El Blog de Francisco Margallo

Los santos que nunca serán canonizados

20.01.19 | 09:08. Archivado en Jesucristo

Sanz del Río o la humanidad sagrada

En 1869 moría plácidamente en Madrid el patriarca del krausismo español, don Julián Sanz del Río. A muchos de nosotros _sobre todo, a través de los juicios del nacional-católico don Marecelino Menéndez y Pelayo_ el nombre de Sanz del Río nos olía a azufre de los mismísimos infiernos

Sin embargo, en su entierro en el cementerio civil de Madrid hubo un sacerdote que se atrevió, entre el silencio respetuoso y religioso de todos aquellos "condenados", a pronunciar una pequeña homilía fúnebre, altamente ofensiva a los oídos catolicísimos de los que por aquellas calendas monopolizaban la patente de "Iglesia católica". Esta fue la homilía:

Señores: el catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Madrid, a quien acabamos de inhumar, pensó en Dios. Hacía diariamenente examen de conciencia y se confesaba, dijo en sus últimos momentos, con Dios todos los días. Contemplaba de continuo en la clarísima inteligencia de su razón las ideas y relaciones que unen al hombre con el Ser Supremo, mediante el sentimiento religioso.

Ha dejado escrito con toda unción como piedad que "cuando el temor reverencial y el amor a Dios llenan el espíritu y el ánimo, engendran la fuerza de la virtud y el recto obrar; que en la comunicación con Dios renace el hombre a nueva vida; que la religión es el principio y el fin de cada vida humana, y aquél vive realmente que vive en Dios y procurarle imita". En la unidad de su pensamiento y de su vida reinó además un sentido hondamente cristiano.

Doctor don Julián Sanz del Río, hombre digno, buen patricio, leal compañero y amigo, distinguido profesor, descansa en paz.¡Adiós! te decimos por última vez los aquí agrupados en torno a tu fosa sepulcral...En tanto que tu reposas y vives en las eternas y serenas regiones del infinito...

¿Quién era ese sacerdote que hace más de un siglo se atrevió a penetrar en el recinto "maldito" de un cementerio civil y pronunciar unas palabras "cristianas" ante el cadáver de un ex católico y, por añadidura, contagiado de la filosofía de Krause?

Como es lógico, esta actitud produjo un enorme escándalo en el mundo bien pensante de la villa y corte. Sabemos que a mediados del mismo año, el audaz clérigo pronuncia un sermón con motivo de la inauguración de un monumento a las víctimas de Mallona que habían combatido allí mismo a las huestes carlistas en 1837. Es su último acto como sacerdote. A partir de entonces abandona el ministerio sacerdotal, si bien no dejó de vestir la sotana hasta el final de su vida.

Es verdad que en el sermón de Bilbao no hay nada contra el catolicismo ni nada que haga sospechar la existencia en él, de una crisis religiosa. Sin embargo, cuando unos meses después le escribe a Nicolás Salmerón, hablándole del mismo, lo califica claramente de "ultimo sermón de un sacerdote que ha perdido la virginidad de de su fe, pero que ha ganado en cambio la maternidad de la razón y de una nueva creencia en Dios; y que después de las fatigosas horas que preceden a todo alumbramiento, vive hoy la vida de la conciencia con fuerzas antes desconocidas, y en medio de un bienestar tan tranquilo, plácido y sereno, que ni la duda le atormenta, ni la calumnia le contrista, ni el fin de la vida le preocupa"...

Pero el "santo" de hoy no es este cura, sino el filósofo
Julián Sanz del Río: hijo de modestos labradores, nació
en Torreávalos (Soria) en 1814; y, habiéndose quedado huérfano, fue educado por su tío Fermín A. del Río, a la
sazón caónigo de Córdoba. Estudió en Granada, en cuya universidad llegó a profesar Derecho Romano. Después pasó a Heidelberg, donde sigue los cursos de dos discípulos de Krause: Roeder y Leonhardi.

En diciembre de 1844 regresa a a España a causa de la muerte de su tío. Nombrado catedrático de Filosofía de la Univesidad Central, en 1845, rehusó tomar posesión de la misma, alegando insuficiente preparación, y se retiró al pueblo de Illescas. Sólo en 1853 solicitó una cátedra, que le fue concedida en 1854.

Comenzó entonces su fecunda época de magisterio y de trabajo original, que debía durar hasta su deposición por el ministro Orovio, 1867, en la que culminó una serie de persecuciones.

La Revolución de 1868 repone a todos los catedráticos y entre ellos a Sanz del Río, a quien se le ofrece el rectorado de la Central, cargo que él declina, para que cayera en el misterioso cura, que será el próximo "santo" de nuestro calendario apócrifo.

Ver: JM. Gonzalez Ruiz, Los santos que nunca serán canonizados Ed Planeta 1979


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