Atrás quedaron relegados a un segundo plano las puntillas canonjiles de la toga y el sillón abacial de la sala de justicia, como despojos de un pasado medieval, en que están atrapados buena parte de nuestros jueces. Baltasar Garzón se ha pertrechado con el casco protector y el chaleco antibalas y se ha echado al monte a la caza de capos y etarras. Es el subcomandante de la justicia chiapaneca de España.
El magistrado está a punto de culminar la reforma que trae de cabeza al ministro de justicia. Si se permitiera elegir a los magistrados como en la Atenas de Solón, el pueblo en masa lo elegiría como juez supremo. Y, si se hiciera extensivo el voto a extranjeros, es seguro que le votarían también chilenos, argentinos, guatemaltecos y todos los que tienen alguna cuenta pendiente con la justicia.
El tesoro incorruptible de justicia que personifica el juez Garzón, es digno de ser declarado patrimonio de la humanidad y como tal un bien protegido.
No es descabellados pensar que el Tribunal Penal Internacional de La Haya se fije en él algún día para presidirle. Su buen hacer en este sentido ha quedado suficientemente probado en la Operación Condor sobre los desapareciods en las dictaduras de América Latina. Es un decidido defensor del principio de justicia universal para los crímenes de lesa humanidad, que no prescriben nunca ,y pueden ser perseguidos en caulquier parte del mundo y por cualquier juez.
En nuestro país está rescatando ahora del olvido a los desaparecidos en la contienda de la guerra civil, que lideró el General Franco. Los cuerpos de muchos de ellos fueron asesinados y enterrados de mala manera en hoyos escavados en la tierra y desconocidos por sus familiares. Hoy muchas familias están recuperando sus restos y dándoles una digna sepultura gracias a las gestiones del juez estrella. Esto le ha ocasionado un enfrentamiento con el fiscal Zaragoza que no ve bien la investigación sobre el franquismo que Garzón ha emprendido. Pero él está decidido llegar hasta el final.
Su escuela, a la que se van incorporando jueces de otros continentes, particularmente latinoamericanos, está haciendo evolucionar mucho el Derecho y muy pronto los que lesionen gravemente los derechos humanos, no van a poder eludir su responsabilidad como ha sucedido allí donde han arraigado las dictaduras. En adelante esta clase de delitos nunca podrán ser indultados y, consecuentemente, no habrá Ley de Punto Final ni de Obediencia Debida.
Pero la mayor agresión a los derechos humanos, en toda la historia, es el masivo empobrecimiento del mundo actual, más del ochenta por ciento de su población, no puede hacer frente a las necesidades más elementales, para poder vivir con dignidad. Paradógicamente esto sucede a pesar de que hoy hay en el mundo más riqueza que nunca. No es difícil de adivinar que de ahí deriva precisamente la gravedad del delito, al que la institución de Justicia no ha prestado todavía la atención que requiere.
Los que se benefician de la globalización ultraliberal económica, que defienden a capa y espada, se resisten a globalizar la justicia social. Pues bien, estos van a ser, estoy seguro, los próximos objetivos del juez Garzón y una vez más la gran mayoría de la humanidad, el tercer y curto mundos estarán a su lado apoyándole.
Se ha dicho con razón
que los derechos humanos
son derechos divinos.
(P. Casaldáliga)
Dios habita en cada
hombre y mujer
como en sus templos preferidos
Lo que hagáis a uno de estos
a mí me lo hacéis
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Garzón protege su causa contra el
franquismo del 'ataque'del fiscal
Los sobrinos de Lorca, divididos
El País, octubre 2008
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PD. Los martes seguimos un curso sobre Teología Política Europea, que es la surgida del Vaticano II, una teología ecuménica, según del deseo de Juan XXIII promovida por JB. Metz, el alumno predilecto de Karl Rahner, J. Moltmann y H. Cox. Es muy interesante, os animo a seguirle.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia