Fratría

Vattimo y la crisis

03.02.13 | 19:28. Archivado en Meditaciones

Es mérito de Gianni Vattimo haber criticado al capitalismo contemporáneo mucho antes de su crisis actual, cuando aparecía como arrogante y casi invencible. Pero en su último libro, escrito con su discípulo Santiago Zabala, el filósofo italiano afila sus argumentos críticos no sólo contra el capitalismo sino también contra la democracia liberal, a la que nuestros autores denominan irónicamente la “democracia emplazada”: emplazada como una empalizada o “fuerte” frente a sus adversarios débiles o debilitados tachados de comunistoides o anarcoides. Pues bien, nuestros autores recogen el reto y se declaran sin complejos como comunistoides y anarcoides, representantes de un comunismo siquiera débil por cuanto pasado por la hermenéutica relativizadora.

El libro que comentamos de Vattimo y Zabala se titula precisamente Comunismo hermenéutico (Herder, Barcelona 2012), y en él se defiende frente a la democracia capitalista un comunismo débil. Hablar de comunismo hoy resulta obviamente provocativo de lo establecido, pero también convocativo de la izquierda dispersa, evitando el término conservador de comunitarismo, así como el más atrabiliario de comunalismo. Sin duda los autores agitan el fantasma del comunismo como un espectro o daimon, capaz de poner en solfa al neoliberalismo imperante. Un tal espectro tiene hoy el aspecto del socialismo latinoamericano propio de Lula, Chávez, Morales y demás socios del nuevo comunismo democrático en Sudamérica.

Los autores del libro centran su crítica filosófico-política contra el realismo raciopositivista y su idea de una verdad objetiva y absoluta que se impone como democracia formal desde el centro del imperio (norteamericano) a pesar de Obama, y que estaría en la base de la ideología oficial de nuestro tiempo. Dicha idea de verdad objetiva y absoluta es dogmática e impositiva, estatuida oficialmente de arriba abajo, de un modo platónico u olímpico, imperial e imperiosamente. Frente a este dogmatismo de la verdad, que se verifica en la autoafirmación belicosa de la democracia liberal (capitalista), nuestros filósofos abogan de nuevo por una hermenéutica abierta y plural, relativizadora de todo absolutismo y fundamentalismo, de todo centralismo o hegemonía. El pensamiento débil de Vattimo debilita semejante dogmatismo, reclamándose de un Hermes como dios heterodoxo y anarcoide que inspiraría las obras liberadoras o emancipadoras de Lutero y Freud, Popper y Kuhn, Nietzsche y Heidegger, Wittgenstein y Benjamin, Derrida y Rorty.

La crítica central del libro que comentamos se dirige contra el pensamiento único, objetivista y esencialista de tipo naturalista, en nombre de un culturalismo humanista, historicista y relativista. Nuestros autores exhiben un cierto aire romántico y utópico frente al realismo realista o regio reinante, proyectando la libertad de interpretación crítica de signo contracultural. Tanto Vattimo como Zabala reniegan de la verdad clásica porque en el fondo la verdad es la muerte (mortífera), una verdad insoportable en-sí, y solo soportable a través de la cultura humana o humanizadora como sublimación vital de la verdad mortal. Echo de menos al respecto en el libro la evocación de la figura clave de Schopenhauer, el filósofo genial que corrosiona el optimismo de nuestra civilización occidental positiva y positivista, en nombre de una hermenéutica radical de carácter pesimista, negativista y nihilista. Un nihilismo respecto a la realidad dada o natural que solo se supera o supura a través de la cultura, sea estética (contemplación), ética (compasión) o religiosa (místico-ascética).

La alternativa de Vattimo y Zabala a la democracia liberal reinante presenta un cariz específicamente político aunque de fondo cultural, criticando la verdad mortífera del capitalismo digamos que abstractivo (porque abstrae del mal ajeno). Pero la compresencia de Schopenhauer hubiera significado aquí una radicalización hermenéutica por su interpretación pesimista del mundo, el cual no obtendría una fácil alternativa política, sino a raíz de una revisión de la vida presuntuosamente optimista que asuma el pesimismo de la muerte y la mortalidad real y simbólica (la pobreza). Y es que solo un Dios pesimista, como es el schopenahueriano sea cristiano o budista, puede salvarnos del optimismo de los optimistas, los cuales son por definición los que se pueden permitir serlo en medio de la miseria colectiva.
El pesimismo schopenhaueriano respecto a una posible salvación o liberación del hombre en este mundo, conduce directamente a un principio de desheroificación y compasión radical, frente a todo heroísmo fatuo u optimismo sea ilustrado o desilustrado. La voluntad vital que en Schopenhauer es la esencia del ser no logra su afirmación sino asumiendo paradójicamente su fracaso simbolizado en la muerte y el mal, de modo que el sentido de la vida se yergue aquí sobre el sinsentido de la muerte. Esto nos lleva a una actitud existencial caracterizada por la “compasión” tanto propia como ajena, tanto del pobre hombre en general como del hombre pobre en particular. La hermenéutica de la existencia se basa así en la compasión del hombre por el hombre abocado a la muerte, lo que trasforma la voluntad de vida en asunción crítica de esa muerte, reconvirtiendo la voluntad de vida en muerte de esa voluntad heroica y expansiva, optimista o insensata, asumiendo el “decrecimiento”, la finitud y la contingencia para su remediación simbólica o cultural, humana o humanizadora.

Precisamente la música simboliza esa armonización de la vida y la muerte, de la voluntad expansiva y su impansión mortal, de la verdad mortal o mortífera y del sentido vital o existencial. La música es voluntad sublimada, expansión impansiva, vida trasfigurada, ruido armonizado y consonancia de disonancias o contrastes. La hermenéutica musical ofrece una coimplicación de contrarios en un contínuum sonoro rítmicamente discontinuo. La auténtica democracia consistiría en una política musical basada en la concordancia disordante o discordia concordante, un lenguaje que articula lo desarticulado de un modo no racional-abstracto sino relacional-concreto. O la música como relacionismo hermenéutico situado entre el absolutismo de la verdad (muerte) y el relativismo de la vida, a modo de sentido simbólico que media y remedia los opuestos en un relaciocinio abierto ( y no en un raciocinio cerrado u obturado).

He aquí que el comunismo nos liberó del fascismo, y la democracia nos liberó del comunismo. Una auténtica democracia (radical) debería ser el hermanamiento de la igualdad (comunista) y de la libertad (liberal) en un interlenguaje, capaz de articular lo desarticulado y destartalado de un modo horizontal y no vertical, de abajo arriba y no de arriba abajo, coimplicativa y no desimplicativamente, compasiva y no evasivamente.


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