Hacia un reparto igualitario del trabajo
I. La crisis del empleo
La aparición y la persistencia del desempleo masivo, desde principios de la década de los 70, ha llegado a la progresiva aceptación entre muchos sectores sociales de que el empleo no sólo se ha convertido en un "bien escaso" sino que, tal como se conce hoy, puede estar en vías de desaparición.
Esta idea está respaldada por numerosos indicadores de escasez y precariedad. Según la Organización Internacional del Trabajo(OIT, 1994), el número de personas desempleadas o subempleadas en todo el mundo alcanzaba, a mediados de los años 90, los 800 millones. En la Unión Europea, la tendencia a una reducción en los niveles de paro en los últimos años, después de dos décadas de aumento constante, no ha impedido que más de 16 millones de personas sigan desempleadas.
En el Estado español, con los niveles de desempleo más altos de la Unión Europea, los últimos datos de la Encuesta de Población Activa, para el segundo trimestre del 2000, el desempleo afecta a más de 2,3 millones de personas.
El paro estructural masivo se ha instalado en la sociedad de fin de siglo y, frente al optimismo liberal de épocas pasadas pocos confían hoy en que la reactivación económica o las políticas de empleo vigentes puedan situarnos de nuevo en el tan ansiado camino del pleno empleo. De hecho, la novedad de la etapa actual es precisamente que incluso en los períodos de mayor dinamismo económico, las tasas de paro se mantienen muy altas y la recuperación de los indicadores de crecimiento no se corresponde con incrementos equivalentes del empleo.
Y aunque no faltan quienes continúan insistiendo en que la solución al paro está en una política expansiva que estimule la inversión y la dinámica económica, el fantasma del crecimiento sin empleo aleja sin cesar las perspectivas de una recuperación de los niveles de ocupación anteriores a la crisis.
En este contexto, en los últimos años, ha ido ganando terreno la idea de que el declive del empleo es la "crónica de una muerte anunciada" (Aznar, 1994), resultado de una tendencia a largo plazo, de la transición hacia una sociedad postindustrial que está eliminando gradual y sistemáticamente el trabajo humano de los procesos de producción, y que deja paso a una era de crecimiento sin nuevos empleos.
La causa fundamental de este declive habría que buscarla en la nueva naturaleza del progreso técnico basado en la informatización de la sociedad y la generalización del uso de las tecnologías que la sostienen: la informática, la robótica, las telecomunicaciones (Aznar, 1994. Gorz.1989). Nos enfrentamos, según este punto de vista, a una verdadera revolución tecnológica que en el futuro reducirá drásticamente el número de horas necesarias para la producción en todos los sectores económicos; una reorganización profunda que nos coloca ante nada menos que el "fin del trabajo"(Rifkin, 1996; Schaff, 1997).
El déficit de empleo sería, entonces, la expresión más clara de la desaparición progresiva e inevitable del trabajo; de una escasez provocada por el desarrollo tecnológico y sus efectos sobre la productividad del trabajo asalariado. Pero a pesar de la fascinación que ejerce esta idea del paro tecnológico, la relación entre cambio técnico y empleo no está predeteminada...
Y es que una mayor productividad únicamente significa que el número total de horas de trabajo necesario para producir un determinado volumen de bienes y servicios es menor lo cual no implica que el número de puestos de trabajo disminuya. Que aumente o disminuya el empleo dependerá de cómo se comporten otras variables en relación con la productividad y la intensidad del trabajo (Recio 1997.
Algunos analistas han destacado que un factor clave para explicar el déficit actual de empleo es la reducción de la duración anual de la jornada laboral a tiempo completo en los principales países industriales, desde mediados de los años 80 (Marchand, 1992; Housson, 1994). Esta evolución supone una regresión dramática respecto a la dinámica que permitió reducciones considerables de la jornada anual entre los años 1960-1985 en estos países. En ese período la jornada anual se redujo más del 20% en países como Bélgica, Holanda y Alemania Federal...
Ver:Arantxa Rodriguez,
Trabajo, derechos sociales y globalización
Talasa Ediciones, 2000
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Sólo cabe una petición: señores del privilegio, si no quieren que se incendie la calle, no provoquen.
Si lo escribo, puedo ser un demagogo; pero si no lo escribo, reviento, y prefiero no reventar. Lo más deprimente del día de ayer no es que los estudiantes hayan cortado carreteras. Tampoco que Mariano Rajoy anuncie más sacrificios. Ni siquiera que hayan aparecido voces que, amparadas en las cuentas del desastre, empiezan a pedir la reforma del Estado de las autonomías, que suele ser el prólogo para pedir su desaparición. Lo más deprimente fue abrir los periódicos y descubrir este retrato del país: mientras el presidente de Cantabria decía la frase del año (no hay un euro), en otras páginas se veía correr el dinero del privilegio. Alguna cúpula bancaria se repartía cientos de millones de euros. Un banquero indultado percibió más de once millones en el mismo ejercicio. Y en empresas privadas, los incentivos situaban algún salario en una cantidad próxima al millón de...
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia