El Blog de Francisco Margallo

Teología de J. Ortega y Gasset. Evolución del Cristianismo

16.06.18 | 09:08. Archivado en Cristianismo, Ortega y Gasset

La teología de J. Ortega y Gasset leída a la luz
de la surgida del Concilio Vaticano II

Capítulo I

El lenguaje de la Teología
en un Mundo laico

1.Fenomenología de las palabras

Siguiendo lo que podemos llamar la fenomenología orteguiana de las palabras, digamos que él distingue entre hablar y decir, como para evitar el abuso y desperdicio que se ha hecho de ellas. Y, sobre todo, para resaltar que el verdadero significado de las palabras es el que tiene cuando son dichas. Es preciso observar también que en la acción de hablar, de comunicarnos verbalmente, el lenguaje es uno de los ingredientes, no el único; es un texto que para ser entendido necesita siempre de ilustraciones.

"Estas ilustraciones consisten en la realidad viviente y vivida desde la cual el hombre habla; realidad por esencia inestable, fugitiva, que llega y se va para no volver. De todo lo cual resulta que el sentido real de una palabra no es el que tiene en el diccionario, sino el que tiene en el instante. Por eso, tras veinticinco siglos de adiestrarnos la mente para contemplar la realidad sub specie aeternitatis, tenemos que comenzar de nuevo y forjarnos una técnica intelectual que nos permita verla sub specie instantis" (Diccionario y circunstancia VI, 55).

Ortega distingue, decíamos, entre hablar y decir. En el hablar, que es más superficial e intrascendente, la palabra está degradada o muerta por el uso social que nos la ha impuesto. En cambio, es en el decir donde surge la palabra genuina y vital. Por tanto, el decir es un estrato más profundo que el hablar y a él debería dirigirise hoy la linguística. Es cierto que se inventan nuevos modos de la lengua, pero los que tiene ya no satisfacen.

E insiste en que el decir es el anhelo de expresar, manifestar, declarar, es una actividad anterior al hablar y a la lengua que el uso ha impuesto. Uno de los inconvenientes de no partir del decir es que se considera el lenguaje como la expresión de lo que queremos comunicar y manifestar, siendo así que una parte muy grande de lo que queremos manifestar y comunicar queda inexpreso en dos dimensiones, una por encima y otra por debajo del lenguaje. Por encima, todo lo inefable. Por debajo, lo que por sabido callamos (El decir de la gente: la lengua. Hacia una nueva lingüística VII 248-249).

Como ha observado uno de sus mejores comentaristas, Pedro Cerezo, Ortega ha trasladado a la coducta lingüística las dos modalidades características de la vida humana: la inautenticidad y la autenticidad. Es decir, la conducta del mero usuario, donde la lengua se habla, y la del innovador que hace hablar a la lengua o la pone en trance de decir.

"En el primer caso, la palabra es un producto anónimo, desalmado, tomado pasivamente de la institución de la presión sociológica de los usos lingüísticos; en el segundo, en cambio, la palabra está internamente animada por una intencionalidad surgiente, o, como prefiere decir Ortega, por una expresa voluntad de decir".

Con su radicalismo característico el filósofo ha definido el diccionario como cementerio semántico, lleno de residuos y despojos. Con esa lúgubre imagen lo que quiere decir es que no basta el diccionario para revelarnos su significado .
Lo característico del decir es una conducta activa en un compromiso con la realidad. Quien dice algo se hace responsable de lo dicho ante los demás. Lo contrario sería mero hablar por hablar.

El hombre tiene mucho que decir, porque tiene mucho que hacer, su vida es un quehacer y una de sus tareas básicas es interpretar toda esa realidad de su vivir en una circunstancia determinada. No obstante, todo decir es deficiente, porque no logra expresar toda la experiencia vivida. No hay, por tanto, ningún decir que diga lo que pretende, sólo dice una pequeña fracción.

Pero queda impregnado de su exuberancia y se beneficia de la semántica subterránea, que le revierte del mundo de la vida (No hay propiamente historia de las ideas VI, 390 y P. Cerezo, oc., 407). En definitiva, las palabras, como la vida misma, son en parte irracionales y paradógicas. De ello tratamos en los próximos epígrafes.

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