El Blog de Francisco Margallo

Con Dios en el ateísmo

20.12.10 | 10:30. Archivado en Teología política
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Fotografía de Bonhoeffer
en la portada del libro
Cristianismo y Secularidad
de Francisco Margallo Bazago

En el pasado no se podía hablar del hombre ni del mundo prescindiendo de Dios. Actualmente ocurre lo contrario. El hombre de hoy se siente mayor de edad y no tiene necesidad de un ser situado fuera de la historia, que dé sentido a su vida y a la vida del mundo. Incluso se siente más libre y realizado prescindiendo de él.

Durante los últimos doscientos o trescientos años las corrientes más fuertes de occidente vienen poniendo de manifiesto que no es necesario creer en ninguna deidad, para que la vida del hombre y del mundo se desarrolle bien.

El testimonio de Bonhoeffer que reflexionó mucho sobre el tema en la prisión es muy elocuente: El hombre se ha habituado ya a afrontar todas las cuestiones importantes sin necesidad de recurrir a Dios. Sin embargo, los más fanáticos de la religión son muchas veces los que más se oponen a que se realicen en el mundo los planes de Dios sobre él.

Es preciso tener esto en cuenta en la polémica desatada entre nosotros los españoles, a propósito de la asignatura Educación para la ciudadanía, que el mismo Concilio Vaticano II recomienda en defensa de los derechos de toda persona y para que como ciudadanos puedan cumplir sus deberes con la sociedad (GS 73, 2).

Este es un problema que arrastramos desde el siglo XVIII, cuando el esplendor de la razón se propone conseguir que todo hombre y mujer sea sujeto y responsable de su propia historia, después de haber estado sometidos en el pasado a muchas deidades.

En este contexto hay que decir que el Dios de la tradición judeocristiana no se opone al proyecto de la Ilustración, porque desde que se reveló quiere al hombre y a la mujer semejantes a él en dignidad y derechos. En el Antiguo Testamento se manifiesta amante de la justicia y como un Dios liberador de todo lo que oprime a los pueblos.

El Nuevo Testamento sigue esa misma línea haciendo de todo hombre y mujer el gran sacramento de Dios en el mundo, de modo que lo que se haga al hombre o a la mujer se le hace a Dios, "lo que hagáis a uno de estos a mí me lo hacéis", dice el Dios cristiano. En esta lógica, hasta en el ateísmo estamos en Dios. No nos rasguemos las vestiduras al oír esto porque Jesucristo no vino a traer una religión sino un hombre/mujer nuevos.


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