Mirar hacia atrás
Ahora que tengo tiempo necesito mirar para atrás y repasarlo todo en libertad. Aunque con actitud humilde -humidad imprescindible en el intelectual, en el ateo y en el creyente-. Con mis ventanas abiertas para que penetre la mayor cantidad de luz, esa luz que procede, en último término, de Dios.
No por nostalgia. Miro atrás para comprender. Sé que está mal visto volver al pasado. Ahí está la leyenda de la mujer de Lot. Y aquello de¡"ya están los viejos con sus batallitas!". Dice Navarro-Valls, el portavoz opusdeísta del Papa Woitila: "El Papa no es un anciano porque vive pensando en el futuro".
Yo pienso que todos, creyentes y no creyentes, no deberíamos conducir sin mirar frecuentemente al retrovisor porque en allí, en la historia, donde se vislumbra a Dios con más clridad. Es la historia la primera fuente de Verdad. Y no se trata de estudiarla historia para no volver a cometer los mismos errores. Es mirar la historia para comprender. La historia es el ambón desde donde Dios -para los creyentes- o la Verdad- para todos- proclama su palabra.
Mirar sólo hacia delante puede ser una huida cobarde, un revestirse de falsa juventud, un no querer encontrarse con el escozor de la verdad, no querer oír el mensaje con que Dios va sembrando el tiempo. Hay que insistir. La vejez, la madurez, la tercera edad es hora de revisar, de comprender. Hora de la mirada en conjunto. La juventud abre caminos, le echa ilusión y sueños a la historia. Pero llega un momento en el que es imprescindible contemplar el mensaje con perspectiva y entender el porqué de las entradas y salidas, el porqué montes y valles; el valor de las lágrimas y las risas, de lo inútil y de lo serio; el sentido de lo que no tenía sentido.
Si no hace esto, el viejo llevará su historia como el que lleva a las espaldas un ataúd cargado de preguntas muertas o de símbolos vacíos. Hay que tener mucho coraje para mirar hacia atrás sinperder la sonrisa, el humor y la esperanza.
¿Quien no arrastra, en su biografía subconsciente raices profundas, lejanas y estériles, que son la causa nunca confesada, de depresiones, inestabilidad y amargura? ¿Recuerdan a la hemorroisa del evangelio? No se "curó" hasta que no se enfrentó con valentía a su más secreta intimidad. La vejez puede ser un buen atardecer, con su luz serena y cálida, para arrancar, a base de sonrisas, esas raíces profundas.
L. Alemán Mur, La Ingenuidad de Jesús. La venganza de la Torá
Ed. Utopía, Madrid 2002.
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Miércoles, 30 de mayo
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