Un día intenté explicarle a un señor la inutilidad de las guerras, concretamente las de Irak y Afganistán, pero inmediatamente me percaté que el tal señor estaba cargado de la pasión de pueriles argumentos y decidí callar. Estas guerras están produciendo perplejidad en la muchedumbre y una abundante literatura de pensadores que no dicen lo que piensan y, mientras esto siga así, las guerras no desaparecerán del mapa.
En situaciones como esta el pensador, el intelectual y el escritor lo tienen difícil, pero ellos y ellas que aparecen ante los demás como garantes de iluminación no tienen derecho a mentir. En cambio, al comerciante, al industrial e incluso al político sí le está permitido en beneficio de la patria. Pero al intelectual, que tiene como objetivo la búsqueda de la verdad no le está permitido mentir en ningún momento.
Encontrará o no la verdad, pero la mera búsqueda de ella es ya un principio ético, sostenía Popper. Y esto es así, a pesar de que la verdad plena solo la posee Dios, como la justicia infinita de que habló Bush en algún momento. Aunque la verdad es difícil de encontrar, no es una tarea superflua para el hombre sino una necesidad vital.
Una vida sin afán de verdad no merece ser vivida, sentenció en su día Sócrates. Eso es lo que el intelectual en su búsqueda permanente de la verdad está propiciando para los hombres, porque sólo la verdad nos hará libres. Entre Sócrates, que vivió varios siglos antes, y Jesucristo hay una gran sintonía y es que la verdad es una y confluyen en ella todos los que la encuentran (J. Ortega y Gasset).
En esta filosofía se dice, además, que la verdad es lo único que esencialmente necesitan mujeres y hombres, es su única necesidad incondicional. Las demás necesidades, incluso comer, son necesarias bajo la condición de que haya verdad, es decir, de que tenga sentido vivir. Por tanto, el intelectual no puede mentir, sería negarse a sí mismo.
En las guerras de Irak y Afganistán ha habido una fuerte ceguera pasional y mucho utilitarismo patriótico. Un fenómeno que los estudiosos del tema explican diciendo que la guerra no es simple expansión de la violencia física a la que cede el paso la espiritualidad racional cuando se siente impotente, sino que es una controversia de poderío y voluntad de eficacia en el conflicto; la batalla es el indicador de ese poder.
Su finalidad última, dice Max Scheler, es el máximo dominio sobre la Tierra. Ciertamente, en el caso de Estados Unidos, en el pasado reciente, el fenomenólogo alemán no se equivoca. También Bin Laden y los suyos andan sobrados de fanatismo. Por cierto no hace mucho se negoció entre Madrid y Colombia cómo será la fuerza colombiana para Afganistán, que reforzará el destacamento de tropas que España tiene allí.
Conclusión: Hágase de una vez la verdad en las guerras, porque hay más víctimas entre los inocentes que entre los culpables. Esperamos que Obama ponga claridad y fin a estas guerras inútiles que tanto hacen sufrir. Es hora de empezar a construir la paz. Estoy seguro de que Obama tiene esta voluntad, no le pongamos trabas los escritores y todos los pensadores.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia