
El Estado que no es más que la plasmación legal de la nación, si no quiere entrar en conflicto consigo mismo y con la sociedad, tiene que oponerse a cualquier pretensión de predominio particular. Lo que explica que la situación política privilegiada que ha logrado la Iglesia en largos períodos de la historia haya sido como mínimo anómala.
El favoritismo de unos españoles en detrimento de otros ha sido con frecuencia motivo de discordia y un impedimento en el desarrollo de la comunidad civil. Por eso el Estado tiene que ser laico, lo que no significa que tenga que ser ateo sino sólo nacional. Así lo fue en la segunda república, porque Roma y la mayoría de los católicos españoles sentían la necesidad de que fuera así. En contra de lo que se dice fue el Estado más rigurosamente laico del mundo sin herir sentimientos de nadie.
Ahora bien, la irreflexión o el prurito de imitar políticas arcaicas, en lugar de servir a la nueva democracia emergente, impidió a los legisladores mantenerse en el punto justo y dieron a la política eclesiástica, que pudo ser modélica, un tinte de agresión a los católicos españoles. Pero esto no entraba en el ánimo de la república, según los mayores pensadores de entonces.
Lo que sucedió es que las leyes complementarias de la Constitución no la interpretaron fielmente, porque debían sí dejar clara la laicidad del Estado, aunque evitando cualquier atisbo de agresión. Para los principales promotores de la república, las guerras de religión en los países civilizados habían quedado desfasadas.
La enseñanza estatal que los intelectuales defendian y que se había logrado ya en los principales países no se intentaba conseguir a través de ataques legales a la enseñanza privada, sino mediante el perfeccionamiento y la ampliación que se consiguiera dar a la enseñanza del Estado. De hecho, a pesar de los privilegios que tenía la Iglesia, el Estado aventajaba a las órdenes religiosas en los métodos pedagógicos. Es de esta manera como se pensaba proseguir la victoria de la docencia estatal.
Lo que siguió a esta etapa republicana no sólo impidió avanzar en esta línea, sino que nos hizo retroceder más de 40 años respecto a los países europeos de nuestro entorno. En este tiempo surge el nacionalcatolicismo, del que no nos hemos liberado del todo a pesar del Concilio Vaticano II. Consecuentemente, se hace necesaria una clara separación de la Iglesia y el Estado, para construir una sociedad libre de influencias dogmatizantes.
Es muy elocuente al respecto el párrafo siguiente de la Constitución pastoral del Vaticano II: "La Iglesia, que por razón de su misión y competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana" (GS 76, 2).
------ Virtudes públicas o laicas
en José Ortega y Gasset
Por Francisco Margallo
http://Fmargallo.bubok.com
Los comentarios para este post están cerrados.
Una dirección kilométrica. Intentaré copiarla y probaré si merece la pena. Ya te diré.
He visto que en esta dirección también se puede acceder a tu nuevo libro.
http://www.bubok.es/libro/detalles/194932/Virtudes-publicas-o-laicas-en-Jose-Ortega-y-Gasset
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia