El Blog de Francisco Margallo

Dios laico y virtudes públicas en Ortega

20.11.08 | 10:24. Archivado en Filosofía de Ortega
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Cap. VI

Teología social y educativa

Actualidad de la teología vitalista de Ortega

La obra de Ortega está llena de intuiciones que coinciden con la nueva teología política europea surgida del Vaticano II, que se ha propuesto dialogar con el mundo laico o secularizado de nuestro tiempo, con un lenguaje nuevo, para que lo entienda el hombre de hoy.

Coincide igualmente con la teología de la liberación cuando dice que hay que practicar la virtud moderna del socialismo. Como estos teólogos y los antiguos profetas bíblicos, ha intuido que sólo conoce y rinde verdadero culto a Dios quien practica la justicia y el derecho, con prioridad a otras prácticas establecidas (Ez, Jer 22, 13-16). Esta es la verdadera religión.

Ortega distingue entre ateísmo e irreligiosidad. La irreligiosidad la entiende como la falta de respeto a cuanto acontece en la vida de los hombres. Y la religión como un servicio a esa vida, en la que se encarnó Jesucristo.

En este sentido dice que una de las creaciones más sabias de Hegel es su cristología y la interpretación laica que hace del símbolo cristiano. Según el filósofo-teólogo alemán, Cristo es el ensayo más enérgico que se ha realizado para definir al hombre. (Se busca al hombre I, 510).

Conocedor de todo esto, Ortega no concibe ningún hombre que aspire a desplegar su espíritu indefinidamente, que pueda renunciar sin dolor al mundo de lo religioso. Sostiene que hay un sentido de lo religioso, como hay un sentido de la estética, del olfato, del tacto o la visión. Cada sentido que falta, dice, es un mundo menos que posee la fantasía.

Su defensa del sentido religioso la argumenta de esta manera: "es lo cierto que sublimando toda cosa hasta su última determinación, llega un instante en que la ciencia acaba sin acabar la cosa; este mundo trascientífico de las cosas es su religiosidad".

Cree que al hombre actual le falta la agudeza de nervios requerida para sentir esa otra vida que las cosas tienen, su latir divino. No obstante, Ortega valora muy positivamente la reforma modernista de podar el árbol dogmático, demasido frondoso para el clima intelectual moderno. Con ello se lograría dar mayor fluidez a la creencia, a la vez que se aliviaría la pesadumbre teológica. En definitiva, "se hace forzosa la reforma de la letra católica" (Sobre El Santo I, 431-434).

Antes ha dicho con palabras de Goethe, con el que se siente siempre muy identificado, que "los hombres no son productivos sino mientras son religiosos: cuando les falta la incitación religiosa se ven reducidos a imitar". Esto le parece una gran verdad; la emoción de lo divino ha sido el hogar de la cultura y posiblemente lo será siempre.

La última afirmación la matizaría después de esta manera: yo no digo que la emoción religiosa sea la cultura, sino que es el hogar psicológico donde se condimenta la cultura, el ardor interior que la suscita.

Seguidamente aclara que la emoción de lo divino a que Goethe se refiere en las palabras citadas, es el respeto a todo lo que constituye la vida en la que se mueven los hombres. Donde hay una raza de hombres respetuosos hay una cultura floreciente. El hombre respetuoso piensa que el mundo es un problema que es preciso resolver, o al menos aproximarse a su solución. Y después de todo esto se pregunta ¿qué otra cosa es la cultura sino la labor paulatina de la humanidad para acercarse a la solución del problema del mundo?. "Ved cómo la cultura nace de la emoción religiosa" (Ibid., 435-436).

En todos los grandes genios que han existido en el transcurso de la historia, Descartes, santa Teresa, Newton o Renan ve Ortega destellos de la verdad, la cual tiene el privilegio de vivir a un tiempo e igualmente en cuantos cerebros se acercan a ella (Renan I, 444).

Con indiscutible resonancia theilariana nos dice que hay una manera de ampliar pacíficamente nuestra morada interior y de enriquecerla. A saber: invadir la inagotable diversidad de los seres, haciéndonos iguales a cada uno de ellos, ampliando nuestras facetas de sensibilidad para que el secreto de cada uno halle en nosotros un espacio favorable donde dar su reflexión.

Y acude a una cita de los clásicos para reforzar su argumentación. Dichoso quien pudiera decir como Empédocles de Akragas: "Yo he sido ya una vez muchacho, moza, planta, pájaro y en el mar he ejercido la vida muda de un pez". Pero no podemos ser otro sin renunciar parcialmente a nuestros rasgos distintivos.

Sólo negándonos en parte conseguimos identificarnos con el prójimo y comprenderle. Sólo una espontánea disimulación de lo que somos y una simulación de lo que es el otro nos reunirá y hará confluir como las aguas de los manantiales. Este disimulo y simulación se dicen en griego Ironía.

Los escritos de Renan han acompañado a Ortega desde niño y en él ha bebido lo que estoy refiriendo en este momento. Pues bien, dos elementos del espíritu de este filósofo-teólogo, tolerancia e ironía, se explican el uno por el otro.

La tolerancia activa, esa virtud propia de toda alma robusta, dirá Ortega en otro momento, "es la que nos hace pasar milagrosamente al través de la intimidad de otros seres", pero es imposible sin la ironía, es decir, sin la pasajera negación de nuestro carácter.

Renan sentía el mundo como una armonía. No es que fuera un ilusorio propenso a ver nada más las cosas buenas y a creer que los hombres constituyen una masa homogénea y unida. No, la torpeza y la ineptitud de los grupos humanos los percibía en los documentos con que componía sus estudios históricos.

Pero observaba en el discurrir del tiempo un progreso de unificación y ese caminar de lo diverso hacia lo uno es para él la armonía. "El mundo, exclamaba, es un coro inmenso donde cada uno de nosotros está encargado de una nota.

Esa gran sinfonía donde se justifican todas las acciones, donde todas las cosas se ordenan y adquieren ritmo y valor es la cultura" (Renan I, 456). Precisamente la cultura es una de las virtudes públicas o laicas de Ortega, de las que trataremos detenidamente en la segunda parte del curso, que comenzamos el próximo jueves.

Pero antes quisiera decir que con esta amplitud de miras que hemos observado en Ortega es como se hace teología hoy, al estilo de Pablo, como mencionábamos en la introducción de este trabajo.

Pablo que no conoció personalmente a Jesús tuvo que reconstruir teológicamente su figura para darle a conocer a las futuras generaciones y así se convirtió en el primer teólogo del cristianismo. De manera semejante, podríamos decir, Ortega nos ha proporcionado una teología con un lenguaje nuevo, laico, para que puedan entenderla los hombres y mujeres secularizados de nuestro tiempo.


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