El Blog de Francisco Margallo

El Estatuto de Cataluña en Ortega II

10.07.10 | 09:30. Archivado en Política
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J. Ortega y Gasset

El nacionalismo particularista es inviable. A un lado y otro de ese pueblo infusible (que no se quiere fusionar con el resto), se van formando las grandes concentraciones; quiera o no, comprende que no tiene más remedio que sumirse en alguna de ellas: Francia, España, Italia. Y así ese pueblo queda en su ruta apresado por la atracción histórica de alguna de estas concentraciones.

Como, según la actual astronomía, la Luna no es un pedazo de Tierra que se escapó al cielo, sino al revés, un cuerpo solitario que transcurría arisco por los espacios y al acercarse a la esfera de atracción de nuestro planeta fue capturado por éste y gira desde entonces en su torno acercándose más a él, hasta que un buen día acabe por caer en el regazo cálido de la Tierra y abrazarse con ella.

Pues bien, en el pueblo particularista se dan perpetuamente en disociación estas dos tendencias: una sentimental, que le impulsa a vivir aparte; otra, en parte también sentimental,pero sobre todo, de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional. De aquí que, según los tiempos, predomine la una o la otra tendencia y que vengan etapas en las cuales, a veces durante generaciones, parece que ese impulso de secesión se ha evaporado, y el pueblo éste se muestra unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero no; aquel instinto de apartarse continúa soterráneo y cuando menos se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de exclusión y de huida.

Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia. Por eso la historia de pueblos como Cataluña e Irlanda es un quejido casi incesante; porque la evolución universal, salvo varios períodos de dispersión, consiste en un gigantesco movimiento e impulso hacia unificaciones cada vez mayores. De aquí que ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma; ese pueblo que está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive, casi siempre, preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente.

Y así, por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos, enzarzados en cuestiones de soberanía, sea cual sea la forma de la idea de soberanía que se tenga en aquella época: sea el poder que se atribuye a una persona a la cual se llama soberano, como en la Edad Media y en el siglo XVII, o sea, como en nuestro tiempo, la soberanía popular.

Pasan los climas históricos, se suceden las civilizaciones, y ese sentimiento dilacerante, doloroso, permanece idéntico en lo esencial. Se comprenderá que un pueblo que es problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para los demás y, así, no es extraño que si nos asomamos por cualquier trozo a la historia de Cataluña asistiremos, tal vez, a escenas sorprendentes, como la acontecida a mediados del siglo XV: representantes de Cataluña vagan como espectros por las Cortes de España y de Europa buscando algún rey que quiera ser su soberano; pero ninguno de estos reyes acepta alegremente la oferta, porque saben muy bien lo difícil que es la soberanía en Cataluña. Si esto ha sido así un siglo y otro y siempre, se trata de una realidad profunda, dolorosa y respetable; y cuando oígáís que el problema catalán es en su raíz ficticio, pensad que eso sí que es una ficción.

Ahora es ineludible que precisemos un poco. Afirmar que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere decir traducido al orden concreto de la política? ¿Quiere decir que todos los catalanes sienten esta tendencia?. De ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta, de aquí esa disociación perdurable de la vida cotidiana a que antes me refería. Muchos catalanes quieren vivir con España. Pero no creáis por eso que voy a extraer de ello consecuencia ninguna; lo he dicho porque es la verdad y hay que hacerlo constar y habrá que atenderlo. Pero los que ahora me interesan más son los otros, todos esos catalanes que son sinceramente catalanistas, que sienten ese vago anhelo de que Cataluña sea Cataluña. Pero no confundamos ese sentimiento que como tal es vago y de una intensidad variadísima, con una precisa voluntad política...(seguimos el lunes).

---Para mejorar el mundo desde la política
www.porunmundomasjusto


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