Majestad, el pragmatismo tiene sus límites
30.09.07 @ 14:19:23. Archivado en Monarquía o república
No se juega con las cosas de comer. Eso me lo repetían de niño hasta la saciedad y, a lo largo de mi vida, he comprobado que no se trata de una frase baladí, sino que está cargada de razón y de sentido común. Don Juan Carlos I ha caído en la trampa de querer caerles bien a toda costa a quienes, por razones ideológicas, son esencialmente antimonárquicos.
Me refiero, por supuesto, a esa izquierda neoestalinista y aburguesada que padecemos en España. Don Juan Carlos se ha olvidado de que no todos los ciudadanos españoles son de izquierdas. También los hay de centro, de derechas, conservadores, liberales y, como en mi caso, ciudadanos consciente y orgullosamente desubicados, pero solidarios con la gente, en especial con los más necesitados, con los políticos honrados y, sobre todo, con la patria y sus instituciones que garantizan la buena convivencia y el buen funcionamiento de la economía y la cultura, tres pilares sin los cuales es difícil construir un verdadero Estado de Derecho, justo, solidario y democrático.
Somos muchos, casi diría que la mayoría, los que aceptamos la monarquía por puro y simple pragmatismo dado el nefasto resultado que dieron las dos repúblicas en España, sobre todo la segunda que terminó en un fiasco monumental y en una guerra civil que sembró nuestra patria de muertos y resentimientos; muertos y resentimientos que algunos parecen ahora empeñados en desenterrar no sé muy bien a cuento de qué.
Pero, ojo, Majestad, el pragmatismo tiene sus límites.
…
El coqueteo con la izquierda va dejando al Rey en creciente soledad
El Semanal Digital, 29 de septiembre de 2007
Luis Míguez Macho
Para un sector amplio de la sociedad, Don Juan Carlos se ganó su legitimidad en la Transición y el 23-F. Pero si aquélla se revisa de arriba abajo y éste queda ya muy lejos... ¿qué le resta?
Un observador extranjero imparcial podría, con toda razón, asombrarse del brusco cambio producido en la imagen del Rey Don Juan Carlos y, por extensión, de la Corona en España no ya en años, sino en unos pocos meses. De ser presentada con rara unanimidad como modelo de monarquía democrática, se ha pasado, con esos vaivenes tan típicos de la historia de nuestro país, a la grosería, que ahora ya no parece tan anecdótica, ¿verdad?, de un semanario satírico, a la que ha seguido, casi sin solución de continuidad, la quema diaria en efigie del Rey y la quema simbólica de su imagen en un libro demoledor.
Haciendo memoria... histórica
Sin embargo, ni la culpa es del incidente del oso Mitrofán, como señalaba un extraviado diario inglés, ni todo esto es tan repentino como parece. Bien al contrario, se ha fraguado en una sucesión de acontecimientos que no por conocidos es menos provechoso traer a la memoria en estos momentos.
Al acabar la Guerra Civil, apenas quedaban monárquicos en España. No los había en el bando perdedor, republicano por definición, pero tampoco abundaban en el vencedor. Si la monarquía se reinstauró fue única y exclusivamente por el empeño personal de alguien que sí era monárquico y nunca dejó de serlo, Francisco Franco. Así que cuando los partidarios del difunto Conde de Barcelona, que ahora lo son de su hijo, execran la memoria del anterior jefe del Estado, cometen algo peor que una injusticia.
El caso es que una parte del país aceptó más o menos dócilmente la solución monárquica, por una mezcla de lealtad a Franco y de sano temor a otra república (lo que no tiene nada de extraño viendo cómo acabaron las dos que ha habido hasta ahora); la otra parte, cuando recuperó su representación política, acabó transigiendo con la monarquía en el marco del gran pacto del que nació la vigente Constitución.
Pues bien, en aquel momento a alguien se le ocurrió que con esto no bastaba. Dando por sentado que la derecha sociológica había transferido sin más su lealtad del fallecido jefe del Estado al nuevo y que eso no cambiaría fácilmente, se decidió buscar algo más que la mera aceptación pasiva y renuente de la monarquía por la izquierda.
