Las consecuencias del nacionalismo
17.08.07 @ 23:12:35. Archivado en Nazionalismo coactivo
Los gobernantes catalanes no parece que se den cuenta de lo que está pasando. Los gallegos, por supuesto, ni se huelen lo que se nos avecina. Cuando en la clase política se combinan la falta de olfato con la miopía o incluso la ceguera, las consecuencias suelen ser desastrosas. Si, además, la ciudadanía está entretenida con las "cositas" que les ponen por la tele o que les inyectan por vía intravenosa las revistas del corazón, el pronóstico es realmente grave. Valgan, como muestra, estos dos artículos escritos desde perspectivas diferentes, pero coincidentes en lo fundamental.
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Madrid es un caos
Antonio Robles
Libertad Digital, 17/08/2007
Madrid se retrasa, se para, se colapsa, Madrid se apaga. Es la capital del caos, una aldea de medio pelo tercermundista. No hay día en que los metros no se paren y sus obsoletas infraestructuras se desconchen. Sus redes no llegan a los barrios periféricos, sus autovías y autopistas se colapsan cada fin de semana, ya nadie confía en los desplazamientos aéreos; para colmo, la red eléctrica se desploma dejando empresas, restaurantes y oficinas fuera de servicio durante semanas.
¿Qué hubiera pasado si el caos de Barcelona hubiera sido en Madrid como describo más arriba? Pues algo así: "¿Hasta cuando tenemos que sufrir los catalanes esta afrenta? ¿Por qué nos hemos de resignar a vivir en África, pudiendo ser europeos? España es un mal negocio. Madrid, corte y villa de militares y curas, aristócratas y arrendatarios, todas gentes ociosas y rentistas. Cataluña ha de desengancharse de regiones enteras viviendo del paro y del cuento a costa del saqueo de la balanza fiscal catalana. El abuso histórico se hace tan insoportable que uno de nuestros mayores patriotas, Xirinacs, se acaba de quitar la vida para dejar de ser 'un esclavo en unos Països Catalans ocupados por España, Francia e Italia'."
Ante los reveses o catástrofes de ciudades o comunidades autónomas, el Estado reacciona ayudando; en cambio, la actitud del nacionalismo ante las desventuras o fracasos del proyecto español es la de largarse.
Demasiado tiempo creyéndonos el ombligo del mundo, en Cataluña hemos ido de sobrados, mirando por encima del hombro a la España tercermundista en la que todo nacionalista tiene necesidad de creer. No se han dado cuenta que hoy las Hurdes están en los túneles del barrio barcelonés del Carmelo y las fábricas y liceos de principios del siglo pasado en cualquier bosque de grúas de Madrid, Valencia o el desierto del Ejido.
Esta retahíla de estereotipos ya no se los cree casi nadie, ni siquiera quien aún los sigue utilizando en Cataluña. Alguna cosa buena tenía que tener el caos que estamos viviendo en Barcelona. Es el primer fracaso real del nacionalismo. Suele pasar: toda mentira colectiva convertida en realidad virtual acaba por desmoronarse ante la realidad a secas. Y como no hay mejor cuña que la de la misma madera, han debido ser los números del presidente de Endesa, Manuel Pizarro, quien, en comparecencia en el Parlament de Cataluña el pasado 13 de agosto, desmintiera con sus cifras el constante victimismo del nacionalismo empeñado en acusar al Estado de expoliar la economía de Cataluña: FECSA-Endesa realizó en Cataluña el 40% de sus inversiones, la mayor del Estado, a pesar de que los beneficios dejados han sido del 22%.
Son ya demasiados años perdidos en la obsesión nacional, demasiadas energías políticas concentradas en cuestiones menores como la identidad y la lengua. Tanto autismo nacionalista nos ha impedido centrarnos en los problemas reales de cualquier sociedad: el paro, la vivienda, la sanidad, la educación, los transportes, la seguridad, las infraestructuras, etc. Y ahora, después de 27 años de abuso, el exceso comienza a pasar factura. Mientras Barcelona dilapida su fama de ciudad productiva, europea, cosmopolita, abierta, tan costosamente construida durante más de un siglo y medio, Madrid se abre al mundo, construye kilómetros de metro para unir la capital con el cinturón rojo, crea y descentraliza hospitales, proyecta peatonalizar todo el centro o sotierra la M-30 bajo el río, recupera la Ribera del Manzanares, construye tres veces más pisos de protección oficial que en Cataluña y se convierte, más que nunca, en el rompeolas de todos los exiliados de España.
El problema no es de los catalanes, sino del nacionalismo. De cualquier nacionalismo. Sirva para demostrarlo una anécdota: En el artículo de hace dos semanas: Vinos de Arribes del Duero, donde trataba de reivindicar viñedos, paisajes y formas de vida de una región muy empobrecida, recibí varios correos indignados por situar a la tal región de los Arribes en el "extremo oeste de la meseta castellana". A los leonesistas les ha parecido una afrenta a su identidad. Era todo lo que les preocupó del artículo. Mientras, el problema vital y real de esta región no les mereció ni un solo comentario.
Esta obcecación por las señas de identidad y el ombligo lleva al nacionalismo a crear problemas donde no los hay y a dejar de resolver los que merecerían atención. Si en vez de abrir embajadas en el extranjero, dedicaran ese dinero a liberar peajes en las autopistas, o si en vez de repartir cientos de millones públicos a asociaciones independentistas en Baleares, Valencia, el Alguer o Québec, los dedicaran a revisar las infraestructuras eléctricas tendrían para bien poco, pero al menos su atención estaría centrada en los problemas reales.
Barcelona y Cataluña han de aprender de los hechos. Durante décadas una y otra han estado a la cabeza del bienestar en España. Su declive ha comenzado con los nacionalistas. Rectificar es de sabios.
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¿Se hunde Cataluña?
Jorge Trias Sagnier
La Gaceta de los Negocios
15/08/2007
Cuando comenzó a discutirse la conveniencia de la reforma del Estatuto de Cataluña, hará dos años y medio, publiqué un artículo —El hundimiento de Cataluña— que tuvo una sonora repercusión. Si a una sociedad, representada por su clase política, le interesa más el psicoanálisis social que la solución de sus problemas, preguntarse constantemente sobre qué y quién soy más que cómo hago esto o lo otro, está avocada a que le pase como a la Argentina y los argentinos, que se fueron metiendo en un pozo ciego sin fondo del que no saben salir, y tienen ahora que echar mano de osados y adinerados terapeutas como el venezolano Chaves.
Luego escribí en Papeles FAES un análisis en el que ponía de manifiesto las absurdas propuestas del nuevo Estatuto, carentes todas ellas de sentido práctico y que no añadían nada al bienestar de los ciudadanos. La Vanguardia resumía hace unos días la legislación que se modificaba con el nuevo Estatuto: Ley electoral, organización territorial, haciendas locales, régimen especial de Arán, designación de senadores, consultas populares, poder judicial, Parlamento, presidente y Consejo Ejecutivo, Síndic de Greuges, Sindicatura de Cuentas, función pública, etcétera. ¿Hay alguno de estos temas que pueden influir para mejorar los múltiples problemas que acechan a los catalanes y que, de forma descarnada, han aflorado este verano? Absolutamente ninguno. De ahí el creciente desinterés por la política y el inicio, especialmente en la buenista Barcelona, de formas desesperadas de protesta, al modo argentino, como las caceroladas.
Claro que esto no es nuevo ya que en Cataluña se da un tipo de personaje a mitad de camino entre el esperpento y lo patético, como este que acaba de suicidarse, mosén Xirinacs, que cuando se presentó a Senador sacó nada meno que, ¡el mayor número de votos que se han cosechado en Cataluña! ¿Comprenden por qué individuos o individuas como los de la Esquerra o como los de Iniciatives, tipo Mallol, tienen predicamento en Cataluña? También a principios de siglo, Cataluña fue el paraíso del anarquismo y los pistoleros campaban libremente por las calles barcelonesas y sus arrabales. La reacción, después de la Guerra Civil, fue también espectacular, ciclotímica, pues no se conoce en ninguna otra parte de España un apoyo mayor al franquismo que el que “el Caudillo” tuvo en Cataluña.
López Burniol, notario y lúcido ensayista, escribió el jueves pasado un artículo muy explicativo de lo que estaba pasando, en El Periódico de Barcelona, donde advertía de la gravedad de la situación. La vinculación catalana a España, decía, se justificaría para una buena parte de catalanes por el buen funcionamiento y servicios que podía ofrecer el Estado. Y el balance sobre ese funcionamiento sería, ahora, manifiestamente mejorable. No se olvide que en el siglo XVIII pocos territorios estuvieron más vinculados a la Corona de España como Cataluña. Intelectuales como Dou o Finestres sostenían que hasta la llegada de los Borbones esa tierra era como un cuerpo cadavérico y sin alma. Pero fue tal el desencanto que produjo el ver, por el contrario, a toda la intelectualidad española denigrar a su propia patria, como ocurrió con los escritores del 98, que arraigó en Cataluña un fortísimo sentimiento independentista, de cuya herencia e impulso se vive todavía sin que se den cuenta sus actuales políticos de los muchos giros que ha dado el mundo. Por esa razón hay algo que no debería fallar en Cataluña como es la eficacia del Estado.
El resultado de todo esto es una relación difícil entre España y Cataluña, pues España y Cataluña son, a veces, se quiera ahora o no, nos guste o disguste, realidades nacionales diferentes. Es muy probable que de todo este galimatías sean los catalanes los principales perjudicados. Es cierto, también, que los gobernantes catalanes no parece que se den cuenta de lo que está pasando y, en lugar de asumir sus propias responsabilidades, la Generalidad, sin calibrar si las podrá asumir, exige más competencias. Y no creo que en estos momentos el problema sea de competencias sino de competencia, que es algo sustancialmente distinto.
Cataluña no creo que se hunda. España, que va como un tiro, mucho menos. Pero se pasarán momentos muy difíciles. Si hubiese un partido que tuviese las ideas claras, que no fuese nacionalista y que no hubiese estado contaminado por tantos años de gobierno y de desgobierno, tanto municipal como autonómico, podría ahora tener su gran oportunidad. Pero el PP está de veraneo. Mariano Rajoy no ha puesto este verano atormentado los pies en Cataluña. ¿Dónde está Mariano?, se pregunta mucha gente que conoce donde está el gran caladero de votos catalanes. Pero Mariano, al menos en Cataluña, de momento, ni está ni se le espera: está de veraneo. Y mientras tanto, la galera cuatribarrada, como si la ensoñación de la independencia pudiese salvarla del hundimiento, cada vez se aleja más de la costa española.
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Xoán Xulio Alfaya
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