desigualdad del régimen que han contribuido a derrocar.

Los extremistas no son guiados por la razón sino por la emoción. Parten de reflexiones con poca o ninguna base y las defienden no desde la lógica, sino desde sentimientos más o menos violentos: ira, odio, violencia verbal o física.

El fanático, según la RAE, es el que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas. Los fanáticos son peligrosos, pues convierten sus ideas en dogmas a los que, llegado el momento oportuno, deben sacrificarse las vidas de las personas, incluidas las de ellos mismos, como en el caso de los terroristas suicidas.

Los fanáticos y los extremistas tienen muchos puntos en común, pero a mi modo de ver no tienen nada que ver con los radicales, por más que se haya deformado el uso de esta palabra.

Los fanáticos y los extremistas no son realistas, por el contrario, distorsionan la realidad para acomodarla a su paranoia y a sus intereses.

Son impacientes. Sus objetivos tienen que lograrlos ahora mismo. No saben esperar.

Son totalitarios. El triunfo de sus ideas o proyectos no deja lugar a ninguna forma de crítica u oposición. La victoria ha de ser absoluta. O todo o nada. Negociar con extremistas es perder el tiempo, pues son insaciables, no se conforman nunca. Aborrecen los compromisos o acuerdos, si bien pueden utilizarlos como estrategia pasajera para conquistar el poder.

No admiten términos medios ni matices. El que no está con ellos, está contra ellos. Por ejemplo, en Galicia, el que no idolatra el gallego, es automáticamente calificado de "enemigo del gallego".

Son quijotescos y gustan de luchar contra molinos de viento confundiéndolos con gigantes. Prefieren combatir con enemigos irreales o imaginarios a los que hacen responsables de todos los males de la humanidad. A sus enemigos llegan a odiarlos a muerte. De ahí su tendencia a utilizar la amenaza de muerte (recordemos los gritos amenazantes de los mesócratas: "Gloria Lago, pim pam pum") o el asesinato como método para defender sus ideas (ETA-Batasuna con la justificación, la simpatía o el apoyo no disimulado del PNV).

El uso de la violencia verbal o física es el "argumento" preferido por el fanático. Es difícil llevarle la contraria a quien te está apuntando con una pistola. Al final el fanatismo si va a más y las autoridades competentes se muestran ambiguas o tibias frente a él, suele desembocar en el terrorismo. El terrorismo vasco o el islamista son dos buenos ejemplos de ello.

La victoria de los fanáticos o extremistas ha de ser completa, total e inmediata. Cualquier resto de oposición o crítica debe ser silenciado o eliminado. Los mecanismos racionales para conseguir cambios no les sirven. La racionalidad no encaja con su sistema de pensamiento.

No toleran ni escuchan las opiniones de los demás. Su ideología no sólo es la mejor, sino la única. Son intolerantes. Ven la realidad en blanco y negro. No admiten matices. Como en las antiguas películas de vaqueros sólo hay dos tipos de hombres: los buenos buenísimos y los malos malísimos.

Incapaces de pensar por sí mismos y sin la menor capacidad de autocrítica, son tribales, nunca actúan solos, sino en masa o en manada. Los miembros de su tribu no son responsables de sus actos, pues actúan por ideales que ellos consideran los más elevados e irrefutables. Quienes les llevan la contraria representan la maldad absoluta y deben ser neutralizados o eliminados.

Los fanáticos o extremistas se creen con el derecho de imponer sus criterios por la fuerza, sintiéndose la vanguardia y la élite de la humanidad, y se justifican con ideales de justicia, igualdad social, cese de la explotación o, en el caso actual de España, con utopías identitarias. Como los psicópatas, ni sienten remordimiento ni muestran la más mínima empatía por el que ha sufrido las consecuencias de sus actos. Por el contrario, la tortura, el sufrimiento o el asesinato de quienes consideran sus enemigos les mueve a reírse descaradamente y a celebrarlo con champán, si lo tienen a mano.

La hiperdemocracia (1) (es decir, la democracia débil, permisiva y acomplejada) es el caldo de cultivo ideal para el fanatismo. Todos los movimientos fanáticos o extremistas conocen perfectamente las grietas y puntos flacos de la democracia débil y los aprovechan al máximo, burlándose de ella. Cuando los políticos en vez de política, hacen "politiqueo", están destruyendo las bases del estado de derecho y abriendo un peligroso camino a cualquier forma de totalitarismo.

NOTA

1.- José Ortega y Gasset, "La rebelión de las masas": "Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos".


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