Contentar a la izquierda, despreciar a la derecha
No es un secreto a estas alturas que el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 se entiende mucho mejor, en medio de sus meandros de golpes y contragolpes cruzados, si se empieza por el final, es decir, por su resultado, que no fue sólo la desactivación de las Fuerzas Armadas como elemento político activo, sino también la adquisición por Don Juan Carlos de la legitimidad de la que carecía a los ojos de la izquierda.
Tras ello, la cordial convivencia entre el jefe del Estado sucesor de Franco a título de Rey y el primer presidente del Gobierno socialista de la actual etapa democrática, Felipe González, fue la confirmación del aparente éxito de una estrategia tan discutible como peligrosa. De hecho, alguno de los personajes de este drama histórico empezó a sobreactuar cuando al saleroso González le sucedió ese seco y antipático señor del bigote.
Que al Rey no le cayese muy simpático José María Aznar no tendría mayor trascendencia, si no llega a ser por el punto de inflexión que han supuesto los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004. Muchos todavía seguimos esperando, por ejemplo, un desmentido oficial desde La Zarzuela de las intolerables acusaciones de intento de golpe de Estado formuladas contra el Gobierno del PP por su actuación, irreprochable desde el punto de vista constitucional, en aquellos días de desconcierto.
Pero lo peor estaba por venir. Las buenas relaciones entre Jefatura del Estado y Presidencia del Gobierno se han reanudado con José Luis Rodríguez Zapatero, pero en un contexto que ya no es el de los tiempos de Felipe González.
Una derecha sociológica altamente comprometida y movilizada como es la actual no puede entender, de ninguna manera, los silencios clamorosos y, a la postre, cómplices, del monarca ante dislates como el nuevo Estatuto catalán o la negociación con ETA. Una izquierda radicalizada y que ha decidido enterrar la Transición necesariamente acaba revisando su aceptación de la monarquía en 1978, porque el 23-F ya está muy lejos y no hay amenaza de intervención militar en ningún horizonte que nadie se pueda plantear.
El final de un sueño vano
De esta manera, la estrategia de contentar a la izquierda, porque con la derecha se iba a poder contar siempre, ha acabado como suelen terminar los pseudo-maquiavelismos de quienes nunca han sido capaces de entender al sutil florentino: con el Rey solo, tan solo como lo estuvo su abuelo en 1931. Y si no se le va a echar, resucitando la vieja costumbre nacional de mandar a los Borbones al exilio, es únicamente porque vivimos en un tipo de sociedad muy estable donde las revoluciones no son imaginables.
Es el final de un sueño vano. La izquierda nunca querrá a la Corona, por más gracias y piruetas que ésta haga para contentarla. Pero algunas de esas gracias, que no la tienen en absoluto, han granjeado al Rey el desprecio de la derecha sociológica. Ahora lo que queda para defender la monarquía es el Código Penal, si alguien está dispuesto a aplicarlo.
NOTA: Artículo publicado con el permiso por escrito del autor.
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Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Ha metido en su casa a una divorciada republicana.
Está mordiendo la mano a quién le dió de comer.
¡Vaya tela!
Se olvida en el comentario que el PNV es de... derechas y CiU es de derechas, también.
Ambos partidos tienen categoría de partidos con posibilidad de gobierno, o con experiencia de gobierno. En el caso vasco, ELLOS están gobernando ahora.
El plantaemiento de "fallo" de la Monarquía es falso y no lleva a nada bueno.
No se entiende muy bien el fin último del autor de estas líneas.
Hay que esperar hasta dónde son capaces de llegar esos nacionalismos regionales para ver lo que va a hacer el gobierno de España.
De momento Rodriguez Zapatero condena y rechaza tajantemente el referendum de Ibarretxe.
No precipitarse en sacar conclusiones y analizar correctamente la realidad de unos partidillos NAZIS regionalistas es lo correcto.
Es lo.... REALISTIC
Saludos.
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Xoán Xulio Alfaya
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