La crisis que viene padeciendo la humanidad y la conciencia política que se está despertando en los ciudadanos, están exigiendo que se restablezca la unidad entre moral y política tal como la concibieron los mayores pensadores de la historia.
Esto a algunos políticos les parece algo impensable. Sin embargo, cuando no se concibe la moral como un adorno superpuesto a la persona y además se entra en la política con la sola intención de servir al bien común de la sociedad, entonces se ve ya factible y necesaria la moralización de la vida pública.
¿Por qué esto es así? Simplemente porque la moral ha roto las estrechas fronteras de la vida privada y ha adquirido una dimensión social. A medida que se va avanzando en la vida democrática se observa que la ética y la moral están más en la boca de los ciudadanos y reprochan a algunos políticos su carencia. La política es una virtud muy noble y no un mero trampolín para conseguir el poder.
El viejo Platón decía que el ideal de la sociedad perfecta reside en que la política esté sometida a la moral la cual, a su vez, debe transparentar la justicia. Para su discípulo Aristóteles, es la justicia la virtud propia del hombre, por lo que cuando prescinde de ella se hace el último de los animales. En su razonamiento la justicia es una necesidad social.
Es importante, que políticos, jueces y ciudadanos reflexionemos sobre estos temas y así lo pide insistentemente el Concilio Vaticano II en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Los españoles tenemos motivos suficientes para hacerlo dado que son muchas las irregularidades que se han cometido por parte de algunos políticos que se han visto sorprendidos en diversas formas de corrupción que la prensa se ha encargado de exponer ante la opinión pública.
Esto ha confirmado una vez más la tesis de Ortega, según la cual España es tierra de los antepasados y no libre posesión de los españoles actuales. Es decir, los hábitos de los que ya murieron siguen actuando entre nosotros como oligarquía de la muerte.
Ahora bien, admitida esta fuerza del pasado que, a toda costa quiere imponerse en el presente, hay que decir que los gestores corruptos del bien público son víctimas de la corriente materialista actual, que se ha instalado en la cultura del dinero fácil y rápido. La virtud según dicha corriente no ofrece más que trabajo y sacrificio; vivir en justicia no reporta beneficios suficientes para dar un salto cualitativo en nuestra sociedad.
Así que, en lugar de escalar pacientemente el palacio donde habita la justicia en los versos de Píndaro, han preferido marchar por la senda del fraude. Como consecuencia la virtud ha bajado en la misma proporción en que han subido sus riquezas. Afortunadamente, en las sociedades democráticas el futuro de los que así proceden no tiene mucho porvenir porque el pueblo les retira su confianza.
Pero sea este o no su final, digamos que los que así proceden deben sentir una íntima contradicción consigo mismos y con la sociedad, puesto que política, moral y justicia forman el gozne sobre el que gira la vida de los pueblos.
Para concluir nuestra reflexión quiero añadir que, en contraposición a los políticos víctimas de la corrupción de que hemos hablado, están los políticos honestos que viven su vocación política como un servicio al bien común. Ellos son conscientes de que están en la vida pública para que todos los ciudadanos vivamos mejor.
----------------
¿Crees que nuestros políticos tienen esta visión de la política? ¿Les falta información al respecto? ¿O que acceden a la política con intención de enriquercerse(así lo ha dicho alguno ingenuamente) más que para servir a la socidad? Espero vuestra opinión.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia