El paseo
06.02.08 @ 01:50:33. Archivado en Lengua materna
Cuando estaba cumpliendo el servicio militar, abrumado por la pérdida de tiempo que éste suponía para mí, escribí una novela corta titulada “El paseo”. Como por aquel entonces no existían los ordenadores personales ni las fotocopiadoras, hice varias copias del manuscrito original en un papel muy fino utilizando para ello papel de calco, también llamado papel carbón, que era el único método que me permitía hacer hasta cinco copias a la vez del mismo texto, aunque las dos últimas resultasen prácticamente ilegibles.
Cuando me licencié comprobé que en mi cartilla militar me habían asignado la especialidad de “desinfector”, es decir que en caso de guerra, supongo que mi oficio consistiría no en matar seres humanos, sino los piojos de los demás soldados, así como la desinfección de las instalaciones militares. De vuelta a Vigo, viviendo con mi padre, solía ir a tomar café a la cafetería “Tamanaco”, justo enfrente de mi casa, hoy desaparecidas ambas, la cafetería y mi casa, al ser fagocitadas (¡cómo no!) por la misma entidad bancaria. Tengo que decir que mis padres estaban separados, lo que constituía un terrible pecado que, en aquellos tiempos, debíamos expiar los hijos con humillaciones y marginaciones que ahora no hacen al caso. Allí, en el “Tamanaco”, propiedad de un gallego retornado de Venezuela, coincidía con uno de los escritores más prolíficos e influyentes del galleguismo cultural al que llamaré don Heriberto, pues no me parece correcto, a tenor de lo que sigue, decir su nombre y apellidos completos.
Mi padre, conocedor de mis aficiones literarias, nos presentó y me recomendó que entablase relación con él y, como buen hijo, así lo hice. Don Heriberto y yo charlamos así varias tardes, entre café y café, hasta que un buen día le dejé una de las copias de mi manuscrito de “El paseo”. Don Heriberto, que dirigía una importante editorial, lo leyó, le gustó y me dijo: “Podemos publicártelo, pero con una condición, que sea en gallego”. Y añadió: “Yo te lo puedo traducir, pero no debes decírselo a nadie”. Yo, que había sido un lector precoz de los clásicos castellanos, cuyas obras se encontraban arrinconadas en un armario inservible en casa de mi abuela, en Tuy, creo que no peco de soberbia si digo que ya entonces escribía un castellano bastante bueno. El castellano era la lengua que se hablaba en mi familia, en la que fui educado tanto en casa como en el colegio y por la que, además, yo sentía una especial atracción. El castellano era, en definitiva, mi “lengua propia”.
Recuerdo como si fuera hoy mis primeras lecturas. Cuando mis compañeros de colegio leían a Emilio Salgari o a Julio Verne, yo ya conocía y admiraba lo mejor de la literatura castellana: “El Quijote”, “El lazarillo de Tormes”, el “Cantar del mío Cid”, “La Celestina”, “El conde Lucanor”, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega, Tirso de Molina, Góngora, Baltasar Gracián, Jorge Manrique, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Ramón María del Valle-Inclán, Emilia Pardo Bazán, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Antonio Machado, las primeras obras de Camilo José Cela (para mí las únicas verdaderamente buenas): “La familia de Pascual Duarte”, “Pabellón de reposo”, “Viaje a la Alcarria”, “La Colmena”, “Tobogán de hambrientos”, etcétera.
A esa edad, puede decirse con toda propiedad que un servidor era ya un bicho raro, un auténtico tipo sospechoso de no se sabe qué, pero sospechoso al fin y al cabo. Recuerdo de un modo especial que “La Celestina”, escrita durante el reinado de los Reyes Católicos, estaba por aquel entonces totalmente prohibida para un adolescente, lo que me hacía vivir permanentemente en pecado mortal, ya que era incapaz de renunciar a tan apasionante lectura.
Volviendo a don Heriberto, cometí el gravísimo error de aceptar su propuesta y dejar que mi primera novela, escrita en castellano, fuese publicada en gallego en el año de desgracia de 1970. Recomiendo a los escritores jóvenes que por nada del mundo cometan el tremendo error que yo cometí y que me metió en un callejón sin salida al tratar de adaptarme a un galleguismo cultural que no iba conmigo, por más que hubiera nacido en Randufe (Tuy) en un barrio limítrofe entre lo rural y lo urbano. El ansia de publicar de un joven puede hacer que cometa errores de ese calibre. Si bien ya he logrado perdonarme a mí mismo, no cedí nunca a la pretensión de algunos de hacer de Galicia un país monolingüe en el que entran en conflicto el gallego, considerado como “lengua propia” de Galicia por el Estatuto hoy en día vigente, y el castellano, lengua de colonizadores, depredadores culturales y violadores de nuestra identidad.
Varios años más tarde me enteré de la razón profunda por la cual la publicación de mi libro en gallego había sido una decisión correcta por parte de don Heriberto y mi malestar carecía de todo fundamento: “Si vivieras en Francia, tendrías que publicar en francés, si vivieras en Inglaterra, tendrías que publicar en inglés, si vivieras en Alemania, tendrías que publicar en alemán. Pues bien, si vives en Galicia tienes que publicar en gallego”.
El 90% de la población de Vigo habla castellano. Yo fui educado en castellano. En mi familia nunca se habló en otro idioma que el castellano. Yo pienso, siento, escribo y sueño en castellano, pero vivo en un país que, al parecer, tiene una “lengua propia” que es el gallego y una “lengua impropia”, colonizadora, impuesta, ajena a nuestra idiosincrasia, que es el castellano. Yo siempre había creído vivir en un país bilingüe, pero resulta que la “verdad” oficial es otra. Galicia es y debe ser monolingüe en gallego y el castellano debe ser erradicado. Los gallegos que lo hablamos, lo pensamos, lo amamos y lo defendemos no somos verdaderos gallegos, sino gallegos de segunda.
Vivir para ver.
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Xoán Xulio Alfaya
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