El Blog de Francisco Margallo

Estatuto de Cataluña en Ortega VIII

22.07.10 | 10:45. Archivado en Política
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J. Ortega y Gasset

Otro punto que extrañará mucho, con el proyecto de la Comisión es el que se refiere al orden público. A primera vista yo, como otros muchos creí que parecía improcedente otorgar a Cataluña en esta forma _que conste, no es total_ el cuidado del orden público. A primera vista parece, y es cierto, el orden público es el poder más inmediato del Estado; pero, en primer lugar en este artículo no se quita al Estado la intervención en el
orden público, sino, simplemente se crea una instancia primera, la cual se entrega a la Generalidad.

Confieso que me hizo gran impresión la advertencia que nos transmitía en su discurso el señor Maura, advertencia aprendida en la experiencia de ministro de la Gobernación; experiencia que yo me sospecho mucho no voy a lograr dircctamente nunca, pero que, por lo mismo, me complace absorber de quien me la transmite. Pues bien, no tenía duda ninguna que era de gran fuerza el razonamiento del señor Maura. ¿No es cuestión delicada que coexistan _pues esto sería una de las posibles soluciones en Cataluña_ dos policías? ¿No es igualmente, o mmás delicado, que el Estado se quede sin contacto directo, sin visión ni previsión de lo que germina y fermenta en los bajos fondos de la vida catalana, sobre todo en la ciudad de Barcelona?

Ni lo uno ni lo otro es deseable, porque lleva a desagradables consecuencias. Dos policías hurgando en lo mismo con tropezones de manos distintas sobre un mismo tema oscuro, en manera alguna; una policía del Estado español teniendo que afrontar acaso situaciones graves, sin tener de ellas ningún conocimiento previo, tampoco. No escatimo, pues, la importancia, la gravedad de esta advertencia, pero voy a mostrar el otro lado de la cuestión.

Se crea por este Estatuto un Poder regional de suma importancia, con gran burocracia, con la intervención de una cantidad enorme de asuntos de la vida local catalana; tiene, pues, ancho campo para actuar. ¿Tiene sentido que ese Poder, al cual damos la parte más mollar y fecunda de la gobernación le retengamos la parte más difícil, aquella que representa el módulo de responsabilidad de todo Gobierno y de todo Poder y, sobre todo, aquelaq que es en la que se manifiesta el último punto de delicadeza y de tacto moral de los Poderes? ¿Tiene sentido que todas las cosas buenas se hagan por la Generalidad y que sea el Estado central quien tenga que ir a allí no más que para resolver problemas de orden público, que son siempre agujeros que se hacen en el capital de autoridad de todo Gobierno?

No puede ser; si allí pasa lo bueno, conviene que tengan también la experiencia de los problemas que plantea el orden público; es menester que allí donde actúa el Poder sea donde se afrontre inmediatamente, y por lo menos en la primera instancia, sus consecuencias; que no pase como ocurre con los pájaros de las pampas, que se llaman teros, de los cuales muchas veces D. Miguel de Unamuno nos ha dicho, repitiéndonos los versos de Martín Fierro, "que en un lao pegan los gritos y en otro ponen los huevos"; no, que el grito se pegue junto al huevo.

No podemos aceptar, en cambio, que pase el orden judicial íntegro a la Generalidad; pero esto por una razón frente a la cual me extraña que pueda darse, por parte de los catalanes, contrarrazón de peso. No es la cuestión de Justicia tema que pueda servir de discusión, ni de batalla entre los hombres. Acontece así, pero no debe acontecer; es decir, que acontece sin razón. En todas partes es el movimiento que empuja a la Historia, ir haciendo homogénea la Justicia, porque sólo si es homogénea puede ser justa; no es posible que, de un lado al otro del monte, la Justicia cambie de cara; el ideal sería que la Justicia fuese, no ya sólo nacional, sino internacional, planetaria; que cuanto más homogénea la hagamos, más amplia la hagamos, más cerca estará de poder soñar en ser algo parecido a la Justicia misma.

Déjese a los catalanes su justicia municipal, déjeseles todo lo contenciosoadministrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la
órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más...(terminamos mañana)
(J. Ortega y Gasset, Discursos Políticos Alianza Editorial 1974)
PD. Alguno de los lectores se ha interesado por una biografía de Ortega, pues bien, yo le recomendaría la de José Luis Abellán: Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democratica
Ed. Espasa Calpe año 2.000


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