La Homeopatía y las nalgas de la Ministra
03.05.06 @ 01:29:14. Archivado en Fraudes Políticos, Fraudes Científicos
Fernando L. Frías Sánchez (Círculo Escéptico)
Doña Elena Salgado, como ciudadana, tiene todo el derecho del mundo a creer en la homeopatía, o la imposición de manos, o las propiedades curativas de las pirámides. Pero doña Elena Salgado, como Ministra de Sanidad, no puede sentar sus nalgas en el Comité de Honor en un Congreso dedicado a una pseudoterapia que no ha demostrado nunca su efectividad, por muchos intereses económicos que haya en juego o por mucha popularidad política que pueda obtener con su presencia en el acto. Su obligación como Ministra es procurar que los ciudadanos recibamos asistencia sanitaria de calidad, y eso incluye como mínimo evitar que pueda parecer que avala terapias dudosas o inefectivas.
En el campo de las pseudomedicinas suele ocurrir que, o bien contradicen principios científicos perfectamente conocidos y comprobados, o bien su efectividad, una vez sometida a los pertinentes controles clínicos, resulta ser nula. Sin embargo, hay una notable excepción: la homeopatía. La disciplina que ideó Samuel Hahnemann a finales del Siglo XVIII tiene el raro privilegio de contravenir los conocimientos científicos y, además, haber demostrado que es absolutamente ineficaz.
Respecto al fundamento teórico de la homeopatía, basta revisar someramente sus postulados esenciales para darse cuenta de que, más que "acientíficos", habría que calificarlos como "anticientíficos". Así, si la idea de la "curación por los similares", hoy en día resulta totalmente insostenibles. Por un lado, la enfermedad no se debe tratar atendiendo únicamente a su sintomatología, entre otras cosas porque el mismo síntoma puede deberse a causas diferentes, y la misma enfermedad puede manifestarse de manera distinta en cada paciente. Y por otro lado, la tesis de que la curación de una enfermedad se pueda llevar a cabo administrando una sustancia que provoque síntomas parecidos no tiene más fundamento que el de una creencia en la magia simpática propia de las sociedades precientíficas, pero sin ninguna relación con lo que ocurre en el mundo real.
De hecho, lo que puede ocurrir al administrar este tipo de sustancias es que se agrave el estado del paciente, como tuvo ocasión de comprobar el mismo Hahnemann, a pesar de lo cual no abandonó su disparatada idea. Simplemente añadió la norma de las "diluciones infinitesimales", según la cual la potencia de una sustancia aumenta conforme aumenta su grado de dilución. No sólo los conocimientos científicos, sino la simple experiencia diaria nos demuestra que lo que ocurre es justamente lo contrario, pero la práctica homeopática no tiene tampoco el menor reparo en alejarse de la realidad en este punto, hasta el extremo de administrar "medicamentos" en los que la sustancia activa ha sido tan diluída que sencillamente ha desaparecido. En definitiva, se trata tan sólo de excipiente (agua destilada, alcohol o lactosa) sin más rastro de su supuesto carácter medicinal que su calificación como "medicamento homeopático" y, por supuesto, su elevado precio de venta.
Estas y otras muchas consideraciones, sin embargo, no servirían de nada si la homeopatía hubiese demostrado su efectividad. Sin duda habría que replantearse buena parte de nuestros conocimientos sobre química, física, biología o medicina, pero si la homeopatía demostrase que en efecto cura, merecería la pena reescribir todos esos libros de texto.
Pero resulta que tampoco es así. Como publicó el año pasado la revista "The Lancet", los llamados "medicamentos homeopáticos" no sólo son simplemente agua destilada, sino que su efectividad es también exactamente la misma que la del agua destilada. O sea, ninguna.
En definitiva, así están las cosas, y tanto desde el punto de vista teórico-científico como desde el práctico no queda más remedio que reconocer que la homeopatía se encuentra al nivel del vudú, el rezo del rosario tibetano, los remedios hortifrutícolas de Paco Porras o la vieja práctica de esquivar a los gatos negros. Con la única diferencia de que la homeopatía es mucho más cara que cualquier otra de estas majaderías (excepción hecha, quizá, de los mejunjes de Paco Porras).
Porque la cuestión es en el fondo esa: desde el punto de vista médico, la homeopatía no pasa de ser una mera superstición, pero desde el punto de vista económico resulta un gran negocio, con miles de pacientes ávidos de que les receten agua destilada, numerosos profesionales con pocos conocimientos -o con pocos escrúpulos- deseando recetárselos, y unas cuantas multinacionales pseudofarmacéuticas encantadas de fabricarlos para ellos.
Y para mantener e incrementar el negocio, nada mejor que introducirse en los sistemas sanitarios, tanto los privados como especialmente los públicos.
De modo que no es extraño que esa respetabilidad que no pueden ganarse con sus fundamentos científicos o con su efectividad la busquen a través del reconocimiento público, con iniciativas como el Congreso Nacional de Homeopatía que se celebra en Tenerife y de cuyo Comité de Honor, por lo visto, forma parte nada menos que la Ministra de Sanidad
Que es el quid de la cuestión. Doña Elena Salgado, como ciudadana, tiene todo el derecho del mundo a creer en la homeopatía, o la imposición de manos, o las propiedades curativas de las pirámides. Pero doña Elena Salgado, como Ministra de Sanidad, no puede sentar sus nalgas en el Comité de Honor en un Congreso dedicado a una pseudoterapia que no ha demostrado nunca su efectividad, por muchos intereses económicos que haya en juego o por mucha popularidad política que pueda obtener con su presencia en el acto. Su obligación como Ministra es procurar que los ciudadanos recibamos asistencia sanitaria de calidad, y eso incluye como mínimo evitar que pueda parecer que avala terapias dudosas o inefectivas. Y por esa razón hemos redactado esta carta para la que contamos con tu apoyo.
P.S.: Y aprovecho para dar las gracias a Manolo el Más por su aviso sobre dónde sienta sus nalgas la Ministra.
P.P.S.: Nalgas ministeriales cuya presencia en el título de esta entrada, por si alguien no ha caído, es simplemente un guiño a Steven Jay Gould.
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Lois López Vilas
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