El Blog de Francisco Margallo

Dios laico y virtudes públicas en Ortega

16.10.08 | 10:30. Archivado en Filosofía de Ortega, Ideas y creencias
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Capítulo VI

Teología social y educativa
(Continuación)

1. El hombre es superior al individuo biológico

El pedagogo tiene que percatarse de que el hombre no es un individuo biológico, como es el animal. Por tanto, lo específico de la pedagogía es lo que la distingue de la educación de los animales que pueda llevar un criador de caballos, por ejemplo. En el caso de los animales que son individuos biológicos, la encargada de llevarlos al máximo de sus capacidades orgánicas será la biología. Por consiguiente, ella será la que marque en qué consiste ese máximo y cómo ha de verificarse la evolución. Ella dirá hasta dónde puede llegar la organización de cada especie animal o vegetal.

En el caso del hombre hay que tener claro que él no es un caso más de la biología, sino que él es la biología misma. No es un grado en la escala biológica, puesto que él es quien construye la escala entera. Consecuentemente cuando hablamos de educar al hombre no nos referimos a una imagen corpórea y discontinua del individuo biológico.

La fisiología del antropoide la considera Ortega sólo como un pretexto para que exista el hombre. El animal es una cosa física, todo él es es pura exterioridad y vive en una vida espacial meramente. "Ahora bien, el problema de la pedagogía no es educar al hombre exterior, al anthropos, sino al hombre interior, al hombre que piensa, siente y quiere". Es cierto que el hombre se mueve en el espacio, va de un lugar a otro, pero lleva dentro de sí el espacio infinito, el pensamiento del espacio. Lo mismo cabe decir del que se dedica a cultivar la tierra, hacer ciencia, arte o moral, todas estas acciones son actos específicamente humanos universalizables (El hombre no es el individuo biológico I, 511-512).

2. El hombre individuo de la humanidad

Para Ortega, lo característico de la ciencia, de la moral o el arte es que sus contenidos no son patrimonio individual. Dos y dos son cuatro no para mí solo sino para todo ser inteligente. Frente al yo individual de cada uno hay otro yo que piensa la verdad común a todos. Dicho de otro modo, dentro de nosotros hay como dos hombres que viven en perpetua lucha: uno salvaje, irreductible a toda norma de comportamiento y otro severo que busca pensar ideas exactas, cumplir acciones legales o sentir emociones que trascienden a otros. El primero es el hombre para quien sólo existen los bravios instintos, el hombre de la natura. El otro es el que participa en la ciencia, en el deber social, es el hombre de la cultura, el ciudadano.

Y continúa su razonamiento como sigue: si a un niño que nace se le pone en un lugar aislado sin comunicación alguna con el resto de los hombres, no llegará nunca a hablar, no podrá nunca proyectar su vida interior a través de la palabra. Y sin lenguajea, afirma Ortega, no hay pensamiento: el pensar es un monólogo y el monólogo es la imitación del diálogo, un diálogo de una sola dimensión. Por eso Homero, en lugar de decir Hércules piensa, dice Hércules "se habla a sí mismo". La psicología ha demostrado que sin el instrumento del lenguaje el espíritu no llega a formarse contenidos complejos.

"El individuo aislado no puede ser hombre, el individuo humano separado de la sociedad, ha escuchado de su maestro Natorp, no existe, es una abstracción". Y explica así esta afirmación: la materia real, es siempre un compuesto. El elemento simple del átomo de que se compone la materia es una abstracción, no se halla en ninguna experiencia: el átomo sólo existe en unión con otros átomos. Del mismo modo, la realidad concreta humana es el individuo socializado, el individuo que vive en comunidad con otros. Al individuo solitario lo llama átomo social. "Sólo existe real y concretamente la comunidad, la muchedumbre de individuos influyéndose mutuamente".

La conclusión literaria, casi poética, que Ortega ha extraído de la reflexión de su maestro alemán, el psicólogo Natorp, es la siguiente: "al entrar el pedagogo en relación educativa con su alumno, se halla frente a un tejido social, no frente a un individuo. El niño es un detalle de la familia: en su menudo corazón se hallan condesadas las esencias de las domésticas tradiciones; su memoria, aunque breve, es una tela sutil urdida con los hilos de las impresiones familiares; su totalidad espiritual es un producto del sistema de ideas, aspiraciones y sentimientos, que reina en el hogar paterno.

Mas aquella familia, a su vez, vive en un barrio, en una ciudad: por las rendijas de las ventanas, con el aire de la calle, entra asimismo el aire municipal: el alma de la familia flota en el ambiente de la urbe y es penetrado por él: cada hogar es sólo un gesto de la grande alma ciudadana. Y sobre esta ciudad pesan las leyes de un Estado: sus industrias son un momento en el equilibrio de la economía nacional; sus ideas y sus pasiones, su alegría y su tristeza son modulaciones del alma de la raza, del pueblo todo.

Ved cómo el alma del individuo, pasando por la familia, se disuelve en el alma del pueblo, alma anchísima, sin riberas, espléndida alma democrática". Por tanto, el hombre no es el individuo de la especie biológica, sino el individuo de la humanidad. "El individuo humano lo es sólo en cuanto contribuye a la realidad social y en cuanto es condicionado por ésta (El hombre, individuo de la humanidad I, 512-514).

En esto Ortega es una vez más deudor de su mentor espiritual, el filósofo-teólogo luterano Hegel. Para éste, la comunidad es la realidad primordial, la realidad superior en la que son absorbidos los individuos. "El destino del individuo no puede ser otro que el servicio a la comunidad, la entrega al otro, el vivir para los demás". Jesús como educador popular, insiste Hegel, enseña a no recluirse cada uno en sí mismo y a servir a la humanidad, sacrificando incluso la vida por ella.

Y derivando hacia el culto divino insistirá en que la sociedad es el lugar donde ha de desarrollarse el culto a Dios como dedicación al prójimo en un continuo hacer el bien. Las obras que producen resultados provechosos, que benefician a los seres humanos, son los verdaderos actos de culto. En el mismo sentido dirá que "el camino de la salvación no consiste en el asentimiento a un elenco de verdades propuesto por la institución eclesiástica o en el conocimiento preciso de tales verdades, sino en el obrar moral", que es lo que beneficia a la humanidad.


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