
La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y deforme, ¡tan disparatada!
sobre el campanario.
(Antonio Machado
La mayor herejía de la historia
(Cont., viene del día 20)
El Papa Gregorio VII, uno de los Papas que idolatraron el papado, en el documento Dictatus Papae dice lo siguiente: 1. "Sólo el Romano Pontífice puede usar las insignias imperiales" 2."Que únicamente del Papa besan los pies todos los prícipes" 3."Que a él le compete deponer a los emperadores" 4."Que su sentencia no debe ser reformada por nadie y que él puede reformar las de todos. Así lo refiere Díez-Alegría en libro Rebajas teológicas de otoño, que estamos siguiendo
Él no pretende negar aquí que el Papa pueda tener una cierta (limitadísima y problemática) infalibilidad. Pero lo evidente es que tiene una clara y enorme falibilidad. Puede incurrir (puesto que lo ha hecho) en aberraciones que contradigan lo más profundo de la herencia de San Pedro. El pensamiento medieval es a veces pintoresco. El hombre de la Edad Media es más surrealista que el moderno. Los capiteles historiados del románico lo demuestra con gran belleza.
Algo de surrealista tiene la afirmación de Inocencio III en una carta del 30 de octubre de 1198: "como la luna recibe su luz del sol, ella que en realidad es menor que aquel tanto en cantidad como en cualidad, lo mismo en posición que en eficacia, de igual manera la potestad real recibe de la autoridad pontificia el esplendor de su dignidad; y cuanto más se vincula a su presencia, con tanta mayor luz se ennoblece, cuanto más se aleja de su vista, tanto más decae en su esplendor.
Otro de los cauces por donde se introduce en la Edad Media la extrapolación mitológica de la función papal, es la tendencia (típica del modo del hablar medieval) a fundir expresivamente la persona del Papa con la de Pedro mismo, como si no pudiera haber distinción (e incluso contradicción) entre lo que Pedro representaba, y lo que pueda representar un Papa determinado, que vive mil años después.
En este sentido, hasta un hombre como Dante Alighieri no tiene empacho en terminar su obra Monarchia con estas significativas palabras: "Mantenga César respecto a Pedro aquella reverencia que el hijo primogénito debe mantener respecto a su padre, para que, ilustrado con la luz de la gracia paterna, ilumine con mayor virtud el orbe de la tierra".
Lo más hiriente aquí, comenta Díez-Alegría, no es la acrítica identificación Pedro-Papa, sino la tendencia claramente idolátrica a atribuir al Papa "la gracia paterna que ilumina". Parece ser que la atribución al Papa del título de Vicario de Cristo data del siglo XII. Este fue uno de los factores más graves en el proceso de inflación mitologizante del papado.
No obstante su persistencia hasta nuestros días, este título medieval, desde el punto de vista de la fe cristiana parece absurdo. Porque lo que afirma el Evangelio de Mateo, el más eclesiástico de los cuatro, es que Jesús les dijo a los discípulos: "mirad que yo estoy con vosotros cada día hasta el fin del mundo" (Mt 28, 209. Ahora bien, si está presente el mismo Cristo, no hay lugar para un Vicario. En la España de Felipe II, había virreyes en las Indias y Nápoles, pero no en el Escorial, donde estaba presente el monarca.
No se trata de puros modos de hablar. Detrás de la denominación "Vicario de Cristo" se metió una identificación funcional entre Jesucristo y el Papa, que no hubiera sido admitida por Pedro y habría sido recusada por Pablo. Tomás de Aquino, quizá el teólogo más grande de
de la Edad Media, decía hacia el año 1266 en su escrito "sobre la conducta de los príncipes" (De regimine principum): "al Sumo Sacerdote sucesor de Pedro, vicario de Cristo, Pontícipe Romano...todos los reyes del pueblo cristiano conviene que estén sometidos como al mismo Señor Jesucristo".
Con todo respeto a Tomás de Aquino, dice Díez-Alagría, eso de "Sumo Sacerdote sucesor de Pedro" es un dislate porque Pedro no fue nunca Sumo Sacerdote, ni se tuvo por tal. Según los Hechos de los Apóstoles 4, 3-12, después de la resurrección de Jesús, Pedro comparece ante el Sumo Sacerdote Anás, como testigo de la potencia salvadora de Jesucristo, el Nazareno (Hech 4, 5-12). Años después Pablo comparece ante el Sumo Sacerdote Ananías y reconoce su dignidad de tal (Hech 23, 2-5). Carece por completo de sentido que Pablo reconociese a Pedro como Sumo Sacerdote
de los cristianos, ni que Pedro se proclamase como tal.
Ver. JM. Díez-Alegría,
Rebajass teológicas de otoño
Ed Desclée de Brouwer 1980
Espero, lecotores, vuestro punto de vista, aunque sea breve ¡ánimo!
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia