
Informe de una masacre
Las masacres contra la población campesina han sido una pieza esencial de los operativos de conrrainsurgencia del ejército salvadoreño desde el comienzo de la guerra. Este es un testimonio _entre cientos- recogido por la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado, de labios de Margarita, una campesina de veintiséis años. Tras el frío lenguaje en que quedó convertido el relato se adivina el temblor, el llanto y el coraje.
Un día del mes de abril, a eso de las cinco de la tarde oímos rumores de que iban a llegar agentes de la Guardia Nacional.Y llegaron a las seis de la tarde, encontrándonos todos los pobladores en su mayoría ancianos, mujeres y niños. Al ver que llegaban combinados con elementos del ejército decidimos ir a resguardarnos a varios hoyos que teníamos como escondites que llamamos tatú. Los teníamos por varios lugares pero esto fue inútil. Ya que los agentes de la guardia lograron alcanzar a muchas personas y los pusieron en fila por orden de estatura.
Seguidamenete procedieron a ametrallarlos. A un bichito recien nacido le apretaban los huevitos para que se muriera e inmediatamente se murió. Luego ya muerto se lo tiraron a un anciano de unos noventa años, Gabriel Marroquín, al que degollaron y luego le dejaron ir una descarga de G-3 de los que porta la Guardia Nacional.
De igual manera mataron a la familia Rivera Flamenco, entre la que se encontraba la madre del niñito que habían matado, así como la abuela llamada Juana, y Lucía Rivera, la primera de diecinueve años y la segunda de cuarenta y cinco. Allí se encontraban entre la gente una señora de nombre Victoria Flanenco, de unos cincuenta años, y todos sus hijos, unos seis muchachitos. Entre los demás muertos también se encontraba Julia Marroquín, de setenta años y su hija de cuarenta y cinco años. Concepción Marroquín, junto a su hijo Elías de seis años.
Todos ellos se encontraban en ese grupo de unos 200. Más adelante había como 25 personas en una casita que está situada en el caserío de nombre Consolación. En ese lugar se encontraban varios niños, mujeres y señores adultos. Luego fueron llevados a la orilla del lago Suchillán. Todo esto ocurrió todo el día jueves a principios del mes de abril, habiendo realizado todas esas muertes dichos agentes de la guardia y soldados.
En horas de la madrugada del día siguiente un joven de nombre Francisco Acosta se dirigió con destino al lago a pescar, ya que creía que sólo habían llegado a bombardear, así como lo habían hecho otras veces, pero sucedió lo contrario, habiéndose encontrado con una gran tendalada de muertos todos ellos conocidos por su persona, por lo que inmediatamente se fue a avisar a los demás que se habián escondido en los tatús. Y procedimos a enterrar a todas las personas, quienes habían muerto en esa tarde.
Esa misma noche otras personas que se encontraban en el cantón San Antonio se fueron huyendo al cantón El Sitio, pero en ese lugar escucharon varios balazos y al salir corriendo la gente hacia arriba iban a ser encontrados por los soldados que iban a darles muerte y así sucedió efectivamente, en donde al salir hacia una montaña fueron asesinados por un contingente. Otras personas murieron en el nomento que huían al monte ya que a todos los zacatales les prendiron fuego los mismos soldados etc.etc.
Carta a las Iglesias n. 73, agosto i984
María López Vigl y Jon Sobrino
Ediciones HOAC 1993
Todavía hay mucho por hacer en América Latina en este sentido. Sirva este testimonio para concienciarnos de ello.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia