El Blog de Francisco Margallo

Virtudes públicas en J. Ortega y Gasset

10.09.18 | 09:05. Archivado en Virtudes públicas

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Virtudes públicas o laicas
en José Ortega y Gasset

Capítulo X

El socialismo

Socialismo y democracia

La democracia precisa del socialismo, dirá Ortega al hablar de la socialización de la escuela, porque socializar al hombre es hacer de él un trabajador en la magnífica tarea humana. Si la sociedad es cooperación, los miembros de la sociedad tienen que ser antes que nada trabajadores. (Socialización de la escuela I, 517-521).

En esta tesis laten la doctrina de su maestro Natorp y de Rosa Luxemburgo. La influencia del primero está referida a lo que dice sobre la socialización del individuo, que hemos visto en el capítulo anterior. La convicción de la dirigente socialista era esta: No hay democracia sin socialismo, no hay socialismo sin democracia. Sobre esta tesis ha dicho Ernst Bloch: Esa es la fórmula de un efecto recíproco, llamado a decidir el futuro. El socialismo es para él la herencia de las utopías sociales de la liberación económica y del final de la miseria.

Entre nuestros políticos actuales, el que fuera diputado de Izquierda Unida, Pablo Castellanos, ha hablado también de la necesidad de socializar la política. Esto le parece el proyecto más atrayente frente a la privatización que los profesionales del puesto público quieren ir consagrando y llamando sarcásticamente "una democracia representativa" (El País 4-X-1981).

También la teología posconciliar ha hablado sobre el tema y dice que en las instituciones representativas hay siempre sumisión a una imagen visible y esto es idolatría. Esta idolatría política y la alienación brotan cuando el poder de los representantes sobrepasa el de los representados y cuando el pueblo se inclina ante su gobierno.

Esta degeneración política se evitaría si las instituciones democráticas se abrieran más a los ciudadanos y les ofrecieran cauces de participación en ellas. En este sentido los políticos han forzado poco la imaginacion, cuando ellos deberían educar paulatinamente la responsabilidad de los ciudadanos en los asuntos públicos de modo que la política deje de ser cosa de una minoría. Una vez más el magisterio de Ortega es muy valioso al tratar de despertar una actitud vigilante en el ciudadano sobre lo que acontece en la vida pública.

A pesar de todo hemos de decir que la función de los políticos es positiva y que no hay que achacarles a ellos todos los males que pueda padecer la sociedad. Entre otras cosas porque todos estamos implicados de alguna manera en el mal social. Es preciso escuchar una vez más a Ortega cuando dice: "No vivimos mal porque ejecutamos una mala política, sino al contrario, nuestra irrisoria política es consecuencia de nuestra anemia vital" (El gobierno que se ha ido X, 346; Ideas 381).

Por lo que no es importante castigar los abusos de los gobernantes, sino sustituir los usos de los gobernados. Porque los mismos defectos que atribuimos a los funcionarios de la vieja política los encontramos en la conducta de los ciudadanos. Y la misma incompetencia de los parlamentarios, su arbitrariedad y caciquismo se dan en el ingeniero, el industrial, el agricultor, el catedrático etc. En España, con ser detestables los viejos políticos, son aún peores los viejos españoles, esa masa inerte y maldiciente sin ímpetu ni interna disciplina.

Por consiguiente, la curación de España es faena mucho más grave, mucho más honda de lo que suele pensarse. Tiene que atacar estratos del cuerpo nacional mucho más profundos que la política, la cual no representa sino la periferia o el cutis de la sociedad. (Sobre la vieja política XI, 30-31). Al hablar del espíritu de la Liga de Educación Política insiste en su tesis diciendo: Vivimos una época en que cada uno ha de tener claro su sentir sobre los asuntos de la nación.

Él, por su parte, reitera que con ser mala la política de los veinte últimos años, le parece mejor que la vida no política, es decir, ciudadana. Los vicios de la política no nacen de ella misma, sino que llegan a ella torrencialmente de la cuenca social.

Y pone unos ejemplos que corroboran lo que dice: el ministro de Hacienda suele ser incompetente, pero ¿acaso no lo es más el financiero privado? El juez es injusto, pero ¿no lo es en todo instante el español de tipo medio en cada uno de sus actos?. "Somos una raza desmoralizada, y mientras no nos reeduquemos, todo será vano. ¡Educación, cultura! Ahí está todo. Esa es la reforma sustancial".

Insistiendo en la Liga contra la Incultura dirá asimismo: la reforma sustantiva de nuestra nación tiene que ser de nuestra sociedad y no de nuestra política" (Ideas políticas XI, 48-49).Pedro Cerezo comentando todo este pensamiento de Ortega llega a la conclusión de que el mal de España afecta a la médula social y sólo en la transformación de la vida social pueden hallarse motivos de esperanza.

Pero esta transformación social choca con el pequeño burgués que somos el tipo medio de los ciudadanos españoles, que hace que triunfen siempre la moral y la ideología burguesas. "España es el paraíso de la pequeña burguesía. Y mientras sea así no podemos pensar en reforma alguna" (Vaguedades XI, 50-52).

Esta actitud es más frecuente en los ambientes rurales y provincianos, por lo que él tenía mucha fe en la descentralización del poder de las autonomías. Pensaba que al tener cerca la dirección de los asuntos públicos que les concernían directamente y les eran más conocidos, los ciudadanos se sentirían obligados a participar en ellos (Discurso en Segovia XI, 133; Puntos esenciales 139-140).

En su afán de despertar la sensibilidad de los ciudadanos hacia la vida pública Ortega insiste ahora con un doble argumento: Que todo ciudadano tiene siempre algo concreto y oportuno que decir y que en un pueblo hay tanta mayor energía cuanto mayor sea el número de cabezas que colabore en la vida pública. El está convencido de que en todo hombre hay, junto a la conciencia moral que, insobornable sentencia sobre nuestros propios actos, una conciencia política que, en oposición a lo que sostenemos públicamente, nos dice qué es lo que hay que hacer (Las provincias deben rebelarse contra toda candidatura de los indeseables XI, 341-344).

Digamos finalmente con nuestro autor que para contrarrestar la apatía política ciudadana, que hiere a la democracia, no tiene sentido pedir a las gentes que se interesen por un Estado que no les interesa, por el contrario, es menester inventar un Estado que interese a las gentes, y solo entonces se conseguirá hacer de ellas ciudadanos que se corresponsabilizan con el Estado.

Y respecto a que no existe opinión pública entre la ciudadanía, diremos en la misma lógica que no se opina sobre lo que no se siente, por lo que en lugar de lamentar que los españoles no sienten las cuestiones públicas, lo que deben hacer los políticos es suscitar cuestiones que puedan ser sentidas por la gran masa española, aportando a la par medios para que esta sensibilidad no se pierda, sino al contrario, se acumule y organice como la mejor forma de permanecer.

Todo esto lo razona Ortega desde una mentalidad socialista, que es la que puede soñar y hacer realidad algún día este ideal (La Redención de las Provincias. Provincianismo y Provincialismo XI, 179 y 244)

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