El Blog de Francisco Margallo

Los santos que nunca serán canonizados

11.03.18 | 09:08. Archivado en Santos

Apocalipsis

Después de esto, miré; y apareció una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación y tribus y pueblos y lenguas que estaban de pie ante el trono y ante el Cordero vestidos de túnicas blancas y con palmas en la mano. Y gritan con gran voz al Cordero diciendo: "La salvación se debe a nuestro Dios,al que está sentado en el trono; y al Cordero."

Esto se lee en el capítulo 7 del "Apocalipsis", el último libro de la Biblia; pero lo curioso es que el inciso después de esto se refiere al hecho de que en esta entrada final en el más allá de la Historia humana acababan de ser seleccionados los que se creían hombres religiosos de toda la vida: De la tribu de Judá, doce mil sellados...,y así de las otras tribus.

Con esto el profeta del Apocalipsis da a entender que no basta con pertenecer a una tribu eclesiástica para quedar asegurado en el camino de la salvación. Ni mucho menos. Aquí sí que se puede aplicar el refrán castellano: Ni están todos los que son ni son todos los que están.

Así se explica que a continuación del estrecho rigor de selectividad realizado en medio de las tribus eclesiásticas se presente esa desbordante multitud de toda raza, tribu, lengua y nación. O sea: que el final desenlace de la Historia no está reservado a los que se apuntaron a una tribus eclesiástica y cumplieron las reglas de la mencionada tribu.

La salvación está abierta a todos aquellos que caen bajo la bendición de las Bienaventuranzas, aunque no tuvieran conciencia refleja de la existencia de Dios y del Cordero.

Pero muchos nos dirán: ¿no se ha dicho siempre que fuera de la Iglesia no hay salvación?. Si las cosas están así, ¿a qué viene estar en la Iglesia con todas sus incomodidades? Mejor sería ser creyente por libre, o a lo menos ateo o agnóstico de buena fe y de mejores obras.

Bien, cuando se dice: fuera de la Iglesia no hay salvación, no se está uno refiriendo a ninguna tribu eclesiástica en concreto, sino a esa convocatoria universal que Dios ha hecho a toda la humanidad desde sus comienzos y que mantendrá hasta el final. Iglesia en griego (ekklesia) quiere decir eso precisamente: convocatoria. O sea fuera de la convocatoria de Dios no hay salvación: si Dios no hubiera libre y gratuitamente convocado a toda la humanidad a ese festin transhistórico, nadie podría entrar en él.

Pero entonces, ¿a qué vienen las tribus eclesiásticas? ¿No complican más bien la universalidad de la convocatoria divina? Ni mucho menos. Las iglesias son los diversos grupos sociales religiosos que deben esparcirse por el mundo para proclamar es Buena Noticia de que la Historia tiene un sentido, a pesar de todo y por cima de todo.

Estos grupos religiosos no deberían imponerse a nadie por la fuerza: sólo deberían extender su esterilla en las aceras de las calles y ofrecer sencillamente su mercancia; eso sí, con la convicción de una fe profunda y coherente.

Si las tribus eclesiásticas cumplieran mejor su cometido, la Historia no estaría tan contaminada como está. Nosotros, los que por un designio misterioso de Dios pertenecemos a la Iglesia y actuámos dentro de ella, somos responsables del itinerario ascendente de la humanidad en busca de su propia liberación, no solamente en el final trascendente, sino a lo largo del tiempo y del espacio.

Sin embargo, esto no impide que nosotros estemos firmemente convencidos de que en el interior de nuestras tribus se han cometido muchas injusticias, hasta tal punto de que los mejores adoradores de Dios sean los propios ateos que se apean de la cabalgadura en su camino desde Jerusalén a Jericó, para atender al malherido de la cuneta, ante el cual pasaron de largo los altos funcionarios de la tribu eclesiástica.

Con esto terminamos nuestra breve excursión, espigando de acá y de allá algunos nombres pertenecientes a esa gran multitud que entrará en el Reino de Dios sin haber pasado por las tribus eclesiásticas o después de haber sido condenada por ellas mismas.

Pero lo paradójico de todo ello, es que aunque hemos estado diciendo siempre que esos santos nunca serán canonizados, al final nos damos cuenta de que el Espíritu Santo le ha jugado una mala partida a nuestra propia tribu eclesiástica, cuando en la llamada fiesta de todos los santos ha metido indiscrinadamente a esa multitud de la que habla el profeta del Apocalipsis.

Esto quiere decir que nuestros santos apócrifos están rigurosamete canonizados.

Ver: José Mª González Ruiz,
Los santos que nunca serán canonizados
Planeta 1979.


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