La crisis que padece el tejido social en todo el mundo se debe a la economía de mercado, que se ha generado bajo el paraguas de las democracias formales.
Si todos los países que se dicen democráticos lo fueran realmente, la salud del cuerpo social sería óptima, porque aneja a la democracia verdadera va siempre la realización del bien común, gestionado justa y solidariamente, de manera que se beneficien todos los ciudadanos. La servidumbre social que viven las capas empobrecidas no tiene cabida en las democracias reales.
El aumento actual de pobres en el mundo pone de manifiesto, por un lado, que vivimos en democracias ficticias y, por otro, que la economía de mercado es un gran fracaso, porque su efecto ha sido que las minorías privilegiadas sean ahora mucho más ricas y la gran masa social más pobre de lo que era. De todo esto se va a hablar en la cumbre del G-20 mañana en Wahsington.
¿Y después de la cumbre qué? Pues que si no se superan las políticas económicas y financieras "radicalmente", como pide Rodriguez Zapatero, todo seguirá igual porque el dinero tiende a conservar; ya no se puede continuar con una política de "paños calientes", hay que reformar el sistema financiero internacional.
La ley de vasos comunicantes entre el poder político y el económico ha de funcionar de manera que haya equilibrio entre ambos. Y este parece el sentir de la mayoría de los que participarán en la cumbre. Pero es preciso que todos ellos introduzcan una buena dosis de racionalidad en el mecanismo del mercado salvaje que impera en todas partes.
Las democracias actuales arrastran el desequilibrio que introdujo la revolución industrial del siglo XIX entre trabajo y capital y ya es hora de que predomine el trabajo que es el que produce la riqueza y no el capital, que se ha adueñado injustamente de ella. Así lo piden hoy todos los agentes sociales a nivel inernacional.
Esto es moralmente reprobable según la doctrina social de la Iglesia, por eso no me explico cómo la jerarquía eclesiástica, en la práctica real,está más cerca del capital que del trabajo. Esta contradicción nos cofunde. Debería hacer suyas las recientes declaraciones del cardenal de Munich sobre C. Marx y su defensa del hombre en El Capital.
El concilio Vaticano II ha sido claro: el centro de la actividad económica es el hombre. Cuando este principio no se observa en ella, se sitúa al margen de toda referencia ética (GS 63-64).
Noam Chonsky en un artículo titulado "Los amos del universo" atribuye la pobreza generalizada en el mundo hoy a la política neoliberal. Esto es el vil principio de los amos del universo que predijo Smith: "Todo para nosotros...nada para ellos". Debemos activar nuestra esperanza para que se borre este nefasto principio.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia