El Blog de Francisco Margallo

Virtudes públicas en Ortega

04.12.08 | 11:00. Archivado en Filosofía de Ortega
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Capítulo VII

La Ciencia

En 1908 escribía Ortega, refiriéndose al desnivel de España respecto a Europa: El problema español es, ciertamente, un problema pedagógico, pero lo característico de nuestro problema pedagógico es que necesitamos primero formar unos pocos hombres de ciencia o suscitar siquiera un mínimo de preocupaciones científicas.

Sin esto, el resto de la acción pedagógica será inútil. A continuación, citando la República de Platón, insiste: Si no se acierta con la ley creadora de la educación científica, que es la ciudadela del Estado, nos pasaremos la vida haciendo leyes y rectificándolas, imaginando que así algún día lleguemos a lo perfecto.

Por lo que se ve, esto de hacer y deshacer leyes de educación no es nuevo, sino que ha sido una constante en la vida política española. Para solucionar nuestro problema educativo sería bueno que la Unión Europea se implicara más en el tema, como parece que está haciendo ya, porque, según la ex-ministra de educación, María Jesús San Segundo, la polémica asignatura Educación para la ciudadanía, de la que tratamos ya en el capítulo primero, ha sido idea de la UE.

Lo que puede considerarse un gran acierto para hacer ciudadanos adultos que participen responsablemente en la vida pública del país y hacer así más auténtica la democracia.

Hecho este inciso, volvamos a Ortega que se pregunta ¿ha habido de 1898 para acá algún programa que considere la ciencia como la tarea central de donde únicamente puede salir una nueva España?. Y con un pesimismo notable concluye:

Si creemos que Europa es ciencia, habremos de simbolizar a España en la inconsciencia, terrible enfermedad que cuando inficiona la vida de un pueblo lo convierte en uno de los barrios bajos del mundo.

El eje de la cultura pasa por todas las naciones donde la ciencia existe y sólo por ella. También podemos sacar a colación lo que nos ha dicho en páginas anteriores, que en España no existió la ilustración, el siglo educador por excelencia.

De todo esto deduce Ortega la necesidad de la europeización de España, de lo que se hablaba ya mucho en su época. Una palabra y una idea, que le parecen muy respetables y acertadas para resolver el problema español. En algún momento hemos sacado ya a colación esta afirmación suya que es emblemática: España es el problema y Europa la solución.

Pero Ortega no se ha detenido en lo que el común de los españoles envidiaba de Europa, esto es, el ferrocarril, la buena policía, la parte del mundo donde existen los mejores hoteles, el Estado con los empleados más leales y expertos, o los pueblos que exportan más e importan menos.

Todo esto le parece un error de perspectiva y cree que eso no es más que la apariencia externa de Europa. A él lo que le interesa es hacer ver cómo ha llegado a ser todo eso para concluir: Europa es ante todo ciencia; lo demás le es común con el resto del planeta.

Anteriormente nos ha dicho que nuestro país respecto a Europa, que es fundamentalmente ciencia, está en la inconsciencia. Ahora nos dice lo que eso significa y es que en España no hay más que pueblo, lo que considera una desdicha. Echa en falta la levadura que haga fermentar esa masa popular, es decir, un grupo de gente selecta y honesta que den sentido a la vida de los ciudadanos.

Este es un defecto exclusivamente español dentro de Europa, del que culpa a sus dirigentes en todos los órdenes de la vida, política, cultural, religiosa, social etc. Las únicas facetas de sensibilidad que quedaban en nuestro país en el momento en que habla, primeros años del siglo XX, son la literatura periodística y la política de café.

Deplora que no exista más que eso y lo ve como un síntoma claro de que no haya otra cosa sino pueblo en España. Falta esa minoría cultural, que en otros países es bastante numerosa y enérgica, capaz de influir sobre la masa popular para formar otra clase de pueblo.

Todos los que de algún modo somos dirigentes en los distintos campos de la sociedad somos los responsables de que no sea de otra manera. Por lo que tenemos que mejorar nosotros, si queremos que el pueblo mejore.

Y concluye su argumentación con una máxima característica suya, es preciso que los responsables seamos la virtud de nuestro pueblo y que éste pueda decirnos: "Tú eres mi mejor yo" (Asamblea para el progreso de las ciencias I, 99-104).

En este momento somos afortunados de tener en la dirección de nuestro pueblo unos políticos muy capacitados y honestos, que entienden la política como un verdadero servicio al pueblo, por lo que merecen nuestro mayor respeto y apoyo. Lo mismo hay que pedir a otras instituciones.

La Iglesia española debe recuperar el mensaje y el deseo del Vaticano II que se propuso dialogar con el hombre secularizado o laico de hoy y que cada vez lo será más. Tiene que saber discernir este signo irreversible de los tiempos, en el que está oculto el dinamismo encarnatorio del cristianismo.

Los avances de la misma ciencia y de la educación ciudadana son signos del dinamismo inherente al cristianismo. El mantener un lenguaje mítico no ayuda a conectar con el hombre de ciencia de nuestro tiempo y de los propios ciudadanos que esperan mucho de ella.


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